La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Los creyentes se fortalecen creyendo

Infocatolica

Guillermo Juan Morado

23/05/12

En “De utilitate credendi” San Agustín afirma que los creyentes “se fortalecen creyendo”. Esta expresión afortunada es recogida por Benedicto XVI en su importante carta apostólica “Porta fidei”, 7.

La fe, la adhesión a Cristo y la aceptación de la revelación que Él es, no es una realidad estática, puntual, sino dinámica, que nos compromete plenamente y a lo largo de toda la vida: desde el bautismo hasta el paso a la vida eterna.

“La fe solo crece y se fortalece creyendo”, insiste el papa. Y de crecimiento y fortaleza estamos necesitados los cristianos. La vida de fe, en analogía con la vida física, debe conocer un desarrollo proporcionado y armónico. Debe ir a más. Creemos, sostenidos por la gracia, pero, siendo dóciles al impulso del Espíritu Santo, podemos creer con mayor intensidad y pureza.

¿En qué reposa la fe, en qué se apoya? En el amor de Cristo, que es la manifestación divina y humana del ser de Dios. Es el amor de Cristo el que nos atrae, el que nos da alegría e impulso para comunicar a los demás el bien de la fe.

Solamente cimentados sobre esa base firme es posible resistir a las presiones, a veces agotadoras, que provienen del exterior y también del interior de nosotros mismos. La incredulidad parece dominarlo todo y encuentra, tantas veces, un eco notable en nuestro corazón.

Muchas veces, siendo creyentes, nos descubrimos a nosotros mismos como ateos o casi ateos. Las pruebas de la vida, el sufrimiento propio o ajeno, la incomodidad de tener que nadar contra corriente atenazan nuestra débil fe: o creemos del todo o, si Dios no lo remedia, podremos incluso dejar de hacerlo.

No hay, nos recuerda el papa, “otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un ‘in crescendo’ continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios” (“Porta fidei”, 7).

Fruto de esta profundización en las raíces de la fe será el redescubrimiento del entusiasmo por comunicarla a otros: a los que “aún” no creen y a los que “ya” no creen. Por supuesto que, en la tarea misionera, no somos más que colaboradores de Dios ya que sin su gracia no podemos nada.

Guillermo Juan Morado.