La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Abortistas arrepentidos vuelven a la luz (y II).

Magdalena del Amo, periodista.-  Como hemos visto en la primera parte de éste articulo, Bernard Nathanson ha protagonizado la historia más impactante de cuantas conocemos. Sus investigaciones siguen siendo comentadas después de cuarenta años, y su reflexión es una luz en el oscuro mundo de la Cultura de la Muerte. Pero, aunque no tan espectaculares, hay otros testimonios que, quiero compartir. Casi todos fueron aborteros o ayudantes, que un día fueron tocados por la mano de Dios y volvieron al camino recto.

El médico de origen peruano que practicaba abortos en Estados Unidos, José María Arrunategui, declaró: “Yo practicaba abortos durante el primer trimestre del embarazo. […] Pero hubo un caso de un aborto que yo le estaba practicando a una paciente de aproximadamente 10 a 13 semanas de embarazo. Después de dilatarle la cérvix le estaba retirando los tejidos y uno de los pedazos de tejido cayó al suelo y la enfermera me dijo: “Doctor,  creo que eso es […] ¿es eso una mano?”. Al principio yo no vi la mano. Pero luego me acerqué más para mirar y efectivamente, había una manita que parecía estar suplicando: “Por favor”. Más tarde esa manita me hizo admitir que era culpable. En aquel momento yo sólo había visto un puñado de tejidos, pero luego, al profundizar en mi relación con Cristo, me di cuenta de que era una mano bellamente diseñada”.

El movimiento provida de Hungría tiene como fin la lucha por la libertad de conciencia de los profesionales de la salud y la defensa de la vida. Uno de sus dirigentes, el doctor András Szörényi, practicaba abortos sin ningún remordimiento de conciencia porque creía que era compatible con su religión católica hasta que un día vio la luz: “Ahora reconozco cómo las diabólicas fuerzas antivida trabajaron a través de mis actividades. Yo mataba porque mi conciencia estaba muerta. Hace unos años me fui a confesar, después de 20 años de estar alejado de los sacramentos; el sacerdote me preguntó si sería despedido de mi trabajo en caso de negarme a hacer abortos. Le dije que sí; entonces me dio la absolución en el nombre de Dios y no dijo más”.

Szörény siguió practicando el aborto hasta que una noche de Navidad volvió a confesar y el sacerdote le dijo que estaba viviendo en pecado por matar a seres humanos. La larga conversación que mantuvo con el clérigo le hizo recuperar la conciencia y, por primera vez, supo lo que en realidad había estado haciendo. Se dio cuenta de que había que denunciar las filosofías y tendencias engañosas que llevan a la gente a no tener una idea clara de lo que hace. “La mentalidad consumista acerca de la vida y el amor, está basada en un falso concepto del hombre, lo cual es obra del padre de las Mentiras. […] Provida quiere decir proamor, y ser verdaderamente proamor quiere decir ser proDios”.

Carol Everett, conocida como “La dama escarlata” practicó abortos y fue dueña de clínicas que realizaban esta actividad. Su libro Scarlet Lady, en el que se confiesa como responsable de la muerte de 35.000 niños, incluido su propio hijo, muestra su arrepentimiento antes de trabajar como activista en la entidad “Life Network”, a favor de la vida.

El psiquiatra Jaime Cañellas, es también un arrepentido aunque su caso es distinto a los que incluimos aquí, pero muy interesante porque está relacionado con los polémicos informes psiquiátricos de las pacientes, necesarios para aplicar el supuesto de peligro para la salud de la madre, de la anterior ley. Él no realizó abortos, pero sí firmó informes favorables en los siete meses que trabajó—entre 2004 y 2005— en una clínica abortista de Gerona con sucursales en Barcelona y Palma de Mallorca. Se fue horrorizado de lo que vio en ese tiempo.

La relación que tenía con la clínica era meramente comercial. Su contrato le obligaba a ir dos horas a la semana y cobraba 17 euros por cada informe que realizaba. Al tercer mes pensó en dejarlo porque tanto él como sus compañeros psiquiatras eran presionados por los propietarios del centro para que ninguna mujer se fuera a su casa sin abortar. Le obligaban a cubrir un informe modelo en el que él sólo debía poner el nombre de la paciente y su firma. Cada vez recibía más broncas por su exceso de celo al elaborar los informes y por disuadir a pacientes de la idea del aborto. Cada vez le permitían visitar a menos mujeres.

Cuenta que un día llegó una mujer embarazada de siete meses porque su esposo la dejaba si no abortaba. La mujer no sufría ningún trastorno grave salvo la preocupación normal del embarazo y la carga emocional por el ultimátum del compañero. Le comentó incluso la posibilidad de abandonar a un marido que la obligaba a cometer tal locura. La mujer se fue a su casa y Cañellas recibió otra reprimenda con frases como “ya que ha venido, presiónala para que aborte”, “algo tiene que tener la mujer” o “algo podrás encontrar… está deprimida”.

Un tiempo después, Cañellas relató su caso a un medio de comunicación y, a raíz de ello, el Partido Social Europeo presentó una denuncia a la Guardia Civil en el que manifestaba tener en su poder certificados de psiquiatras que trabajaban en la clínica donde había trabajado Cañellas, firmados en blanco y sin el nombre de la paciente. Uno de esos informes llevaba la firma falsificada de Cañellas.

Aunque el lugar adecuado para denunciar cualquier tipo de delito es el juzgado, Cañellas lo hizo en los medios de comunicación porque no se sentía con fuerza para enfrentarse al poder económico y político de la floreciente y boyante industria de la muerte.

Joy Davis consideraba que estaba haciendo algo positivo cuando practicaba abortos en una clínica legal. Creía que estaba sirviendo a la causa de las mujeres. En el centro donde prestaba sus servicios no tenían personal cualificado ni equipos quirúrgicos. Un médico le propuso irse con él a la clínica que iba a montar, con anestesistas y personal cualificado. Así se hizo directora regional de seis clínicas abortistas. Ganaban mucho dinero pero la ambición desmedida le hizo al dueño cambiar de política. Para ahorrar, despidió al personal de reanimación y laboratorio y empezaron a contratar a personas sin ninguna formación. Así relata su experiencia mientras trabajó para el doctor Tommy Tucker: “Comencé a entrevistar gente que no tenía ningún conocimiento médico y a contratarlos para desempeñar la labor de anestesistas, técnicos de laboratorio, enfermeras, e incluso de médicos. De manera que traje gente de la calle, sin conocimientos médicos y los entrené”. Hacían tantos abortos al día que el “doctor abortero” preparó a Joy para usurpar la función de médico. Lo único que ella sabía de medicina era lo que le había visto hacer a los médicos, pero empezó a hacer abortos y otras operaciones más complicadas. Trataba a las mujeres con consideración y nunca tenía problemas, todo lo contrario que su jefe. Su “éxito” era total y llegó a ganar muchos miles de euros al año.

Un día llegó una chica joven, embarazada de cinco o seis meses. El doctor Tucker le practicó el aborto y la dejó apenas terminar. A las pocas horas empezó a sangrar abundantemente. A pesar de ello, el médico no acudió en su ayuda por lo que Joy pidió una ambulancia y envió a la chica al hospital. Al poco tiempo murió. Esto supuso un duro golpe para Joy. Empezó a tener pesadillas y no podía olvidar la cara de la joven. Estos hechos le hicieron reflexionar sobre la gran mentira. “No estábamos allí para ayudar a las mujeres. Teníamos un negocio, una organización para ganar dinero”, diría más tarde.

A raíz de este caso, el doctor Tucker empezó a ser investigado. Ella confesó haber ejercido la medicina ilegalmente y se puso a disposición del Consejo Médico y del Fiscal del Distrito. Como necesitaban pruebas contra el doctor, le pidieron que colaborase con ellos en la investigación.

El caso siguiente puso punto final a esta oscura etapa de la vida de Joy: “Un día, el doctor Tucker regresó a Alabama, donde yo estaba; había estado trabajando en Mississippi. Me dijo que había tenido problemas y que yo tendría que ir allá y calmar a los empleados. Y ¿qué paso?, le pregunté. Me dijo: “Bueno, una joven vino para un aborto. Yo creía que se trataba de un embarazo de 18 semanas, pero resultó estar más cerca del final del embarazo. Inserté la laminaria. Ella dio a luz y tuvo un bebé vivo y saludable. Entonces, ¿qué hizo usted?, volví a preguntar. Él respondió: “¿Qué podía hacer yo? Maté al bebé”. Y dijo que todos los empleados estaban muy exaltados, de modo que yo debía ir a ocuparme de eso”.

Antes de tomar el avión hacia Mississippi Joy habló con el Fiscal del Distrito. El doctor testificó y también los empleados de la clínica, pero el cuerpo del bebé había desaparecido y no pudo probarse nada.

Estos hechos son propios de un país tercermundista. Llama la atención que esto haya ocurrido en Estados Unidos. Hablamos, primero, de una clínica que trabajaba sin equipos; después, de un centro de abortos donde se formaba al personal sobre la marcha; de una persona que ejerce como médico sin título; de una chica que muere como consecuencia de un aborto tardío y, por fin, de un bebé abortado que nace vivo y se le mata, es decir, de un infanticidio. A pesar de estos hechos no se pudo hacer nada  contra el doctor Tucker en ese momento. Cuando Joy pidió explicaciones se le dijo que el aborto era un tema político caliente y no querían airear el asunto.

Pero los hechos eran tan flagrantes que los medios de comunicación presionaron a los consejos médicos a actuar contra Tucker. Y lo hicieron. Así, en 1991, un tribunal de Alabama lo declaró culpable por la muerte de una mujer a quien le había practicado un aborto dejando cinco hijos huérfanos. Los asistentes de Tucker le habían advertido del bajo nivel de hemoglobina de la paciente, pero él se había limitado a decir: “Ustedes saben que necesitamos el dinero, por tanto, continúen con el procedimiento”. (El caso del doctor Thomas Tucker fue publicado en artículos de US Today el 17 de julio de 1994; en el New Yok Times el 24 de abril de 1994; en la revista Time de agosto de 1993 y en el website www.legalactionforwomen.org.

Al doctor Tucker le fue retirada la licencia y todas sus clínicas fueron cerradas.

Joseph Randall calcula que mató a unos 32.000 niños a lo largo de los diez años que estuvo incurso en la industria del aborto. Confesó que a las mujeres que iban a abortar no se les permitía ver el monitor, porque sabían que si oían el corazón de su niño latir, podían volverse atrás “…y no queríamos eso, nos quedaríamos sin dinero”. En la misma línea actuaba la

doctora Sally Dorfman, que recomendaba a los abortistas utilizar el ecógrafo para controlar con más precisión la intervención, pero les aconsejaba no permitir a las pacientes ver a sus hijos en la pantalla porque las haría dudar.

MacArthur Hill manifestó haber quitado la vida a niños inocentes. “… los he arrancado del vientre de su madre con una poderosa aspiradora. Y cuando eran demasiado grandes para ello, he inyectado una solución salina en la placenta para envenenarlos lenta y penosamente y provocar su expulsión. Al acabar mi intervención hoy habrán advertido que mi participación en el aborto no fue la de un fanático abortista, sino la de una marioneta en un mundo enloquecido”.

A Nita Whiten la instruyó un experto en marketing para vender abortos por teléfono junto a otras compañeras de la clínica. Estaba entrenada para impedir que cuando una mujer llamara se fuera a abortar a otra clínica o decidiese dar el bebé en adopción.

Joan Appleton, inmersa en el mundo del aborto durante años, reconoce que muchas clínicas abortistas no están dotadas de personal especializado, aparte del médico que realiza los abortos, en general, médicos jóvenes que inician su actividad, o para ganar dinero para montar su propio centro.

Appleton había visto el vídeo The Silent Scream y había oído las palabras y reflexiones del doctor Nathanson, pero no se sintió afectada porque consideró que era propaganda antiabortista. Sin embargo, un tiempo después, en la clínica donde trabajaba, no sabe debido a qué problema, tuvo que manejar el ecógrafo mientras el médico iba sacando las partes del bebé. Lo que le costaba creer del vídeo de Nathanson, se le hizo, en esta ocasión, evidente. Tuvo que contenerse para continuar ese día, pero fue el último.

Para Appleton fue el último, pero cada día se siguen despedazando miles de niños. ¡Cuánto dolor! El aborto es la mayor aberración que puede cometer un ser humano. Abortar es asesinar. Abortar no es progresista. Abortar es un acto de barbarie. Abortar no puede ser un derecho. Tú sabes que está mal, porque lo llevas grabado en tu ser, hecho a imagen y semejanza de Dios. No permitas que enturbien y confundan tu conciencia. ¡Defiende la Vida!