La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La pretendida superioridad moral de la izquierda

Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.- El secretario general del Partido Socialista madrileño, Tomás Gómez, se arroga una pretendida superioridad moral por el simple hecho de «ser de izquierdas». Está muy bien que se sienta orgulloso de su adscripción ideológica socialista, pero -supongo- que no lo estará tanto de haber arruinado y endeudado al municipio madrileño, Parla, del que fue edil. ¿Ejecutando políticas de izquierdas y moralmente superiores?…  

 

Con el fracaso de las ideologías, la izquierda se ha convertido en un lugar común en el que los “lugareños”, de una u otra adscripción política, se arrogan una «superioridad moral» sin que nos expliquen cuáles son los principios en que se basa. Y como no lo hacen, tendremos que juzgar a partir de los hechos, actuales e históricos. Y ¿cuáles son los hechos más recientes?: De un lado, la cosificación y ruina moral del ser humano, al que se ha llevado hasta extremos de degradación; y de otro, unas políticas de gastos faraónicos sin control ni medida que han llevado a la ruina material del país. Pero, eso sí, con el engreimiento de una pretendida «superioridad moral».

 

Se entiende que una fuerza política se defina como conservadora, liberal, centrista, socialista, comunista, etc. Para eso está el pluralismo político, definidor de la democracia. Y que unos y otros partidos políticos ofrezcan su producto al electorado para que sepamos qué nos vende cada uno. Y que jueguen su papel compitiendo en la arena política, intentando captar el mayor número de votos para alzarse con el poder y ejecutar las políticas en las que el electorado ha confiado. Todo ello dentro de un orden. Pero pretender que el pueblo les vote en base a una pretendida «superioridad moral» que sólo está en su calenturienta demagogia, me parece un insulto a la inteligencia.

 

Al fin y al cabo, como dice la Constitución en su artículo 6: «Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política…». Pero nada afirma de que sean depositarios o expresen un determinado rango de moralidad que deban imponer a sus votantes. A decir verdad, más bien todos ellos llevan en sus idearios y en sus comportamientos un grado más o menos elevado de inmoralidad estructural, ya que se encuentran huidos de la moralidad como principio rector de sus actividades públicas.