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El arzobispo de Madrid asegura que «nuestra iglesia diocesana siempre se ha sentido misionera”

Ayer, domingo 20 de mayo, solemnidad de la Ascensión, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, presidió en la Catedral de la Almudena una Eucaristía con motivo del Día del Misionero Diocesano, que se celebraba con el lema “¡Sé laico misionero!”. Durante la ceremonia se realizó el ‘Envío e imposición de crucifijos’ de los misioneros y misioneras diocesanos que partirán en breve a la Misión.  Cardenal Antonio Mª Rouco Varela

En su homilía, el Cardenal recordó que “nuestra iglesia diocesana siempre se ha sentido misionera, enviando hijos e hijas suyas a todo el mundo para anunciar la gran noticia del triunfo de Cristo, y del triunfo del hombre que se deja redimir, santificar por Él. Y lo ha hecho a través de sacerdotes, religiosos, religiosas, seglares e incluso de familias, como hoy podremos vivir al finalizar la celebración con el envío de nuevos misioneros o misioneras que renuevan su vocación y su voluntad de ir a la misión, de ir a anunciar el Evangelio de Cristo resucitado y ascendido al cielo”.

En referencia a la festividad litúrgica de la Ascensión, dijo que “Jesús sube al cielo, lo hace Él solo, de pronto llega un momento en que no se le ve, y antes se despide de los discípulos diciéndoles que tienen que ir al mundo para anunciar lo que ha pasado: que Él ha resucitado, que va al cielo, que quiere salvar al hombre. Verdaderamente, era un triunfo del Señor, ¡ un triunfo universal. Nunca ha podido decir un hombre, ni lo dirá nunca, que puede ser el rey de todo el mundo. Pero Él sí: desde ese momento que sube al cielo puede decirlo. Y a través de su reinado, Dios reina en el mundo y en el corazón del hombre”.

El triunfo de Cristo, señaló, “es nuestro triunfo”. Por él, “la humanidad ha entrado en la vida misma de Dios. Si entró Jesús, entró la humanidad; y si entró la humanidad, puede entrar todo hijo del hombre, todos y cada uno de los hijos de los hombres. Es más, Él quiere que entren en la vida plena todos y cada uno de los hijos de los hombres, de cualquier tiempo, del contemporáneo, de los que han venido después y de los que vendrán y vivirán para siempre hasta el fin del mundo. Ese es vuestro destino, ese es el horizonte y ese es el fin de nuestra vida”, aseguró. Para alcanzarlo, “sólo hacen falta dos cosas: abrirse a su presencia, a su palabra, a los signos de su palabra y de su presencia, a los sacramentos de la Iglesia (el Bautismo, la Eucaristía, la Penitencia…), que nos conducen y nos hacen caminar hacia esa presencia plenamente vivida de la Eucaristía”.

“Si tratamos de vivir de acuerdo con lo que significa esa vida, el pecado quedará superado, y los hombres podrán caminar en la vida tal y como han de vivir en el cielo”, afirmó. “Esa misión, apuntó, es lo que va a constituir la esencia misma de la comunidad de discípulos que va a nacer -comunidad de creyentes- para anunciar al mundo -en cualquier parte y cualquier momento de la historia- la buena nueva, y para ofrecer los signos de su presencia en el mundo, dando testimonio y ejemplo, mediante palabras y signos, de que la comunidad de los discípulos es fuente de una nueva forma de vivir, que hace que la vida en este mundo se pueda convertir en camino de luz y de esperanza”.

Por eso, aseguró, “la Iglesia se siente misionera por naturaleza, y desde lo más hondo de su origen y de su ser. Se siente así porque es enviada por Él y al hombre que lo necesita”. Ser misionero, añadió, “es un ejemplo de vida que demuestra cómo amar supone entregarse, donarse uno mismo: el que se da de verdad a sí mismo da lo que tiene, y da más de lo que tiene, se da así mismo. Y los que han recibido el anuncio de la palabra, han creído en Él, se aman, han elegido el matrimonio o se han consagrado al Señor, donde la forma de vida, de oración en la cruz, se repite todos los días en la forma humana de vivir la libertad”. “Todos somos llamados a participar en la misión”, aseguró.

En otro momento de su homilía, agradeció las vocaciones de la JMJ. “Muchos van a seguir a Cristo de un modo o de otro, a través de una vocación. Hoy tenemos el gozo, al enviar a los misioneros y misioneras –lo haremos con una oración y bendición especial al finalizar la Eucaristía- de mostrar a todos los presentes que, efectivamente, la misión sigue viva”. “No sólo en los lugares donde no ha llegado la palabra, los sacramentos, un testimonio claro de un proyecto de vida cristiana…”, dijo, sino “también en nuestros países de viejas culturas y raíces cristianas, donde hay muchos que no saben nada del triunfo de Cristo en el día de la Ascensión y necesitan de nuevo ser evangelizados”. Porque, apuntó, muchos países de América y de la vieja Europa “están quizás muy retrasados en el progreso del corazón, de la conciencia y de la apertura de la vida para Dios y para sus hermanos”.

Concluyó pidiendo a la Virgen su ayude para vivir la Misión Madrid. “Ella es la Madre de la misión, porque es la Madre del primer misionero, y sigue siendo la Madre de todos los misioneros. Sin Ella fallaremos en la fidelidad al primer misionero, en la fidelidad a la misión, y a la generosidad de nuestra entrega”.

La diócesis de Madrid cuenta con 1.427 misioneros, hombres y mujeres, salidos de Madrid y repartidos por 94 países de todos los continentes. Este nutrido número de misioneros pertenece a 179 instituciones religiosas y laicas, que muestran el dinamismo misionero de la diócesis.