La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Del IBI al motín de Alcalá

¿A qué se refieren ciertos políticos de la izquierda, socialistas incluidos, cuando hablan de suprimir los “privilegios” de la Iglesia? La pregunta parece parafraseada del célebre Salmo II que se inicia con una pregunta similar: “¿Por qué se han amotinado las naciones y los pueblos meditaron cosas vanas?”

Los “amotinados” de hoy quieren exactamente lo mismo que aquellos reyes de la tierra querían hace miles de años: romper las ataduras de la sociedad con Dios, en este caso, por decirlo más suavemente, con  la Iglesia, es decir, con la fe. ¿Para qué? Pues algo muy simple: para hacer lo que les plazca -¡ay!- sin que nadie les advierta que deben abrazar la buena doctrina, lejos de servir a Dios. Y claro, en tiempos de crisis,  el mejor modo de amotinarse contra Dios es empezar por exigir a la Iglesia –ese recuerdo insolente de la presencia divina en el mundo- el pago de impuestos, algo que parece sonar muy bien en los oídos de los no creyentes que no padecen necesidad alguna.

De forma muy concreta: esta izquierda ignorante y descreída, heredera de cuantos a lo largo de los siglos han intentado “matar” a Dios, quiere que la Iglesia se rasque el bolsillo y pague el Impuesto de Bienes Inmuebles. ¿Y qué dice la Iglesia? Algo que acaso quienes han votado esa iniciativa en el ayuntamiento de Alcalá de Henares, primero de los “amotinados” : que muy bien, que está dispuesta a pagar lo que se le reclame en Derecho. Lo ha dicho con serenas palabras el cardenal Rouco Varela, que acababa de hablar en Cádiz, de las relaciones Iglesia Estado en la Constitución de 1812.

O sea, que para exigir a la Iglesia el pago del IBI, habría que modificar no solo la Constitución –articulo 16,3- sino los acuerdos con el Estado y la ley de Haciendas Locales, lo cual significaría –oh, sarcasmo- que también habría que obligar a pagar el mismo impuesto a todas las fundaciones y entidades sin ánimo de lucro… empezando por los sindicatos y los partidos políticos. ¿Y qué se descubre tras una revisión de los bienes catastrales dedicados a actividades sujetas a esa ley? Algo tan simple como que la Iglesia se vería obligada a pagar en torno a cinco millones de euros mientras el conjunto de sociedades que ahora disfrutan del mismo “privilegio” se verían obligadas a abonar más de cien millones…

Es decir que para ver tuerta a la Iglesia habría que dejar ciegos a los sindicatos, por poner un ejemplo. Porque todos tendrían que pagar, claro está. Con un añadido: que la Iglesia tiene sus habas muy contaditas y que cualquier cantidad que se detraiga de sus ingresos –, donaciones, colectas parroquiales y lo recaudado a través de la X colocada de manera voluntaria  en la casilla correspondiente de la declaración de la renta- iría en detrimento de sus obras sociales, léase Cáritas. Dicho de otra manera: esos cinco millones que irían a las corporaciones locales, dejarían sin comida a los millones de necesitados que acuden a los comedores sostenidos por la Iglesia…

Puede que la izquierda “amotinada” haya pensado ya en la solución: dejemos a la Iglesia sin recursos y obliguemos al Estado a que ponga sus propios comedores, al estilo de los que ya puso Franco en tiempos del Auxilio Social. ¿Tienen nostalgia de aquellos tiempos quienes reclaman el IBI a la Iglesia? Puede que sí, pero eso acaso sea lo de menos, porque, en definitiva, la Iglesia ya cuenta con la generosidad de los propios católicos. Nunca como hoy, en esta etapa de crisis económica, se ha registrado tanta solidaridad con los necesitados.

En realidad, esto del IBI es una auténtica necedad de la izquierda, por no decir “chorrada” que es el epíteto que me parece más adecuado. Lo que hay detrás de iniciativas como la del ayuntamiento de Alcalá de Henares, el adelantado de los “amotinados”, es algo muy diferente: es una “venganza” por la célebre homilía pronunciada el Viernes Santo por Monseñor Reig Plá, a quien no se le perdona que proclamara públicamente la Doctrina de la Iglesia sobre el pecado y las formas que la sociedad pretende encubrirlo con el lenguaje “políticamente correcto”.

Algunos ingenuos han salido en defensa del obispo recordando que en un Estado democrático, todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión. Pero el prelado complutense no ha expresado ninguna opinión: su homilía fue una proclamación más de algunas de las verdades contenidas en el Catecismo de la Iglesia, síntesis de las enseñanzas emanadas del Concilio Vaticano II… y de veinte siglos de predicación. Los obispos no opinan en materia de moral: proclaman las verdades evangélicas. Pero eso, a ojos de los “amotinados” es un pecado social que provoca sarpullidos a todo tiempo de agnósticos que no dejan pasar ocasión alguna para sacudir a la Iglesia.

Estamos, pues, ante una mezquina venganza de quienes nunca parecen que han leído el Salmo II aludido al principio y que, en sus versículos 4y 5, recuerda: “Se burlará de ellos el Señor… Le hablará en su indignación y les llenará de terror con su ira…” ¡Qué incorrección!