La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Sereis mis testigos

Por Julia Merodio, escritora.- Cuarenta jóvenes estaban dispuestos a recibir el Sacramento de la Confirmación. Toda la Iglesia olía a fiesta. La belleza de su juventud y su indumentaria alegraba toda la estancia. Los allí presentes estábamos expectantes, la ceremonia iba a comenzar de un momento a otro. De pronto la estancia se llenó de canto: “Seréis mis testigos, testigos de mi amor. Seréis los testigos de mi Resurrección”

A mi mente llegó la Luz. Ser Testigo. ¡Qué importante ser testigo, dar testimonio! Empezó a gustarme la idea .Sin saber por qué, recordé la ordenación sacerdotal de 17 jóvenes, celebrada el año pasado, en estas mismas fechas, en la Catedral de la Almudena de Madrid, a la que tuve la suerte de ser invitada y que tanto me impresionó

Recordé que, en Madrid ciudad en la que vivo, se celebraba la festividad de San Isidro Labrador, sin duda, un testigo en el mundo del trabajo. Empecé a percibir cómo iban confluyendo todas estas realidades, en el momento en que la Iglesia celebra la Ascensión del Señor y, ahí tomó fuerza mi empeño de juntar a sacerdotes y seglares, como testigos fieles de la Iglesia de Jesucristo.

Pero no para hacer con ello una amalgama heterogénea, como de entrada pudiera parecer, sino como algo que nos alerta, de que ciertamente nadie puede quedar excluido a la llamada de ser Testigos del amor de Dios, viviendo como personas resucitadas.

Sin embargo, ser testigo no es fácil. Sé bien que la actitud de los verdaderos testigos, lo queramos o no, siempre sorprende. Su fuerza, su aplomo, su madurez… chocan con la vida trivial y superficial a la que intentan dirigirnos. Y es que, para ser Testigos lo primero que se necesita es:

Tener mucha valientes.

Y ser valiente conlleva un riesgo que pocos están dispuestos a asumir, sobre todo cuando lo que se persigue no tiene los beneficios deseados. Sin embargo, vivimos en un momento en que, todo lo que conlleva peligro, es altamente valorado por la sociedad. Si somos sinceros, tenemos que decir que lo que hoy se presenta ante nuestros ojos atónitos es, que ser valiente es sinónimo de ser duro; de saltar por encima de los demás; de conseguir lo deseado; de devolver, al menos con la misma moneda y si puede ser con una crueldad mayor, pues mucho mejor.

En este contexto aparece insertado el Testigo, metido en medio de este mundo que se ha dedicado a degradar todo lo auténtico, haciéndonos ver que la valentía sólo podríamos conseguirla introduciéndonos en ese “progreso” que ha sido capaz de mancillar cualquier virtud, cambiándola por lo más burdo y grotesco, porque así viviríamos realmente felices. Me causa risa, por no decir enojo, que esa gente que tanto alardea de progreso, repudiando todo lo que suene a religioso, siga instalada en el Antiguo Testamento: “ojo por ojo y diente por diente…”

Me gustaría decirles que pagar con la misma moneda no tiene ningún mérito. Cuando alguien nos hace daño, lo que nos pide el cuerpo es devolver el daño multiplicado, por lo que no parece necesaria la valentía para llevar a cabo el objetivo…  Para lo que de verdad se necesita valentía no es para devolver el daño, para no pagar con la misma moneda, incluso para ser capaces de devolver bien por mal. Y es aquí donde, de nuevo, aparecerá el Testigo para defender esos valores que quieren anular, denuncir esos antivalores que intentan imponer, concretar todo lo que dignifica a la persona, y demostrar, por medio de su forma de vivir, que todo esto es posible.

El Testigo tendrá que enfrentarse a todo lo que, cualquier medio público se encarga de repetir cada día, para que de tanto oírlo, lo vayamos encajando como lo más normal del mundo. Quién no ha escuchado frases como estas:

  • Tal famoso ha tenido “la valentía” de separarse.
  • Ha tenido la “valentía” de reclamar (aquello que no le pertenecía) y le ha salido bien la jugada.
  • Ha tenido la “valentía” de dejar –aparcados- a sus padres, porque tiene derecho a vivir su vida.
  • Ha tenido la “valentía” de –hacer lo que le apetece- sin preocuparle el daño que hiciese a los demás

Y así, podíamos seguir poniendo casos, incluso mucho más duros que estos.

Pero llega lo más triste; el Testigo hablará con gente estupenda, de la  que se encuentra en su entorno; de los que más o menos piensan como él; de los que van a misa; de los que alardean de ir a hacer filas en los santuarios para besar una reliquia… y le dirán sin recato: Es que la persona ahora es muy auténtica, hace lo que le apetece, vive a tope, tiene su fe y su Dios… pero obra así porque es muy valiente.

Ante una afirmación tan rotunda parece que poco puede hacer por muy Testigo que pretenda ser. Porque aunque la teoría creamos conocerla, con frecuencia los seres humanos nos instalamos en lo fácil, en lo que no nos crea problemas, en lo que nos deja tranquilos. Nos cuesta mucho aceptar que nuestra tarea requiere esfuerzo, diálogo, coherencia, confianza, paciencia.

Así vemos en nuestro entorno a gentes que no quieren complicarse, y prefieren seguir mirando al cielo, antes que poner los pies en la tierra. Esperan a que los demás opinen por ellos, trabajen por ellos, sufran por ellos y casi, vivan por ellos.

Pero eso no gusta demasiado a  los que están a su lado. Esas personas complican mucho las cosas, exigen sin dar nada; y ahí estamos, sin terminar de decidirnos, viviendo con “medias tintas”, dando un “sí pero no”; procurando que no se note demasiado nuestra cobardía.

Bien sabemos que, si no vamos a por todas, si seguimos midiendo el riesgo, nuestro testimonio no tendrá mucho valor. La gente de hoy no quiere teorías; le sobran palabras; quiere vida, gestos, hechos, demostraciones.

De ahí que tengamos que volver a escuchar lo que Jesús nos sigue diciendo desde el monte de la Ascensión: Bajad a la vida a los caminos y enseñad a todos cuanto os he dicho, porque quiero que seáis mis Testigos. Decidles que su manera de vivir implica a todos; que el que su vida esté inundada de amor o desamor, implica a todos; que miren al mundo, que se den cuenta de que mucha gente se siente sola, sin ser valorada ni estimada por nadie, esperando que alguien se acuerde de ellos.

Que griten el mensaje más fuerte que nunca. Que digan a cuantos se encuentren por el camino, que Yo los he amado, y los amo; y que el Padre los sigue amando como me ama a mí. Que esta es nuestra fe, una fe sellada por medio del amor-fiel entregado y resucitado. Que se pongan en pie, que sigan el sendero recto, que pidan al Señor la fuerza de su Espíritu y que nunca se crean ellos artífices de lo que hacen, pues:

Dios no nos salvará por nuestras obras, aunque sean realmente buenas; nos salvará cuando, de verdad seamos, obra de Dios.