La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Ofensiva reformista del PSOE: una advertencia a Rajoy

Obligado a reformar de arriba abajo todo el sistema laboral y financiero con la mirada puesta en la creación de empleo y el crecimiento económico, el Gobierno presidido por Mariano Rajoy corre el riesgo de verse desbordado por otros flancos que amenazan la armadura misma del Estado. Al mismo tiempo, la oposición socialista, que ha elegido como estrategia política para desgastar al Gobierno la negación de sus anteriores responsabilidades y el estímulo de todos los resortes atávicos de odio a la derecha, tiene a su disposición todo el tiempo del mundo para mirarse el ombligo y pensar en las próximas elecciones para arrebatarle el poder al Partido Popular.

Con esta idea, el secretario general del PSOE, Pérez Rubalcaba, ha encargado al anterior ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, un proyecto global de reformas estructurales que, a simple vista, pretenden ir más allá de las que el PP está abordando a salto de mata para salir del círculo infernal de la austeridad. Según ha trascendido, lo que Rubalcaba pretende es nada menos que dar un “golpe de timón” a la ideología socialista -¡no me lo creo!- parecido al que ya dio Felipe González cuando dejó de lado el marxismo como palanca de modernización de España.

Esto significaría una revisión de todas las estructuras del Estado que, según su opinión, se han “descosido” en los últimos treinta años como consecuencia de la presión de los nacionalismos. Para poner en marcha este proyecto, que incluye las reformas del Congreso y del Senado así como del papel de la Corona, todo lo cual exigiría la convocatoria de un referéndum, el PSOE ha decidido acudir a unos trescientos expertos de todo signo político –ya veremos, claro-  cuyos trabajos coordinará Jáuregui a lo largo de los tres  próximos años, hasta llegar a una Conferencia política que coincidirá con el fin de la legislatura del PP.

En el proyecto dado a conocer por el ex ministro de la presidencia, se incluye un estudio de la evolución de los nacionalismos con la meta puesta en la limitación de sus pretensiones soberanistas. Curiosamente, estas pretensiones han sido estimuladas de manera específica por el propio PSOE a lo largo de las dos legislaturas de Rodríguez Zapatero, especialmente mediante la nefanda negociación con la banda terrorista ETA y la temeraria y secreta elaboración del Estatuto de Cataluña. Para colmo de cinismo, el partido socialista ya ha adelantado su convicción de que el PP no sabrá responder con inteligencia al desafío nacionalista en los próximos años “porque nunca lo ha sabido hacer”, y llega incluso al descaro de considerar que fueron los gobiernos de Aznar los que despertaron el apetito independentista.

Dentro del proyecto figura una de las obsesiones socialistas que, por mucho que pretendan disfrazarlas, no supone cambio ideológico alguno, sino todo lo contrario: la reafirmación de una laicidad excluyente, en el marco de una supuesta libertad religiosa que consistiría en convertir a la Iglesia Católica en una especie de ONG religiosa equiparable a cualquier secta o movimiento que se autodefina como “religioso”… Dicho de otra manera, lo que el PSOE pretende con sus “reformas ideológicas” es proseguir la obra inacabada de Zapatero y, más aún, forzar un giro a la izquierda con la esperanza de frenar el crecimiento del comunismo disfrazado de Izquierda Unida.

Aunque todo suene a una farsa más del PSOE para recuperar votos perdidos, es evidente que Rubalcaba se ha dado cuenta de que, sin dar la apariencia de un cambio a sus registros electorales, no tiene nada que hacer, entre otras razones porque el destino de España forma parte del destino de Europa donde la ideología tiene poco margen de juego frente a la realidad de la crisis económica. No obstante, cometerían un grave error de cálculo el Gobierno y el Partido Popular si no tomasen buena nota de lo que prepara la oposición socialista.

Las reformas basadas en los recortes de gasto para disminuir el déficit heredado, no tendrán mucho sentido si en el plazo de tres años como máximo no empiezan a dar los resultados apetecidos, es decir, un impulso del crecimiento económico y un notable descenso del paro. Y no solo eso: algunas de las reformas anunciadas por el PSOE, es especial las referidas al freno de los soberanismos periféricos, que en realidad forman parte del programa del Partido popular, pueden causar un impacto decisivo en un electorado cansado del chantaje nacionalista. Es decir, el PP está obligado no solo a tomar medidas sobre la marcha para afrontar la crisis, sino a desplegar toda su capacidad de adelantarse a un futuro que pasa por algunas de las reformas que ha anunciado el PSOE.

Lo frustrante es que, tal y como están enunciadas las reformas, corresponde a los dos grandes partidos ponerse de acuerdo para abordarlas de manera conjunta y no por separado. Lo urgente de la austeridad no debe impedir lo necesario para consolidar el Estado en un plazo tan corto como la actual legislatura dominada por Rajoy. En cierto modo, el proyecto socialista debiera servir al Partido Popular para tomar la iniciativa en la atención que merece una puesta a punto de la Constitución y, más allá aún, la consolidación de una Europa amenazada por los extremismos de izquierda y derecha que aspiran a destruirla.