La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Dichosos los que son fieles a la promesa

Por Julia Merodio, escritora.- Todos sabemos que si hay alguien que pueda decirnos algo valioso sobre la manera de vivir, sobre la familia, sobre nuestra sociedad… esa es la Madre y, a mí me parece, que si ella se acercase a nosotros en este momento de la historia en que nos ha tocado vivir, lo primero que nos hablaría sería de fidelidad, de entrega, de servicio, de donación…

Sin embargo, sé bien que hoy día, parece que da aire de prestigio el incumplir los compromisos, el ponernos por encima de los demás, el devolver un daño multiplicado, el pensar solamente en nosotros mismos… intentando, además, hacernos ver que ese comportamiento lleva el signo del coraje y la valentía.

A pesar de ello creo que si hay algo que a la Madre le gustaría decirnos sería: Dichosos los que sois fieles a vuestra realidad de vida, a vuestra promesa, a vuestra vocación… porque en definitiva, aunque ni siquiera os deis cuenta de ello, estáis siendo fieles a Dios. O lo que sería lo mismo: Felices los que “saben aguantar”

Sí, sí, ya sé que, esto de saber aguantar tiene mala prensa, lo entendemos como una actitud de pasividad, de resignación ante los infortunios, una actitud de sumisión ante la adversidad… cosa que nada tiene que ver con lo que la Madre quiere decirnos con esta expresión evangélica. De ahí que sorprenda tanto el que María diga sin miedo: “Porque ha mirado la humillación de su esclava”

María puede hacer esta categórica afirmación porque, si alguien sabe aguantar, son los “anawin” los pobres de Yahvé y ella pertenecía a esa familia.

Ella conoce que “saber aguantar” concierne al canto del Siervo, en el que se sugiere una actitud de entrega, de no violencia, de valentía… para aceptar el ser tratado injustamente.

Ella sabe mejor que nadie que “saber aguantar” quiere decir que la vida hay que asumirla con ánimo de fortaleza, uno de los dones del Espíritu Santo que vamos olvidando porque, en nuestro entorno, ya no se habla de esas cosas. Y para demostrarlo, aquí está ella, la Madre, porque ¿hay alguien que supiera aguantar tanto y con tanta dignidad?

¡Cuánto ganaría la familia actual, si supiese tomar las actitudes de María, para insertarlas en su manera de vivir! Yo sé que la sociedad en la que nos movemos, no nos pone fáciles estas cosas, pero también sé que huir del sufrimiento no nos hace personas más felices. ¡Cuánto ganaríamos si nos enseñasen a soportar, a cicatrizar heridas, a dar vida…!

Hemos comprobado demasiadas veces que no ayuda demasiado el que la gente no sepa ni quiera soportar las dificultades.  Por experiencia sabemos que si somos capaces de aceptar las dificultades con resignada pasividad y de manera humillada, fácilmente iremos acumulando en nuestro interior resentimientos y tristezas que nos irán desmoronando, nos irán haciendo un corazón frío, desconfiado y, hasta llegaremos a tener envidia de aquellos, a los que nos parece la vida ha tratado mejor. Pero que, sin embargo, si como María sabemos fortificar nuestro interior, trabajar nuestra realidad y asumir todo lo bueno y malo que se nos presente, poniéndonos junto Señor, iremos trabajando nuestro barro  y forjando nuestra vida.

María había oído decir a su Hijo que, a los que saben aguantar, en herencia se les dará: “el poseer la tierra”. Así lo dijo Jesús, aquella mañana en el monte “Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra”. Porque Jesús quiere llamar a todos, también a nosotros, a ejercitar nuestra fortaleza de Espíritu, que es condición de vida y promesa de liberación. Pues, al contrario de lo que la gente piensa, la mansedumbre proviene de la fortaleza; esa fortaleza que es capaz de soportar las decepciones, las amarguras, los despechos, los sufrimientos… que se nos puedan presentar; pues el que mucho soporta, mucho ama y precisamente Jesús y su Madre amaron por encima de todo eso.

Porque el amor que ellos supieron dar es ese amor del que más tarde hablaría S. Pablo, un amor que lo perdona todo, lo excusa todo, lo tolera todo… ese amor que no puede pasar nunca, porque es la única fuerza capaz de poder tocar la hondura de humanidad que anida en cada corazón dañado.

Y así lo vemos en este tiempo de Pascua. Jesús, con su entrega incondicional, está atrayendo hacía sí todos esos deseos maltrechos y quebrantados de los que le escuchan. Está abriendo una brecha en el horizonte de los pecadores, de los que se sienten culpables, de los que se saben enfermos o impedidos.

Jesús conoce todos nuestros abatimientos y quiere enseñarnos a enfrentarnos con las fuerzas del mal que nos impiden abrirnos a esos deseos de felicidad que Él quiere para cada uno de nosotros.

Por eso es importante que la familia viva junto a la Madre, porque nadie como ella para enseñarnos a querer, a tolerar, a acoger… nadie como ella que es: La estrella de la mañana, la causa de nuestra alegría, la consoladora de los afligidos, el refugio de los pecadores, la salud de los enfermos, el auxilio de los cristianos, la Madre de la Familia.

Nadie como ella tiene un corazón sencillo y generoso, un corazón que necesitaríamos tener todas las personas, pero en especial las madres, ya que en este tiempo despiadado y exigente en el que estamos insertos, todos necesitamos encontrar un lugar donde sentirnos acogidos, donde sanar nuestra lesiones, donde alegrar nuestras tristezas y recibir ese abrazo cálido que nos ayude a ponernos en pie y seguir caminando.