La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Tres tipos de laicismo (VII de X)

Cabe distinguir tres modalidades fundamentales de la opción laicista o tipos de laicismo.

 

1º) En su forma negativa extrema, el laicismo pretende erradicar lo religioso de la vida humana en todas sus dimensiones y ámbitos, no sólo en el público. Éste que podemos denominar laicismo antirreligioso y ateo aparece especialmente ligado a una concepción materialista en la cual la religión constituye la alienación radical del hombre, Dios no sería sino la proyección que el hombre hace de su propio ser ideal y la teología no más que antropología invertida. Según esa filosofía, en la afirmación de Dios el hombre se vacía de sí mismo, se aliena, pierde su libertad. La liberación, pues, del hombre respecto de todas sus esclavizadoras alienaciones, habrá de empezar por liberarle de la religión. Y para esto habrá que negar la existencia de Dios. Este laicismo, que históricamente ha generado o justificado movimientos violentos y que todavía se traduce en no pocos lugares en criminales políticas persecutorias de los creyentes, puede también, según las circunstancias, revestir, como ocurre en nuestros civilizados democráticos países occidentales, formas blandas, civilizadas, relativistamente “buenistas”, pero no menos deletéreas, de ataques a la fe, a la religión, a las exigencias morales naturales especialmente defendidas por los creyentes. Esta posición cuenta además con todo un notable aparato filosófico en cuya elaboración se dan cita corrientes “liberalistas” ilustradas y el grueso del pensamiento ideal-materialista totalitario. Este laicismo no es, pues, una reliquia del pasado que colocamos en este “museo” para que esté completa la taxonomía de posibles modalidades laicistas, sino que tiene hoy en nuestra cultura una acusada presencia, por más que ésta les resulte inadvertida a muchos y especialmente a quienes, más hondamente afectados por su “filosofía”, considerarán de mal gusto llamar laicismo antirreligioso y ateo a lo que, para ellos, no es sino la más moderna expresión de libertad y tolerancia… Frente a los alardes de “progresía” liberadora con que puede llegar a presentarse, este laicismo ateo entraña obviamente una pretensión inconciliable con el respeto a la libertad religiosa[1] y, por lo mismo, resulta manifiestamente antidemocrático.

 

2º Otro tipo de laicismo es el que rechaza la presencia de lo religioso en el ámbito público y lo acepta sólo recluido, de modo exclusivo y definitivo, en el reducto de lo privado. Podríamos, según esto, denominarlo laicismo privatista. A este tipo de laicismo es al que, a juzgar por sus manifestaciones, parece auto-adscribirse entre nosotros el laicista común, es decir, el que lo asume y defiende en la práctica, sin entrar a teorizarlo y argumentarlo. Este segundo tipo de laicismo se define, como vemos, en relación con el par conceptual público-privado. Y parte del error de dar por supuesto que lo público se agota en lo estatal, siendo así que, aun cuando todo lo estatal es público, no todo lo público es estatal. Si históricamente lo religioso y lo eclesial/eclesiástico llegó a invadir totalmente el espacio propio del orden temporal y a “panconfesionalizarlo” indebidamente, la Modernidad en su pretensión de poner al Estado y a la Iglesia en “su lugar” respectivo, terminará por atribuir al Estado el monopolio de lo público y, por expulsar, en consecuencia, de ese espacio público a la Iglesia a la que, por lo mismo, no se le reconocerá otro lugar donde instalarse legítimamente que el ámbito de lo privado. Muchos, entre quienes defienden este laicismo, muestran especial interés en advertir que ellos no son intransigentes antirreligiosos pues  –en eso insisten–  no están contra la religión, sino contra la pretensión que ésta ha tenido, tiene, o puede llegar a tener de presidir y/o condicionar la vida pública. Este laicista olvida así que para impedir a una determinada instancia que se arrogue una función pública que no le corresponde no es necesario expulsarla del ámbito público, salvo que se esté en el erróneo supuesto –como es aquí el caso– de que en el espacio público no hay lugar sino para el Estado o, en términos generales, para lo no-religioso. Lo cierto es que, instalado en semejante supuesto, también este laicismo privatista supone una negación-violación de la libertad religiosa en cuanto ésta lo es, según su propio concepto, tal como la proclama el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU, 1948), para  “manifestar” la propia religión o creencia “individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Y al conculcar la libertad religiosa, fundamento de todas las libertades públicas y de los derechos fundamentales, sin los que no es posible la democracia, también este laicismo, tan ufano de su moderación y tolerancia, resulta indiscutiblemente antidemocrático.

 

3º) Un tercer tipo de laicismo, el más abierto, es el que acepta la legitimidad de la presencia de las llamadas opciones de sentido, incluidas las religiosas, en el espacio público, siempre que tales opciones se atengan a su condición de particulares y se abstengan, en consecuencia, de toda pretensión de erigirse en  rectoras de la sociedad, en determinantes de lo común (lo cual sería, advierten, inadmisible clericalismo). Deberán, pues, tales opciones abstenerse aun de la pretensión de participar y hacerse valer como tales en el debate, en el proceso democrático formal, de conformación de lo común normativo. A este laicismo, pues, podríamos denominarlo particularista, en cuanto considera que toda opción religiosa es irremediablemente particular, “metafísicamente” incapaz de llegar a alcanzar en ningún supuesto la venturosa condición de lo común.  Para quienes lo sostienen, la efectiva realización de este laicismo es ineludible condición y la mejor garantía de la presencia de las opciones religiosas, junto con todas las llamadas “opciones de sentido”, en la plaza pública de la sociedad pluralista, democrática. Pero lo cierto es que también esta modalidad de laicismo, aparentemente tan abierto y condescendiente, condición y garantía del respeto al pluralismo democrático, establece espacios y momentos de exclusión de lo religioso. Así, por una parte, dentro del espacio público, en el que, según este laicismo, ha de admitirse como legítima la presencia de todas las particulares opciones de sentido, deberá quedar acotado un sector, el educativo-escolar, en el que no deberá admitirse la presencia de ninguna de ellas. Y esto porque, como insisten en afirmar los representantes más significados de este laicismo en Francia, la Escuela ha de ser el espacio reservado en exclusiva a lo común, el lugar común de educación común de todos los ciudadanos en lo común, en la común ciudadanía ¿Nos “suena”?  De este modo la teoría general de la laicidad democrática como condición y base de la convivencia pluralista democrática, deja paso, en relación con la Educación, a una teoría restringida y restrictiva del laicismo educativo escolar que genera y/o supone un estatismo educativo totalitario… Por otra parte, en términos más amplios aún, las opciones de sentido, las religiosas entre ellas, no podrán, según la pretensión de este laicismo, hacerse valer legítimamente en cuanto tales en el proceso de debate público conducente a la conformación y establecimiento de lo común susceptible de ser impuesto como tal a todos. Ahora bien, justamente al establecer esas “reservas” de espacio público cerradas a las opciones religiosas (y, en general, a las que dicen opciones de sentido), tampoco este laicismo, resulta auténticamente democrático. Así como para el segundo tipo de laicismo antes examinado (el que decíamos privatista) es definitoria su referencia al eje de conceptos público-privado, para este tercer tipo de laicismo son categorías-clave las del par común/particular. Podríamos decir que lo específico de esta tercera modalidad de laicismo está en que identifica lo común con lo laico. A diferencia del  segundo tipo de laicismo o laicismo privatista, este tercer tipo de laicismo (particularista) no recluye lo religioso en el ámbito privado (puesto que admite como legítima su presencia en el espacio público) sino en la condición de lo irremediablemente particular. Toda opción religiosa resultaría, por eso, deslegitimada para pretender formar parte de eso común que constituye el asiento de la unidad y de la pacífica convivencia en una sociedad pluralista democrática. Los graves motivos de reparo que aun este más “abierto” laicismo ofrece, los presentan con mayor gravedad las otras modalidades antes examinadas. Pero la específica pretensión que define al, en nuestra enumeración,  tercer  tipo de laicismo, a saber, la de identificar común y laico merece, en todo caso, ser examinada con especial detenimiento en ulteriores consideraciones.

Teófilo González Vila



[1] La libertad religiosa queda definida y proclamada en el articulo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la ONU (1948) en los siguientes términos:  “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.