La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Testimoniar la Verdad frente a las ideologías

Fernando López Luengos. Doctor en Filosofía.- Entre todos los proyectos humanos aquellos que concentran mayores energías y adquieren mayores dimensiones son los que pretenden sustituir la realidad por una construcción del propio pensamiento: las ideologías. Las ideologías tienen la grandeza de sintetizar lo mejor del ingenio humano… pero por sí mismas suponen la tentación de divinizar la capacidad humana hasta aplastar la realidad. La historia reciente de España muestra un patético retorcimiento de las conciencias que pugnan por librarse de las asfixiantes armaduras ideológicas. La Guerra Civil Española fue el momento más violento de esta inconsistencia: más allá de las causas que pudieron empujar a unos u otros, muchos españoles fueron enrolados en un bando por el mero hecho de encontrarse en un determinado territorio al estallar la guerra. Sin embargo el fin de la guerra no supuso el fin de las ideologías. El último de estos rígidos encorsetamientos mentales ha sido el anacrónico proyecto ideológico del anterior gobierno socialista inoculado en buena parte de sus leyes y divulgado bajo el eufemismo “conquista de derechos”.   

 

Muchos de estos encorsetamientos abstractos siguen actualmente presentes asfixiando la libertad y pisoteado la realidad:

¿Por qué les da rabia que queramos matricular a nuestros hijos en la clase de religión exigiendo su retirada de los centros de enseñanza a pesar de que el 80% de los padres lo eligen en Primaria? ¿Por qué no soportan que algunos ciudadanos vivan enamorados de una Verdad frente al relativismo que quisieron imponer con Educación para la ciudadanía? ¿Por qué no toleran un modo diferente de entender la afectividad y la sexualidad tachando de homófobos y acusando ante los tribunales a quienes no piensan como ellos? Como ya expliqué en otro artículo ‘Respetar’ la opción afectivo-sexual puede y debe ser exigido, pero ‘compartir o asumir como positiva’ la opción afectivo-sexual de terceros ni puede ni debe ser exigido” (sentencia del TSJ de Andalucía de 15-10-2010, fundamento jurídico noveno).

 

Hace pocas semanas se estrenaba en España Popieluszko. La historia de un sacerdote polaco que en lo peor del régimen comunista fue capaz de predicar la verdad del Evangelio sin miedo a las consecuencias. Murió torturado a manos de la policía secreta. En la Polonia comunista, como en otros sitios, la imposición de una ideología no tolera las exigencias de la verdad, y la mentira se alía con el miedo en un intento –estéril– de encarcelar la conciencia. Tras la Segunda Guerra Mundial los polacos no supieron, por ejemplo, del pacto entre Hitler y Stalin hasta después de la caída del muro de Berlín en el 89. No supieron tampoco que la matanza de Katyn fue realizada por el ejército soviético y no por los nazis… Ni siquiera en los seminarios se podía hablar abiertamente porque el espionaje utilizaba incluso a menores bajo chantaje a las familias (un sacerdote de Kracovia nos lo explicó cuando preparamos la peregrinación diocesana a Czestochowa en 1991). Sin embargo este ambiente de mentira y miedo fue vencido no por la fuerza de una violenta sublevación ni por estrategias políticas clandestinas, sino por la persistente fuerza de un pueblo que amaba la verdad tanto como la libertad. El muro de Berlín no cayó en un estallido de violencia, sino por el peso mismo de la realidad: la verdad se impuso a las conciencias. Sin embargo esto solo fue posible gracias al testimonio severo, firme, de muchos que sintieron la libertad en su conciencia a pesar del miedo, como fue el caso de Popieluszko y tantos otros. La Iglesia fue en la Polonia comunista el refugio de la libertad.

 

Muy diversa fue la situación de la Iglesia en España en esa misma época. El franquismo la protegió… pero al mismo tiempo contaminó a muchos cristianos que pusieron su primera confianza en los métodos políticos por encima de la autenticidad de la fe en el resucitado. Cuando los cristianos españoles descansaron en una vida tranquila en la que nada había que arriesgar, el cristianismo se parecía a una ideología más, susceptible de ser rechazada como tantas otras. Y no es extraño encontrar este rechazo en buena parte de la gente de izquierda que se formó en aquella época. La diferencia radica en dónde se pone la prioridad, si en los medios humanos (de conocer, de actuar, de construir la sociedad…) o en la gracia (que no anula la naturaleza sino que la lleva a plenitud).

 

Una experiencia que resulta sobrecogedora de la vida de Popieluszko fue, precisamente, lo arriesgado que resultaba para él decir la verdad. Él no pretendía meterse en política ni seguía una estrategia para desestabilizar el poder; tan solo criticaba el abuso, la violencia o la mentira desde la Verdad del Evangelio. En la España de Franco, en cambio, hablar de la fe estaba bien visto y frecuentemente “salía muy barato”.

 

Por eso hoy en día resultan iluminadoras aquellas situaciones en las que dar testimonio “sale caro”: un médico católico ante la ley del aborto, los padres que objetaron a Educación para la ciudadanía (los profesores también hemos tenido problemas como he tenido ocasión de explicar en otro lugar) o un obispo predicando sencillamente la doctrina del catecismo como recientemente ha sucedido con Reig Plá. Lo esencial radica en que estos hechos no se han realizado como parte de una estrategia ni como una consigna que hay que seguir, sino como un acto de coherencia con la propia conciencia. Popieluszko no pretendió hacer una revolución social, pero su coherencia valiente –no su voluntarismo– influyó significativamente en la transformación de Polonia.

 

El coraje para dar testimonio de la Verdad no puede subordinarse a un proyecto teocrático pues se convierte entonces en una ideología como las que pretende superar: es un integrismo religioso. Y una ideología religiosa no es más que un ídolo, una imagen idealizada, modelada según lo mejor del ingenio humano donde la deficiente experiencia de lo divino es sustituida por una experiencia al alcance del hombre –por más que implique un esfuerzo heroico-.

El testimonio de la Verdad puede usar la astucia de “los hijos de las tinieblas”, pero no sus armas –esta es la tentación pelagiana que nos acompaña siempre–.

 

Termino con unas palabras de Popieluszko con las que me siento identificado: “Hace falta quitarnos el peso del miedo que nos paraliza, que inmoviliza los corazones y mentes de los hombres. Repito aquí una frase que habéis oído con frecuencia: Sólo debemos tener miedo de traicionar a Cristo por cuatro monedas de estéril tranquilidad” (homilía del 26 de agosto de 1984).

 

 

 

Vicepresidente de Educación y Persona