La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El Estado exhausto

Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.- Según reza nuestra Constitución, España se define como un «Estado social y democrático de Derecho». Sin embargo, las profundas transformaciones económicas y sociales experimentadas en las últimas décadas por nuestra Nación han producido una evolución hacia lo que se conoce como «Estado de Bienestar».  

 

Siguiendo a Niklas Luhmann, el Estado Social es «aquel que reacciona frente a las consecuencias de la industrialización con medidas de previsión social». Pero «el  bienestar significa y exige algo más que la mera asistencia social y que la pura compensación de las desventajas sociales» –afirma dicho autor.

 

Concebido el Estado de Bienestar como ente político compensador de «aquellas desventajas que recaen sobre cada cual como consecuencia de un determinado estilo de vida», se le han ido trasladando al Estado –y éste ha ido asumiendo– responsabilidades en grado creciente, casi sin límite.

 

Unos recursos financieros limitados para hacer frente a la exigencia de necesidades ad infinitum han determinado una situación crítica para la pervivencia de dicho modelo de bienestar. El “globo” de las exigencias, no siempre justificadas, elevadas al Estado desde los más diversos ámbitos (políticos, sociales, económicos, culturales, etc.) se ha ido inflando de tal manera que ha terminado por estallar.

 

La situación actual del Estado revela una «sobrecarga» de responsabilidades que ha sobrepasado con mucho los límites de su capacidad financiera, dejándolo exhausto. Y para satisfacer las necesidades comprometidas no le queda otro remedio que el de acudir al endeudamiento, cuya amortización requiere, a su vez, nuevos endeudamientos.

 

Ante una situación tan crítica se plantea la cuestión de cuál ha ser la orientación política a seguir. Por un lado, están los que no quieren renunciar a las cotas de bienestar alcanzado y rechazan los “recortes”. Por el otro, los que no ven más solución que “soltar lastre” para reducir la sobrecarga y evitar así el hundimiento del Titanic. Pero toda persona sensata sabe que el camino más seguro hacia la ruina es el de gastar por encima de las posibilidades.