La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Rajoy refuerza los argumentos del adversario…

Magdalena del Amo, periodista.- Vaya por delante que el actual Gobierno encontró una España hecha un erial; no solo con las arcas vacías sino con un déficit descomunal. Si lo sabían o no, carece de importancia en este momento y no le quita hierro a la situación. Lo cierto es que en los últimos tres años de legislatura socialista, se han gastado 300.000 millones de euros de más, dinero que no era nuestro y que hay que devolver. Dicho esto, vayamos al análisis del modus operandi del Ejecutivo de Rajoy, que nos lleva de sorpresa en sorpresa, por la calle de la amargura.

La puñalada de la subida del IRPF ha tocado el hueso y cada mes al cobrar la nómina, la herida recidiva duele y vuelve a sangrar. Sabíamos que íbamos a vivir tiempos de penuria. Lo dijo Rajoy en campaña y lo asumimos; incluso le instamos a que fuese tan valiente como Cavaco Silva cuando anunció las medidas a los portugueses, y no nadase en la ambigüedad. A mí me hubiera gustado que hubiese hablado claramente de subida de impuestos –como así fue—, de congelación de salarios –como así fue también—, de elevación de las tasas universitarias y judiciales, y del copago farmacéutico, como así es también. A esto hay que añadir otras subidas, como los carburantes, el gas ciudad y butano, las tarifas eléctricas, el tique del autobús y del metro y los peajes. También me hubieran gustado unos presupuestos más en tiempo, y evitar el coqueteo con la estrategia de esperar a las elecciones andaluzas por eso del miedo.

Estamos de acuerdo en que hay que apretarse el cinturón, que los recortes son necesarios, y que todos tenemos que arrimar el hombro, pero esto requiere un matiz. La política de ajustes sería razonable si se iniciara por la cúpula. Pero la cúpula sigue intacta. El Congreso levita como en tiempo de bonanza; el Senado –tan denostado últimamente y con razón—no ha visto la crisis; los expresidentes siguen con sus sueldazos; los exministros, ídem de lienzo; los órganos consultivos y otras cuatro mil empresas públicas continúan, tan flamantes y blindadas, resistiendo el paso del tiempo, con sus más de 80.000 cargos públicos. ¡Aquí sí que hay sitio para la tijera de podar!

¡Y qué decir de las autonomías! El auténtico pain on the neck del Gobierno, y el punto de mira de los mercados. Es cierto que a lo largo de la etapa de molicie no constituían un problema evidente. Se imprimía el dinero por la noche y por la mañana se licitaban obras de jardines botánicos, piscinas climatizadas, palacios de congresos, aeropuertos innecesarios, museos de cuanta cosa hay, parques temáticos, ciudades de la cultura, y… de todo. Hemos configurado un Estado que ni Botero lo hubiera pintado tan gordo, con dieciocho parlamentos y otros tantos presidentes y vicepresidentes, más diputados y senadores –pasan de 1.800—, y a mayores, consejeros, delegados, subdelegados, directores, secretarios, asesores, gabinetes de prensa… y demás puestos de libre designación, todo ello con cargo al erario público, es decir a nuestros impuestos. (Y a partir de ahora, de nuestros sacrificios).

Las autonomías suponen nada menos que 26.000 millones de euros en gasto corriente y de personal. Mucho donde recortar sin afectar al ciudadano. Eliminar un ministerio o dos, o algunas consejerías en el caso de las comunidades autónomas, algunos coches oficiales con sus chóferes respectivos, unos cuantos móviles, bajar el sueldo a una docena de presidentes, o retirar el sueldo a los consejeros de TVE, vale para protagonizar algún titular, pero de poco más. Total, que el panorama no nos gusta. Los que tanto clamamos por un cambio radical post era socialismo 2004-2011, vemos con pasmo una política continuista, una suerte de zapaterismo, segunda parte.

¡Qué bien se entienden los dos grandes partidos en materia de autonomías! Rajoy es partidario del “no meneallo” y Rubalcaba encantado. No así Rosa Díez y Esperanza Aguirre, dos mentes claras y necesarias en este tiempo que promete ser una larga noche de piedra, un kaliyuga sin edad de oro a la vista. Claras Rosa y Esperanza, aunque demasiado drásticas. El debate del tema es tabú por miedo a los nacionalistas, sobre todo a los excluyentes. Urge una reestructuración profunda que las haga más sostenibles y más Estado. ¿Por qué no se aborda esta reforma que hoy ya es vox populi?

Un paso importante es la aprobación del proyecto de ley que permite a las autonomías privatizar, ceder la gestión o cerrar esa especie de agujeros negros, llamados televisiones autonómicas, cuyas pérdidas, también a costa del contribuyente, causan rubor. Personal –por poner un ejemplo, la TVG tiene más trabajadores que Tele 5 y Antena 3 juntas—, productoras, consejeros –que cobran más de seis mil euros por asistir a unos cuantos plenos al mes, y que además son elegidos por los partidos para premiar algún servicio prestado—han creado un entramado insostenible. A partir de ahora deberán mantenerse solo si son rentables. La señora Aguirre –otra vez Esperanza—ha dicho que privatizará Telemadrid, tan pronto tenga la ley en la mano. A ver si cunde el ejemplo. Entre las primeras medidas de Foro Asturias se incluía un recorte de 200 millones de euros a la RTPA que le echaron abajo los socialistas. Ávarez Cascos seguro que si gobierna pondrá a dieta el ente público del Principado.

Da la sensación de que el Gobierno está asesorado por un esbirro de Rubalcaba para agilizar su desgaste. Por si la pérdida de ocho puntos en intención de voto, en parte por una reforma laboral explicada atropelladamente y casi riñendo, no fuera suficiente, los últimos recortes en educación y sanidad, anunciados por De Guindos en el Frankfurter Algemeine, que la ministra Mato desmintió a las pocas horas, y que Rajoy corroboró después, están minando al PP y preparando el camino a la abstención en las próximas elecciones, posiblemente antes de finalizar la legislatura. Lo del copago farmacéutico mal, a destiempo, y a la machada. No se puede cortar y recortar sin anestesia. No se puede penalizar a los viejos y a los enfermos y dirigir las consecuencias de la crisis sobre ellos. Además, la medida suena a improvisación –una más—, pues los costes de gestión superan los ingresos previstos, entre 700 y 900 millones de euros, aparte de otros inconvenientes de índole delicada, como es llevar el “marchamo de pobre” en la tarjeta sanitaria. Sin embargo, más allá de lo económico, hay una parte positiva en la medida.

Menos medicación equivale a mayor salud, aunque parezca una contradictio in terminis. Estoy segura de que buena parte de la medicación prescrita es innecesaria, salvo por el efecto placebo. Hace tiempo que los expertos advierten de los efectos tóxicos de la polimedicación. Es una espiral en la que están inmersas las sociedades opulentas. La sanidad –y seguramente ahora no quede tan mal decirlo—, si bien es un servicio al ciudadano, está concebida como un gran negocio. Los lobbies de los grandes laboratorios cabildean y presionan a los políticos de turno para incorporar productos farmacéuticos, que a quien más benefician es a sus accionistas.

Recordemos la alarma de la gripe A, que llevó al sistema sanitario español a la compra de millones de dosis, coletazos de la cual es el déficit sanitario tan brutal. Podríamos hablar del dudoso AZT, de la vacuna del papiloma humano o de la píldora del día después. Así que, después de todo, si los médicos utilizan el bolígrafo de manera más racional, posiblemente la sociedad se mantenga más sana. Las autoridades sanitarias deben cambiar la ley del medicamento, que prohíbe decir que “algo cura”, ni no es un fármaco. Una solemne tontería que va en contra de la máxima de Hipócrates, el padre de la Medicina: “Que tu alimento sea tu medicamento”. A partir de ahora podremos volver a decir que “nos hemos curado la garganta con ajo”, porque el ajo es un antibiótico natural, que el hipérico de las cunetas del rural sustituye al Prozac, y así ad infinitum. Es lo positivo de la nueva situación). Dicho esto, conviene hacer este ligero matiz: no se puede reducir la medicación, sobre todo a personas mayores, sin una pedagogía previa y necesaria. Es imperdonable llegar al ambulatorio con las tijeras abiertas y crear este estado de incertidumbre. ¿Quién asesora al PP?

Lo más grave es que a la oposición le están poniendo en bandeja unos argumentos que van a rentabilizar como nadie. Sobre todo, porque la izquierda es experta en la manipulación de emociones. Reforma laboral, recortes en sanidad y educación, y subida de tasas universitarias son ingredientes que, bien agitados, forman un cóctel molotov cuya onda expansiva puede alcanzar proporciones descomunales. Nadie lo dice, quizá por exceso de corrección, pero los socialistas deberían estar inhabilitados –moralmente lo están— para hablar, y mucho más para dar lecciones de nada. Solo falta que la ciudadanía, en un acto de desesperación se deje engañar, y entonces sí que nos sumiríamos en las profundidades de una sima, por los siglos de los siglos.

Menos mal que el Consejo de Ministros aprobó un decreto para la elección del presidente de RTVE. Ya se podían haber dado más prisa. Vomitamos a diario al oír los informativos manipulados y esos desayunos con leche agria que hace otra de las progres de la comunicación, que vale más por la silla que por sus sectarias ocurrencias. Lo de la charnega de jalea de cerezas, Julia Otero, parece que va en serio y nadie lo entiende salvo un puñado de radicales que se alimentan del caldo recalentado de las dos Españas. Y también lo de Boris Izaguirre. Estos se han reído de Rajoy a mandíbula batiente, llamándole de todo.

Pero es que estos del PP, por un lado, no espabilan, y por otro, quizá necesiten tratamiento psicológico. Son víctimas del maltrato y reaccionan ante sus maltratadores como lo hacen las mujeres y los niños maltratados. La derecha tiene con los medios de comunicación/periodistas de la izquierda una relación enfermiza de amor/odio/miedo. Y la izquierda lo sabe, como lo sabe el maltratador cuando acecha a la víctima. En cambio, el PP no siente la menor consideración por quienes le han defendido y le han facilitado el trono que ahora ostentan. Durante la travesía del desierto llamaban para contarte las batallitas políticas y te dejaban el hombro pegajoso de lágrimas; ahora, sus desgracias han acabado, y si te he visto no me acuerdo, y ni se ponen al teléfono o te hacen pasar por tres o cuatro achichincles del gabinete, que les paga el contribuyente.

Por eso, algunos estamos tan decepcionados con el PP. Por eso criticamos su gestión en los meses que lleva gobernando; porque sus equivocaciones no nos son ajenas y porque nos están echando encima a esta panda de amorales que están deseando volver al rescate del castillo. Los seres humanos olvidamos pronto, sobre todo algunos. El Gobierno prepara una campaña para llegar a todos los rincones y frenar el desgaste. Por el bien de España, esperemos que acierte. Pero, por favor, que no la diseñe Arriola.