La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El “hecho extraordinario”: 75 años después

P. Fernando Pascual. Profesor en el Regina Apostolorum de Roma.- Un filósofo español en una habitación de París. El 29 de abril de 1937. Por la noche. Algo extraordinario está por ocurrir. Manuel García Morente (1886-1942) había perdido la fe desde muy joven. Su camino espiritual había sido el de un gran pensador, inquieto por conocer la verdad, abierto a las nuevas teorías, reflexivo ante la misteriosa sucesión de los hechos humanos.  

 

Cuando inicia la guerra civil española en julio de 1936, su familia queda seriamente amenazada. En agosto de ese año asesinan al esposo de una de sus dos hijas, Ernesto, simplemente por ser católico. En octubre buscan al mismo García Morente para asesinarlo. Un amigo le avisa que corre peligro, que tiene que huir cuanto antes. Y escapa a Francia.

 

En España han quedado sus dos hijas y dos nietos. El filósofo busca librar a su familia de los peligros de la guerra. Sus intentos, sin embargo, tropiezan con mil dificultades. Se suceden momentos de esperanza y obstáculos inesperados.

 

Cuando su familia parece que va a salir hacia Francia, nuevamente un imprevisto: el gobierno republicano no concede el último permiso. La noticia llega a García Morente el día 27 de abril de 1937. Además, sus esfuerzos por conseguir un viaje y un trabajo académico en América fracasan. Se siente sumamente cansado y tenso.

 

Llega la noche del 29 de abril. El profesor enciende la radio. Años después contará a un sacerdote amigo, don José María García Lahiguera, lo que empezó a ocurrir en ese momento.

 

“Estaban radiando música francesa: final de una sinfonía de César Frank; luego, al piano, la Pavane pour une infante défunte, de Ravel; luego, en orquesta, un trozo de Berlioz intitulado L’enfance de Jesus. No puede usted imaginarse lo que es esto, si no lo conoce: algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con ojos secos. Cantábalo un tenor magnífico de voz dulce, aterciopelada, flexible y suave, que matizaba incomparablemente la melodía pura, ingenua, verdaderamente divina”.

 

La música penetra en el alma de García Morente. Recupera un poco de paz. Su mente, cansada, empieza a dejar que desfilen recuerdos de la historia de Jesús. Al final se asoma al Calvario. Su imaginación vuela. Así lo describirá en el texto que estamos citando:

“Y así, poco a poco, fuese agrandando en mi alma la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la Cruz, en una eminencia dominando un paisaje de inmensidad, una infinita llanura pululante de hombres, mujeres, niños, sobre los cuales se extendían los brazos de Nuestro Señor Crucificado.

 

Y los brazos de Cristo crecían, crecían y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor; y la Cruz subía, subía hasta el Cielo y llenaba el ámbito todo y tras de ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños; subían todos, ninguno se quedaba atrás; sólo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo, rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con Él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí”.

 

Su fantasía y su razón trabajan juntos. Es un momento especialmente emotivo. Está recuperando la fe. Cristo se le hace alguien vivo, concreto, salvador. Quiere rezar, pero no puede: hasta se le había olvidado el Padrenuestro que había aprendido de niño… Poco a poco, de rodillas, alcanza a reconstruir esa oración. Ha empezado a ser un hombre de fe.

 

Un poco después de las doce de la noche llega a conciliar el sueño. Pero en la madrugada del día 30 se despierta sobresaltado. Otra vez escuchamos sus palabras:

 

“No puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya mismo, en ese mismo momento, sin tardar. Me puse de pie todo tembloroso y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro.

 

Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras -negro sobre blanco- que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía aunque sin sensación”.

 

Describe así, con la pobreza de las palabras humanas, aquel momento único, especial, maravilloso.

No recogemos aquí su testimonio completo, en la narración que conocemos como “El hecho extraordinario”. Sólo recordamos que el camino hacia la conversión será maduro y completo.

 

El profesor García Morente, agnóstico por décadas, había sido tocado por el amor de Dios. Con generosidad, va al seminario, se sienta nuevamente ante una mesa de estudio, y recibe la ordenación como sacerdote católico en diciembre de 1940.

 

A los dos años, fallece inesperadamente. Dios lo había llamado a completar, ahora sí definitivamente, la experiencia de un encuentro maravilloso, ocurrido en una noche de París, hace ya 75 años.