La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Cristo resucitado quiere visitarnos

Por Julia Merodio, escritora.- Cuando me disponía a escribir el artículo de hoy, me llegaban a mi mente dos situaciones sin buscarlas.     La primera la recibí en un correo de Internet. No puedo plasmarla literalmente porque ya no la tengo pero, más o menos decía lo siguiente: “Una profesora pregunta, en una clase de niños pequeños, quién es Jesús para ellos. Cada uno va dando su versión y tratándose de niños las respuestas eran geniales, pero el más tímido de la clase levanta la mano y dice: Mi mamá me ha dicho que Jesús es como el azúcar en mi leche, que yo no la veo pero que si no estuviese la leche no estaría dulce.  ¡Eso es! afirma la profesora, Jesús está en medio de nosotros, aunque no lo veamos, pero si se fuese nuestra vida quedaría sin sabor”. Y emocionada continúa: acabas de darnos una preciosa enseñanza: Jesús es, como el azúcar y Él está, todos los días, endulzando nuestra vida”

El segundo mensaje me lo brindo la televisión. El Domingo de Resurrección, en un determinado momento, encendí el televisor y, en ese preciso instante, estaban entrevistando a un misionero cuyo testimonio me pareció fantástico porque se relacionaba con el anterior mensaje.

Contaba el misionero que cuando llegó a su destino, se encontró con un inmenso campo de caña de azúcar, cuyos trabajadores eran los componentes de su misión. Y decía que el azúcar en aquel poblado no era blanca sino roja, como la sangre de las heridas del oprimido; y su sabor no era dulce sino amargo, como el sufrimiento que se ha hecho entrega. El dueño del campo se enriquecía a golpe de mandato mientras los obreros obedecían a golpes de sumisión.

Al juntar las dos situaciones, saltaba a la vista la figura del Resucitado. Allí estaba Él, blanco, como la nieve, endulzando nuestro vivir; mientras que a su vez nos mostraba sus llagas, bañadas de rojo por la sangre vertida, fruto del dolor y la entrega, diciéndonos así: “Aquí tenéis mis heridas, gracias a las cuales podéis gustar la dicha”. Yo fui triturado injustamente, -nos seguía diciendo Jesús- como esos obreros de la misión, para satisfacer los intereses de los que querían guardar sus puestos, sobresalir y seguir enriqueciéndose; a ellos no les importaban ni mis lesiones, ni mis desprecios, ni mi sufrimiento…A ellos, lo mismo que a vosotros, lo único que les importaba era progresar a cualquier precio.

Por eso, sería bueno que nosotros, los que estamos tan ocupados, los que no tenemos tiempo para nada aunque lo malgastemos en trivialidades, nos tomásemos un poco de ese preciado tiempo para contemplar sus llagas, para ver esas cicatrices producidas por nuestro egoísmo y nuestro desamor, para comprobar que, precisamente por ellas, es por donde mana el perdón y la vida en abundancia. Porque las heridas de Jesús no son algo anecdótico: evocan una realidad, rememoran esa circunstancia de dolor que producen nuestros tropiezos.

Esas llagas nos muestran la humanidad herida por nuestra incomprensión, nuestra indiferencia, nuestra dureza de corazón… Nos muestran a este mundo en crisis económica, religiosa y moral donde, muchos hermanos lo están pasando demasiado mal. De ahí que cuando Jesús Resucitado nos visita, quiere hacernos observar sus llagas para que tomemos conciencia de:

–       Hasta qué punto nos amó, para ser capaz de dar la vida por nosotros.

–       Y de nuestra incoherencia que, con el nombre de cristianos, somos capaces de obrar de manera distinta a la suya.

Por eso, les invitaría a silenciarnos para pedir al Señor la gracia de reconocer nuestras actitudes personales, -las de cada uno- porque ellas son, las que producen hoy esas heridas, a tantos “cristos” como todavía siguen caminando sumidos en su dolor.

Vamos a pedir que sea, el mismo Resucitado quien nos haga reconocer nuestro comportamiento equivocado pero, sobre todo, el que nos muestre su infinita misericordia, esa que derramó enla Cruzpor cada uno de nosotros, para que con Él pudiésemos resucitar.

Porque, cuando dejemos que el Resucitado nos visite, seremos capaces de entender que su plenitud supera cualquier flaqueza; que las puertas del Reino están abiertas de par en par para el que quiere encontrarse con Él; que su mesa está repleta de pan, blandito, para los que buscan saciar su hambre; y que, el que cumple su palabra, nota la felicidad y el gozo dentro de su corazón.

No puede estar más claro. El Crucificado, es el mismo que el Resucitado, que hoy se hace presente para decirnos:

–       Ya no os llamo siervos sino amigos.

–       Por eso: ¡No temáis!

–       Estaré con vosotros hasta el fin del mundo.

–       Y sabed que, el vivir la vida desde esta realidad, no os quitará muchos dolores, pero les dará sentido y los transformará en gozo.