“El precio de desentenderse de la política es el de ser gobernado por los peores hombres” (Platón)

Camino de Pentecostés

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.  De pronto vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu les concedía expresarse”.  

 

El texto aquí traído (Hch 2, 1-4) nos hace ver que cuando se les infundió el Espíritu Santo a los presentes cincuenta días después de la resurrección de Cristo, se había recorrido un espacio y un tiempo que había enriquecido la vida de los discípulos de Aquel que, dando su vida en la cruz, había conseguido la salvación de todo el que creyese en Él.

 

Tras la muerte de Jesús muchos habían huido y se escondían por miedo a los judíos. Empezaban un camino que les llevaría hasta el momento en el que Jesús los enviaría a predicar la Palabra de Dios y a transmitir la Buena Noticia.

 

Empezaba el camino hacia Pentecostés y, al igual que entonces pasara también hoy día nos corresponde recorrer tan senda con el mejor espíritu y con el corazón preparado para recibir el Espíritu Santo y sentirnos enviados por Cristo a evangelizar.

 

Esto lo hacemos en la seguridad de que pertenecemos a la Iglesia que fundara Jesús y que, por lo tanto, necesitamos evangelizar y ser transmisores de la Palabra de Dios y de la doctrina de la Santa Madre Iglesia.

 

Entre Domingo de Resurrección y Pentecostés existe, pues, un tiempo de maduración de la fe que debemos fomentar para poder decir, con seguridad, que somos hermanos de Cristo y, por lo tanto, hijos de Dios.

 

Por lo tanto, también nos sabemos discípulos de Cristo. Él vino al mundo porque tenía que ser cumplida la Ley de Dios y no para quitar ni una sola tilde de las palabras que la constituyen. Si muchos de los elegidos por el Creador para ser su pueblo habían tergiversado la norma divina, en aquel especial tiempo de esperanza, iba a quedar fijada, para siempre, la verdadera voluntad de Dios.

 

También en este camino hacia Pentecostés reconocemos, pues ya sabemos que es así, que seremos enviados por Jesucristo para, además de formar parte de la Iglesia que había instituido y hecho a Pedro su primer Papa, para ser enviados al mundo y constituirnos comunidad que camina teniendo en su corazón y en su mente una misma voluntad.

 

Pero no es todo lo hasta aquí dicho lo que supone, para nosotros, el camino hacia Pentecostés porque, en realidad, es el Espíritu Santo el que guió entonces a aquellos otros nosotros y, ahora mismo, el que nos guía hacia el mismo momento en el que Jesús nos envíe.

 

El Espíritu Santo, en este camino hacia Pentecostés, influye en nuestra vida con sus dones (ciencia, consejo, fortaleza, inteligencia, piedad, sabiduría y temor de Dios), nos brinda sus frutos (caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad) y es, en definitiva, en Quien debemos apoyarnos en el sentido mismo que tiene este tiempo de camino hacia Pentecostés.

 

Pero, como siempre buscamos excusas para no cumplir con nuestros deberes espirituales solemos pretextar que el Espíritu Santo nos es muy desconocido.  Sin embargo, nos acompaña siempre y, por eso mismo, no podemos desconocerlo.

 

El Santo Padre, ante la pregunta relativa a la realidad misma del Espíritu Santo respondió, en una Homilía que, con motivo de las primeras vísperas en la Vigilia de Pentecostés de 2006, con lo siguiente: “Una primera respuesta nos la da el gran himno pentecostal de la Iglesia, con el que hemos iniciado las Vísperas: ‘Veni, Creator Spiritus…’, ‘Ven, Espíritu Creador…’. Este himno alude aquí a los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la creación del universo. Allí se dice, ante todo, que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el Espíritu de Dios. El mundo en que vivimos es obra del Espíritu Creador. Pentecostés no es sólo el origen de la Iglesia y, por eso, de modo especial, su fiesta; Pentecostés es también una fiesta de la creación.

 

Por eso el Espíritu Santo resulta crucial en Pentecostés pero no sólo entonces sino, desde el mismo momento en el que Jesús murió en la cruz. Desde aquel instante no cejó de aleccionarnos y de indicarnos hacía dónde debíamos dirigirnos. Pentecostés esperaba y, ahora mismo, espera, nuestra continua conversión y entrega al prójimo.