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El Papa dice a los jóvenes de Madrid que vivan el Domingo de Ramos como «el sentido mismo de su vida de cristianos»

“El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena”. Con estas palabras comenzó ayer su homilía el Santo Padre en el Domingo de Ramos.

Tras recordar la entrada en Jerusalén con la aclamación: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor y la esperanza que brota de esta realidad, se preguntó por el «contenido, la resonancia más profunda de este grito de júbilo» y respondió que “la respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes”.

En este contexto, el Papa afirmó que “podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones”.

También se preguntó por lo que «late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel». Se trata, dijo, de «una cuestión crucial que no podemos eludir –destaca- sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios».

Y sobre los deseos más profundos que nos han traído aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?”, se dirigió a los jóvenes que habían viajado como peregrinos acompañando al Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, para agradecer al Santo Padre su viaje a Madrid durante la JMJ de Madrid la tercera semana de agosto del 2011. Así, pidió a los jóvenes que vivan el Domingo de Ramos como “el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de su vida de cristianos”.

“Queridos hermanos y hermanas, que reinen particularmente en este día dos sentimientos –prosiguió- la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros”