La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¡Atención a la ofensiva general que prepara la izquierda!

Por asombroso que parezca, el Partido socialista se dispone a reconquistar la credibilidad perdida entre su electorado a partir de una oposición frontal tanto a la reforma laboral dispuesta por el Gobierno como a los presupuestos generales del Estado, pensados para una “economía de guerra” exigida por los mercados y la Unión Europea. Puede que no se entienda muy bien que un partido que condujo a España a su ruina actual, a partir de la negación de la crisis y su desenfrenado gasto público, trate  ahora de demostrar que la política de austeridad del Gobierno de Rajoy está equivocada y que solo servirá para generar más desempleo y más cierre de empresas. Pero lo cierto es que vamos a asistir, a partir de esta misma semana, a una de las batallas ideológicas y económicas más descarnadas que se hayan producido desde la transición.

A pesar de que en los últimos cuatro años la política social y económica practicada por los Gobiernos de Rodríguez Zapatero acentuó hasta extremos impensables la destrucción de la actividad económica, su sucesor, Pérez Rubalcaba, parece convencido –de la mano de sus aliados comunistas- de que lo mejor para España es seguir gastando por encima de sus posibilidades… porque lo importante es mantener el Estado del Bienestar por encima de todo. Se basta para ello en la teoría del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz quien, hace una década, comentando el desastre que vivía entonces Argentina, afirmó que las políticas de austeridad terminan provocando un descenso de la actividad económica. En cierto modo, Pérez Rubalcaba se quiere inspirar, precisamente, en el caso argentino que, después de la crisis del “corralito”, ha empezado a enderezarse -a partir del apoyo de los países “progresistas” encabezados por Chavez- gracias a un aumento del salario mínimo y la renacionalización de las grandes empresas emprendida por los Kirtchner, al tiempo que obligaba a una quita de su deuda pública y privada de hasta un 75 por ciento, que luego ha servido de ejemplo para Grecia.

En otras palabras, Rubalcaba pretende, bien olvidar que España forma parte de una Europa unida en sus finanzas o, de manera más simple, “helenizar” nuestra economía con la ayuda inestimable de la “movilización permanente” anunciada por los sindicatos después de la huelga general… y de los facinerosos residuales del movimiento del 15-M, tan activos en Barcelona. El ensayo general se iniciará a partir del momento en que  se alcance el forzado acuerdo de toda la izquierda en Andalucía que, por un lado, servirá al PSOE para maquillar su derrota electoral y, por otro, de pretexto ideal para radicalizarse con la aceptación de parte del demencial programa comunista.
Pero lo que realmente espera el PSOE para lanzarse de lleno a la tarea de destruir al Gobierno de Mariano Rajoy y, de paso, al Partido Popular, es al resultado de las elecciones presidenciales francesas que, supuestamente, darán la victoria al candidato socialista François Hollande, una especie de Zapatero francés que intenta contentar, al mismo tiempo, a Bruselas y los mercados como a las “víctimas” de los recortes impuestos por Sarkozy a pensionistas y funcionarios. Sería el comienzo de una “alianza” de la izquierda europea para reformar el tratado de la Unión y reclamar la emisión de eurobonos para afrontar el déficit público, una medida que, hasta el momento, ha contado con el rechazo del tándem Merkel-Sarkozy.

En el caso de que esta previsión le fallara, todavía le queda a Pérez Rubalcaba otra baza: las elecciones legislativas francesas previstas para este verano en las que entrará en liza, con todo el empuje del “frente de izquierdas” liderado por el radical comunista Jean-Luc Melenchon que, con un programa similar al que ha permitido a Izquierda Unida doblar su número de escaños en Andalucía, está dispuesto a romper con Bruselas con un lema que ha cautivado a buena parte de la sociedad francesa: “Lo humano, primero”. Melenchon aspira, entre otras cosas, a arrebatar todo su poder a los bancos y mercados financieros, a convocar una asamblea constituyente para fundar una nueva República y, como guinda, desmantelar el proceso de globalización de la economía además de liberarse del Tratado de Lisboa…

Lo previsible es que Melenchon quede descartado en la liza presidencial, pero que en las elecciones generales, obtenga escaños suficientes para forzar una unión con los socialistas para desbancar al partido que apoya a Sarkozy… Francia se convertirá así en el espejo para una España forzada no solo a equilibrar sus cuentas sino a mantener las subvenciones al desempleo y toda la arquitectura de un bienestar social que cuesta al Estado más de la mitad de sus ingresos… abocados a la baja mientras no se reactive la economía.

Lo que tiene ante sí Mariano Rajoy es una carrera contra reloj en la que debe empezar a generar empleo antes de que los sindicatos, y el conjunto de la izquierda, comiencen su tarea “helenizadora” con el añadido de la demolición de la derecha, aunque esté en juego la misma democracia. Con un agravante añadido: la pésima política de comunicación del Gobierno, esa especie de maldición que acompañó en su día tanto a Suarez como a Calvo Sotelo y Aznar, esos paréntesis que se abrieron entre los gobiernos de González y Zapatero. Habría que decirle algo muy serio a Rajoy, parafraseando a Clinton: “¡No es la economía, imbécil, es la comunicación…!”