“El precio de desentenderse de la política es el de ser gobernado por los peores hombres” (Platón)

Domingo de Ramos

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- “Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos  discípulos, diciéndoles: ‘Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.’ Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo’.  Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: ‘¡Hosanna al Hijo de David!  ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’ Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. ‘¿Quién es éste?’ decían. Y la gente decía: ‘Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.”  

 

Este texto, del evangelio de San Mateo (21, 1-11) nos muestra el momento cumbre de la entrada en Jerusalén de Jesús, Hijo de Dios y hermano nuestro. Triunfalmente entra donde, pocos días después, iba a ser procurada su muerte a manos de la traición, la envidia y el egoísmo.

 

Pero hoy es día de alegría. Aquellas palmas y ramas y aquellos “Hosanna” muestra que había muchos de los que le conocían habían creído en su persona y que esperaban que la esperanza de Israel tuviera cumplimiento en aquel profeta llamado Jesús al que muchos siguen. Saben que Dios ha querido que, en tal momento, su Enviado venga a traer al Buena Nueva y por eso gozan con aquel instante en el que el Hijo de Dios se hace presente.

 

El caso de que Jesús entrara en Jerusalén sentado en un asno, además de cumplir con la profecía que decía que así fuera, suponía, nada más y nada menos, que la venida del Reino de Dios al mundo. Jesús, que es el mismo Reino, no actúa como muchos pensaban que tenía que actuar el Mesías. Es decir, no conquista la ciudad con violencia y sangre (que no sea la suya) sino con Amor, Humildad y Mansedumbre. Podemos imaginarnos, entonces, qué estarían pensando aquellos que, conociendo lo que hasta entonces había hecho y dicho, le veían entrar en la ciudad santa. Quizá creyeron que venía a destronarlos de su poder mundano como, en efecto, iba a suceder aunque no de la forma que ellos creían.

 

Aquel primer Domingo de Ramos tuvo una importancia decisiva para la historia de al humanidad. Sin embargo, hoy mismo también sigue produciendo efectos benéficos para la misma. Así lo reconoce Benedicto XVI cuando, en la homilía de tal día del año 2007 dijo que

“En la procesión del domingo de Ramos nos unimos a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor aclamándolo por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.”

 

Pero, además, este momento espiritual tan especial es uno que lo es para proclamar que somos discípulos de Cristo y que, como entonces, le seguimos reconociéndole como Mesías y como el Salvador del mundo y sabemos, pues conocemos lo que luego pasó, que si bien murió por todos no todos se salvarán sino, en todo caso, quienes crean en él y se conviertan.

 

Domingo de Ramos es, pues, el principio de todo bien para el ser humano y, en especial, para el que lo sea creyente.

Por otra parte, para aquellos creyentes que tengan a bien poner las palmas que se han bendecido en el hogar, les dejamos la siguiente oración:

 

“Bendice Señor nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Por tu intercesión danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
Sé tú, el Rey en nuestro hogar.
Amén.”