Cada familia es una piedra viva en la construcción de la sociedad”, (Francisco)

Caso Atala

Max Silva Abbott. Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho Universidad Católica de la Ssma. Concepción (Chile).- Como se sabe, Chile ha sido condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el llamado “Caso Atala”, por “violación al derecho a la igualdad y no discriminación”, fruto de la acusación de la demandante de interferencia arbitraria del Estado en la vida privada y familiar en razón de su orientación sexual.  

En realidad, creo que la piedra angular de todo este debate debiera ser el interés superior de las menores involucradas. Es precisamente ello lo que no sólo faculta, sino incluso obliga a la autoridad a intervenir en caso de que éste se vea comprometido, razón por la cual el asunto deja de ser meramente privado.

Ahora bien, la Corte Interamericana señala que no se habría comprobado el supuesto daño que la convivencia de la madre con su pareja pudiera ocasionar a las niñas. Sin embargo, debe señalarse que si existe algo que no está claro en absoluto hasta el día de hoy, son precisamente los efectos que sobre los menores puede tener el hecho de ser criados por dos personas del mismo sexo, tanto por circunstancias propias del hogar, como por el entorno social del mismo. De ahí que al tratarse de una materia dudosa, parezca razonable no experimentar con ellos, y aunque sea por un daño eventual, impedir esa posibilidad. Además, debe recordarse que de haberse entregado la tuición a la madre, las menores habrían tenido que soportar una segunda separación, puesto que esta nueva convivencia cesó hace algunos años.

Se insiste que lo que primó para la Corte Suprema fue el interés superior de las niñas, no la orientación sexual de la madre (o del padre). Más aún: téngase en cuenta que por regla general, la tuición es dada casi siempre a la madre, lo que indica claramente que nuestra Corte tuvo poderosas razones para dar su veredicto.

Por otro lado, las tres hijas casi no fueron consideradas de manera directa en este proceso internacional, pues tal como denunciaba su padre, sólo muy al final se interrogó a dos de ellas, resultando además, llamativo que ninguna se considere una “víctima” en todo este embrollo. Se trata de un asunto no menor –algunos han hablado incluso de una falta grave al debido proceso–, pues parece evidente que el problema del interés superior de las niñas debiera haber estado al menos al mismo nivel del otro tema debatido, cual es la orientación sexual de la madre.

En realidad, el mismo caso podría haberse dado en un evento mucho más corriente: si luego de la separación de un matrimonio con hijos menores, la madre comienza una nueva relación con otro hombre, parece lógico que el padre se preocupe por el bien de sus hijos, porque a fin de cuentas, está interfiriendo un tercero que para él es un completo extraño. Lo raro y reprobable sería hacerse el desentendido y no asumir las obligaciones naturales de cualquier progenitor: velar por el bien de sus hijos.