La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El respetable

Ideal/ Andrés Ollero/ 26/02/2012.- «Es absolutamente improcedente proponer como base ideológica de una formación política la correspondiente a una convicción religiosa» (Doña Cristina Cifuentes, Delegada del Gobierno en Madrid)

Toreros heterodoxos nunca han faltado. Dejando aparte al Platanito,más de uno ha logrado  legendario éxito. Lo curioso es que en alguna ocasión se les ha llegado a sorprender algún lance lleno de ortodoxia; parando, templando y mandando, como establecen los cánones. No toreaban mal porque no supieran hacer lo mejor, sino porque eso les granjeaba el fervor del respetable. Actuaban como las folclóricas que ansiaban desmelenarse ante “ese público al que tanto debo”.

Doña Cristina es, como su mismo nombre indica, cristiana; pero parece convencida de que el fervor popular exige hoy otra cosa y ha optado por desmelenarse, a ver si hay suerte. Que una Delegada del Gobierno en Madrid salga en los periódicos, sin necesidad de tener problemas con los perroflautas es todo un logro. En cualquier caso, haré un gigantesco esfuerzo y me la tomaré en serio.

La señora Cifuentes ha querido dejar claro que, a diferencia de la gran mayoría de los cristianos españoles, que han sido bautizados, han hecho la primera comunión y se han casado (al menos la primera vez) por la iglesia, pero que no les pidan más, ella es una cristiana de cuerpo entero que hace

honor a su nombre. Aprovecha sus ocios políticos (los sindicalistas aún se lo están pensando…) para leer mucho, sobre todo si tiene que ver con el cristianismo. Por eso ha debido enterarse de lo que el mismísimo papa de Roma dijo en alemán a los políticos reunidos en el Bundestag: “La idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico”. No ha podido resistir la tentación de sincerarse y dejar claro que en efecto eso es lo que ella desde hace tiempo venía pensando, aunque no había sido capaz de explicárselo con tan envidiable claridad.

A doña Cristina hay que comprenderla. Cuando entró en Alianza Popular y preguntó qué era eso del “humanismo cristiano” le dijeron que, en términos políticos, consistía en no ser marxistas. Se enteró pues de que, en el fondo, Dios se había hecho hombre para salvarnos del marxismo; aunque le quedara la duda de si había que salvarse de esa ingeniosa idea de que la religión es el opio del pueblo o de a mucho más perversa, de que la propiedad es siempre un robo. Cuando a los marxistas se les ha caído el muro en la

cabeza, a la señora Cifuentes le ha afectado la onda expansiva, hasta el punto de hacerle creer que para ser laico es imprescindible vetar políticamente la simple mención de los que (“dad al César lo que es del César”) inventaron la laicidad.

A otros les fue peor… Que, en un momento en que los socialistas intentan aclararse sobre qué pueda ser el socialismo, los populares no sepan en qué consiste su humanismo no parece grave; sobre todo con mayoría absoluta. Pero si entusiasma al respetable, por si van viniendo mal dadas, reinventemos nuestro humanismo. En lo que ha estado poco afortunada la portadora del nuevo evangelio es en la alternativa ofrecida: no digamos palabrotas y hablemos de modo más educado; por ejemplo, del “humanismo occidental o europeo”. El cristianismo, mal que le pese a doña Cristina, puede tener a orgullo haber difundido y fundamentado la universalidad de una ley natural, que nos hace –por el simple hecho de ser humanos– portadores de derechos de obligado reconocimiento. Esa idea ha civilizado a todo el orbe. Restablecer a estas alturas el colonialismo, siquiera cultural, y decirle a un cristiano filipino, que heredó de sus padres el humanismo, que en realidad él no es asiático ni oriental sino occidental y europeo es más que una estupidez, es un insulto.