La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Hablemos, un poco, de Siria…

Cuando una dictadura, en este caso la siria, decide convocar un referéndum para reformar no importa qué, es para ganarlo. Así que resulta ocioso esperar el resultado oficial del escrutinio de las urnas para saber que la nueva Constitución de Siria sometida ayer al refrendo del pueblo mientras los tanques proseguían su bombardeo sobre la ciudad de Homs, ha sido aprobada por la inmensa mayoría, incluidos los votos de los que han muerto en los últimos meses de revueltas. Ya lo comprobaremos. (En efecto, los datos divulgados el lunes a las 14 horas, indican que el 89,4 de los votantes -un 57,3 por ciento- han  dicho «si» a la nueva Constirtución…)

Esta afirmación no quiere decir que, a partir de ahora, una vez que se disuelva el parlamento y se legalicen unos cuantos partidos políticos que disputen unas migajas el poder al hasta ahora partido único Baas en las próximas elecciones legislativas, Siria se convierta en una democracia. Sería una burla, más que una ilusión. Pero tampoco significa que el presidente Bachar el Asad y toda la camarilla que se apropió del país a raíz de la “revolución socialista” de 1970, hayan conjurado la amenaza que desde que estalló la “primavera árabe”, se cierne sobre ellos. Siria no es Túnez, ni Libia, ni siquiera Egipto, cuyas dictaduras han saltado por los aires con la sospechosa ayuda de Estados Unidos, señalados por uno de los más avezados observadores del Cercano Oriente –el franco-tunecino Bachir Ben Yahmed- como el gran triunfador de las sublevaciones iniciadas hace un año.

La Siria revolucionaria y “progresista” de los Asad no deja de suscitar la perplejidad y la confusión de la comunidad internacional por su resistencia a la revuelta de una supuesta mayoría de “sunníes” ayudados por Arabia Saudita y Catar, frente a la minoría alauí que detenta –y ostenta- el poder desde hace más de treinta años. Cierto es que esta misma casta minoritaria de alauíes –no confundir con la dinastía marroquí del mismo nombre- ha vivido otras sublevaciones como la de de 1982 en Hama, una ciudad que fue reducida a escombros por los taques del entonces presidente Hafez el Asad, durante los 27 días que duró. Murieron entonces en torno a cuarenta mil sirios –se dice que desde la revuelta actual, que dura más de seis meses, han muerto en torno a seis mil…- y nadie derramó una sola lágrima, acaso porque todavía el mundo vivía bajo el miedo del holocausto universal, en plena “guerra fría” y Estados Unidos no se atrevió siquiera a reprochar al dictador su sangrienta venganza…  apoyado como estaba por la Unión Soviética.

Curiosamente, la Siria de hoy, que apenas difiere de la de ayer, gobernada por el mismo clan – nada se ha movido desde entonces-, cuenta con el mismo apoyo de una Rusia que empieza a perder su complejo de inferioridad frente a Estados Unidos, impulsada por el nacionalismo de un Putin cada día más nostálgico de sus pasado como dirigente del KGB. Y, por supuesto, de China, cada día más cercana a Rusia en el marco del nuevo escenario eusoasiático donde, a su vez, Irán pugna por convertirse en una potencia regional, con el apoyo del arma atómica.

Es decir, esta Siria de los Asad dominada por los alauíes tan cercanos al chiismo iraní y que teme la hegemonía sunnita de su entorno más cercano, se ha convertido, desde el momento en que estalló la “primavera árabe”, en el gran apéndice de las ambiciones regionales iraníes que incluyen la amenaza de aniquilación de Israel. Estamos, por tanto, en un escenario de pugnas religiosas, estratégicas y políticas  donde desempeña un papel de primera magnitud el radicalismo islamista impulsado por Arabia Saudita… con la complacencia de los Estados Unidos y, a su vez, de Europa. Nada de extraño tiene, en este contexto, que la Siria de Bachar el Asad haya desplegado toda su propaganda ideológica para denunciar un “complot” de terroristas islamistas –respaldados por “Al Qaida”- para justificar el uso de su artillería contra una población civil que considera cómplice de un plan subversivo similar al que protagonizaron los islamistas de Hama en 1982.

Con este fondo este pasado fin de semana se ha reunido en Túnez un grupo de “Países Amigos de Siria” apadrinados por Washington, Paris, la Liga Árabe y, sobre todo, el minúsculo Catar que pretende comprar el mundo entero con sus petrodólares-, para pedirle al dictador sirio que abandone el poder… La respuesta siria ha sido mantener la convocatoria del referéndum constitucional, a pesar de que no va a convencer a nadie de su supuesta limpieza democrática.

En definitiva, lo que estamos presenciando en Siria, además de la muerte de miles de sirios, es algo más que un episodio de la “primavera árabe”. De alguna forma, allí se está diseñando un retorno a la “guerra fría” con un Estados Unidos sumido en la crisis económica y una Rusia emergente que ya ha anunciado su propósito de dotarse las armas más sofisticas para que su nuevo Ejército se sienta tan orgulloso o más como se sentía el Ejército Rojo… hasta que fue derrotado por los talibán en Afganistán.

Ocurre, además, que Estados Unidos y con ellos la OTAN y, por ende, todo el mundo occidental, están a punto de perder también “su” guerra de Afganistán lo que supondrá el retorno de los talibán y los “señores de la guerra” y, sobre todo, la emergencia de una nueva y vasta región dominada por el islamismo donde Rusia y China tratarán de jugar un papel de árbitros, lejos de los intereses occidentales.

A todo esto, Israel no deja de anunciar su propósito de actuar por su cuenta para impedir a Irán el desarrollo del arma atómica… con la anuencia implícita de una Arabia Saudí que teme al chiismo persa más que el laicismo occidental. En estas aguas turbulentas no parece que Bachar el Asad se sienta demasiado amenazado por los rebeldes de Homs y sus aliados saudíes, cataríes, turcos, europeos y norteamericanos. Porque en el fondo, lo que está también en juego, es el equilibrio mundial… que pende de sus fuentes de energía. El petróleo tendrá la última palabra.