La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Razonablemente mal

Vicente Morro López. Vicepresidente de FCAPA-Valencia.- Debo reconocer, sin ambages, que en lo que respecta a la educación de mis hijos lo he hecho razonablemente mal. También en otros terrenos, pos supuesto. Aunque pueda parecer mentira, sin embargo, estoy bastante satisfecho. De esto se deduce, lógicamente, que los méritos, sean los que sean, corresponden exclusivamente a mis hijos.  

 

Sobre el complejo mundo de la educación, que lo es mucho más incluso que el de la enseñanza, siempre me ha parecido muy acertada una conocida reflexión de John Wilmot, segundo Conde de Rochester. La célebre cita deja traslucir una gran dosis de perplejidad e, incluso, de impotencia: “Antes de casarme tenia seis teorías sobre cómo educar a los niños, ahora tengo seis hijos y ninguna teoría”. Poco más puedo compartir con él, pues no fue muy edificante la vida de este libertino británico del siglo XVII: además de la reflexión ya indicada, solamente nuestra común humanidad y casi el número de hijos, pues gracias a Dios y a mi mujer yo he tenido cinco. Cinco dones, cinco “locos bajitos” como los definiera Serrat, cinco “diminutas preciosidades” –ya no tan diminutas, pues no pasa el tiempo en balde-, si se me permite la licencia.

 

Algún lector podría pensar que lo de la “común humanidad” sobraba, porque va de suyo, y, en el mejor de los casos, no sería más que un truco para acumular palabras y alargar el texto. Permítanme recordar a quien haya hecho esta reflexión que hace sólo unos pocos siglos muchos dudaban de una “común humanidad” con los ‘indios’ o con las mujeres, o que muy pocas décadas atrás algunos dudaban de la existencia de una “común humanidad” de todas las razas –piénsese en la categorización de los judíos como untermenschen-, o que, finalmente, aún hoy en día, por increíble que parezca, algunos niegan nuestra “común humanidad” con los embriones de nuestra especie en los primeros estadios de su desarrollo, a pesar de todas las evidencias científicas y de algunos recientes pronunciamientos jurídicos.

 

Necesito aclarar, volviendo al asunto inicial, por qué he dicho que estoy bastante satisfecho a pesar de todos los errores que, seguro, he cometido en la educación de mis hijos. Evidentemente, mi satisfacción se debe a que lo que me ha sucedido ha sido lo razonable, es decir, lo lógico, lo natural. Intentaré explicarlo mejor, puesto que parecería más correcto haber dicho que lo había hecho razonablemente bien, que es lo que he oído decir en muchas ocasiones y a mucha gente. Con todas mis limitaciones, errores, defectos, egoísmos, perezas, intransigencias e incoherencias, lo razonable, lo lógico, lo normal, es que las cosas hayan salido tal como son de hecho y no todo lo bien que yo habría deseado o imaginado. Por eso digo que lo natural, teniendo en cuenta mi propia realidad y en lo que atañe a mi propia responsabilidad como padre, es que las cosas salieran más bien tirando a regular, sobre todo en este ámbito tan complejo para los que ‘sólo’ somos padres y no expertos profesionales de la educación –psicopedagogos, orientadores, psicólogos-. Fíjense si es esto complejo que, en un interesante y recentísimo artículo, el Doctor Enrique Rojas, acaba de decir que “educar es convertir a alguien en persona. Educar es hacer que un ser humano tenga criterio y dignidad. Es seducir con modelos sanos, atractivos, coherentes y llenos de humanidad. Educar es seducir con los valores. Atraer por encantamiento y ejemplaridad hacia lo mejor.” Nada más y nada menos. ¡Menudo programa! Por supuesto, este elevado planteamiento debería ocupar, necesariamente, la primera posición entre las seis teorías de Wilmot. ¿No es más lógico y razonable entonces, visto lo visto, que las cosas nos salgan tirando a mal pese a nuestros desvelos y esfuerzos?

 

A pesar de la dedicación, de las buenas intenciones, de los proyectos, de las ilusiones, las cosas no suelen salir como se plantean e imaginan, precisamente porque nuestra limitada naturaleza se nos acaba, razonablemente, imponiendo. Incluso en lo que afecta a nuestros seres más queridos. Nos proponemos unas cosas y nos salen otras, a veces justo lo contrario de lo pretendido.

 

Quizá, llegados a este punto y recordando lo ya dicho sobre mis “limitaciones, errores, defectos, egoísmos, perezas, intransigencias e incoherencias”, alguien piense que soy extremadamente negativo y francamente exagerado. ¿Cómo no vamos a ser capaces de hacerlo todo bien por los nuestros? ¿Cómo nos vamos a equivocar en lo que más nos importa? ¿Cómo vamos a fallar a los que más queremos, a los que tenemos a nuestro alrededor? Si algo sale mal será por casualidad, o por mala suerte, o por culpa de los demás, pero no por nosotros mismos. Sin embargo, seguramente todos hemos experimentado, en diversas ocasiones, que a pesar de querer hacer bien las cosas todo nos sale mal, al revés, ya sea por nuestros propios errores y equivocaciones o por malas interpretaciones y malentendidos.

 

San Pablo, en su Epístola a los Romanos (capítulo 7), ya nos advertía de que “querer el bien lo tengo a mi alcance, más no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero… Descubro, pues, esta ley: aún queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta”. Creo que mucha gente, por su propia experiencia y sin necesidad de tener que recurrir a las creencias, puede compartir y confirmar esta genial intuición del Apóstol. ¡Cuántas veces acabamos consiguiendo justo lo contrario de lo que deseábamos! ¿Puede extrañarle entonces a alguien que hayamos hablado de que las cosas salgan razonablemente mal?

 

Nuestra débil naturaleza nos lleva a lo ya descrito. Sólo cuando somos capaces de superar lo natural, lo normal, de trascenderlo, de elevarlo, estamos en condiciones de hacerlo todo, incluso la educación de nuestros hijos, razonablemente bien.