La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Hablando de totalitarismos

Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.- La pensadora más sobresaliente que ha dado el pasado siglo, Hannah Arendt, dedicó gran parte de su obra a reflexionar sobre el totalitarismo. El resultado de su análisis lo plasmó en la gran obra Los orígenes del totalitarismo (1951). Para Arendt –según nos refiere su traductora y filósofa Fina Birulés– «El totalitarismo moderno era un nuevo e inédito sistema de gobierno que empleó la ideología y el terror para controlar la sociedad de masas. Significó la anulación del individuo, de lo político, de la libertad. Lo inédito del totalitarismo del siglo veinte –el genocidio nazi de los judíos europeos no menos que las masacres de Stalin– radicó en la alienación y la destrucción no sólo física sino moral de millones de seres humanos, de su individualidad, a través de la dominación total agenciada en virtud de grandes ideales y aplicada por una sofisticada máquina de exterminio administrativo.» La cita, aunque un poco larga, merece la pena.  

 

Últimamente se vienen acomodando en el multicolor tejido ideológico de nuestro país actitudes que nada tienen que ver con la democracia, sino que constituyen elementos a partir de los cuales «cristalizó» el totalitarismo en otra época de la historia. Ya es significativo que la Sala Segunda del Tribunal Supremo, en su sentencia sobre el caso del juez Garzón, se haya pronunciado en términos tan serios como éstos: «…el acusado causó con su resolución una drástica e injustificada reducción del derecho de defensa, (…) admitiendo prácticas que en los tiempos actuales sólo se encuentran en los regímenes totalitarios en los que todo se considera válido para obtener la información que interesa, o se supone que interesa, al Estado, prescindiendo de las mínimas garantías efectivas para los ciudadanos…».

 

La sentencia del Supremo es de un enorme calado democrático. No sólo por cuanto restablece unos derechos constitucionales arbitrariamente conculcados, sino porque, además, denuncia y extirpa de los procesos judiciales «prácticas» a las que califica como propias de los «regímenes totalitarios». Prácticas que no sólo se están brotando en el ámbito procesal judicial, también en el político. Como ejemplo baste señalar el intolerable espectáculo de concentraciones a las puertas del Tribunal Supremo, tachando de ‘fascistas’ a sus magistrados. Actitudes políticas como éstas no sólo agreden los principios y reglas del Estado de Derecho sino que constituyen el caldo de cultivo de actitudes totalitarias.

 

La sentencia del Tribunal Supremo debiera suponer un motivo de satisfacción por cuanto la democracia sale fortalecida. Pero no; una vez más constatamos con desagrado cómo un sector de la izquierda irredenta parece sentirse más cómoda instalada en la atroz ideología totalitaria.