La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La autoridad de Jesús

Infocatolica

Guillermo Juan Morado

28/01/12

Moisés había anunciado la llegada de un profeta de su misma categoría: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos. A él le escucharéis” (Dt 18,15). El profeta no es un adivino, sino – como escribe Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret.I – aquel “que nos muestra el rostro de Dios y, con ello, el camino que debemos tomar”.

La promesa del nuevo profeta se cumple en Jesús: “En Él se ha hecho plenamente realidad lo que en Moisés era solo imperfecto: Él vive ante el rostro de Dios no solo como amigo, sino como Hijo; vive en la más íntima unidad con el Padre” (Ib.). Este vínculo filial que une a Jesús con el Padre es el motivo que explica su soberana e inaudita autoridad. Su enseñanza no viene de los hombres, sino de Dios, y el camino de su seguimiento tiene como meta a Dios mismo. Jesús viene de Dios y nos lleva a Dios.

El evangelio según San Marcos recoge una escena en la que destaca el poder divino de la enseñanza y de la acción de Jesús. Cuando Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaún un sábado para enseñar “se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad” (Mc 1,22). La autoridad, la exousia, es la capacidad para realizar una acción sin que nada pueda impedirlo.

Los escribas custodiaban la interpretación tradicional de la Ley de Israel. Su enseñanza, basada en la Ley de Dios, era, no obstante, una enseñanza meramente humana. La enseñanza de Jesús es nueva. Él no habla simplemente como un hombre más, sino como el Hijo de Dios hecho hombre. Escuchándole a Él se escucha a Dios. Ahí radica su novedad.

En resistencia a la enseñanza de Jesús se desencadena la reacción furiosa del demonio que poseía a un hombre. Al igual que en la vida terrena de Jesús, también en la vida de la Iglesia la enseñanza de la Palabra de Dios, de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, provoca – lo podemos comprobar con frecuencia – la ira del Enemigo. Los demonios se oponen a Dios, no soportan la verdad, no quieren que se escuche la predicación del Evangelio.

El Señor demuestra también su autoridad increpando al demonio con una orden: “Cállate y sal de él” (Mc 1,25). Jesús es el Santo de Dios, el portador del Espíritu Santo, capaz de vencer a los espíritus impuros con el poder de la salvación. Por eso, en una de las peticiones del Padre nuestro oramos: “Líbranos del mal”, de Satanás y “de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador” (Catecismo 2854).

El despliegue del poder de Dios causa la reacción admirada de la muchedumbre: “Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen” (Mc 1,27). La conciencia del poder de Jesús debe disipar en nosotros el miedo: Él es más fuerte que el mal, que el odio y que la mentira. Con la eficacia de su Palabra puede separar de nosotros todo el pecado, puede hacernos libres para que podamos caminar como hijos de Dios.