La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

No todas las opiniones son «respetables».

El título no dejará de sorprender y algunos verán en él un reclamo para atraer a la lectura de este este texto. Veamos. Puede decirse que la actitud de apertura al diálogo, que es apertura intelecto-afectiva a los demás, no sólo es condición para buscar la verdad, sino un deber moral incluido en el de respeto a la dignidad que corresponde a toda persona. Ese respeto incluye el respeto a al derecho que asiste a toda persona para a expresar públicamente, defender argumentativamente y tratar de difundir dialogalmente sus ideas con plena libertad. 

 

Ciertamente, ninguna persona puede invocar un derecho a expresar y difundir errores que ella misma sabe que lo son, como no lo tiene a distribuir un producto alimenticio que sabe dañino para quien lo tome, pues eso sería tanto como pretender un derecho a mentir, a hacer daño. Y ésta es ciertamente una cuestión que atañe a la conciencia y obligaciones morales de quien ejerce su libertad de expresión. Pero del derecho de la verdad frente al error (en el sentido en que habrá de entenderse esa antropomoformizante expresión de muy autorizado origen) no se sigue que yo, porque me considero en posesión de la verdad, y aun cuando eso sea así en verdad, tenga en modo alguno un derecho preferente o aun exclusivo de expresión frente a aquellos a quienes yo considero en el error. No podemos invocar derecho ni obligación alguna a silenciar preventivamente a aquellas personas que consideremos en el error. Defender ese presunto derecho supondría la ridícula pretensión de que hay quien o hay quienes están en la infalible posesión de la verdad e investidos de derecho y autoridad para determinar quién puede y quién no hablar.

 

Pero, a la vez, cuando respeto el derecho del otro a exponer y defender sus ideas, no por eso acepto que yo deba también tener por “respetables” sus opiniones, sus ideas y, menos aún, que yo deba aceptar, tenerlas por verdaderas, asumirlas, defenderlas… Respetar la dignidad de la persona y los derechos inalienables que, fundados en esa dignidad, le asisten no supone aprobar, tener por buenas o acertadas las ideas u ocurrencias de cada cual. En realidad, el respeto, en su sentido más propio, sólo sería referible a las personas. Pero si se quiera hablar de ideas y opiniones “respetables”, tales serán las que merezcan ser tenidas por verdaderas, acertadas, oportunas, benéficas, luminosas, útiles, etc y, por todo esto, aceptables y merecedoras de ser asumidas aun de modo general, según el examen al que es también nuestro derecho y deber someterlas… No lo serán, en cambio, aquellas que en ese examen nos aparezcan como falsas o aun estúpidas, inoportunas, ofensivas, dañinas, perjudiciales, entorpecedoras, etc. El hecho de que todos tengamos derecho a decir lo que pensamos no es el derecho a exigir que los demás lo acepten como verdadero y bueno. Todos tenemos derecho a exponer nuestras ocurrencias y, dentro de ellas, incluso nuestras propias tonterías, pero no podemos pretender que los demás las asuman y acepten como expresión de la más alta sabiduría. Por todo esto, la repetida afirmación de que “todas las opiniones son respetables” ha de entenderse como una incorrecta y falsa traducción de la verdad de que “todas las personas son respetables”. Las opiniones, en cambio, serán o no “respetables” en cuanto aceptables y todas, por supuesto, antes criticables, evaluables,…

 

De todo lo cual se sigue –y es muy importante subrayarlo en este momento– que nadie puede acusarnos de que no le respetamos a él como persona o su derecho a pensar y sostener las ideas y opiniones que sostenga y, menos aún, de que induzcamos a fobia alguna en su contra, por el hecho de que no aceptemos esas sus ideas y opiniones, creencia u… ocurrencias. No puede dirigir contra nosotros semejantes acusaciones por el hecho de que, en uso de nuestro derecho constitucional a la libertad de pensamiento y de expresión (que él está asimismo gravemente obligado a respetar), sostengamos posiciones doctrinales, ideológicas, políticas, religiosas, morales distintas de las suyas y aun contrarias a ellas. Frente a las ideas que consideremos erróneas tenemos pleno derecho a refutarlas, pero en absoluto podemos pretender silenciar a quienes las sostienen. Hoy, desgraciadamente, nos encontramos con grupos, presuntamente “progresistas”, que resultan manifiestamente antidemócratas cuando no sólo tratan de silenciar a quienes puedan criticar sus ideas, sino imponer éstas a todos cual evidencias y exigencias comunes indiscutibles y esto aun mediante la fuerza de las leyes. – Teófilo González Vila.