La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Predicación, fe, seguimiento

Infocatolica

Guillermo Juan Morado

21/01/12

El ministerio público de Jesús se inicia con su predicación, que anticipa y prepara la futura predicación de la Iglesia. Jesús anuncia “el Evangelio de Dios” (cf Mc 1,14-20), la Buena Noticia de que un tiempo viejo se ha cumplido y de que va a comenzar un tiempo nuevo, la nueva edad del Reino de Dios. Este anuncio va acompañado de dos imperativos: “convertíos” y “creed”.

La llamada a la conversión y a la fe recuerda el momento de nuestro Bautismo, cuando empezamos a ser discípulos de Jesús. En la celebración del sacramento del Bautismo ocupa un lugar destacado el anuncio de la Palabra de Dios, que “ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe” (Catecismo, 1236). De igual modo, el Bautismo es “el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva” (Catecismo, 1427).

Jonás, urgiendo a la ciudad de Nínive a la penitencia (cf Jon 3,1-5), prefigura en cierto modo a Jesús. La Iglesia, siguiendo el ejemplo y el mandato del Señor, ha de cumplir la misión profética de anunciar la Palabra de Dios. No se trata, nos recuerda el papa, “de anunciar una palabra sólo de consuelo, sino que interpela, que llama a la conversión, que hace accesible el encuentro con Él [con Jesús], por el cual florece una humanidad nueva” (Verbum Domini, 93).

El Señor asocia muy pronto a los discípulos a la tarea de predicar el Evangelio. La iniciativa de la llamada a los primeros discípulos es completamente de Jesús. Es Él quien se mueve hacia ellos, quien se dirige hacia sus vidas. Es Él quien los “ve”, con una percepción no tanto de lo que eran en ese momento, sino de lo que, con su ayuda, llegarán a ser. Es Él quien, con una autoridad soberana, les manda seguirle.

La respuesta de los discípulos – de Simón y de Andrés, de Santiago y de Juan – es de una obediencia instantánea al poder desbordante de la palabra de Jesús. Dejan lo que estaban haciendo e, incluso, en el caso de Santiago y de Juan, anteponen la llamada a los lazos familiares.

Jesús les transmite una promesa: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. La imagen del “pescador de hombres” es polivalente. Serán maestros que, con su predicación, ganarán a nuevos discípulos. Serán exorcistas, que sacarán a las personas del reino de Satán para colocarlas en red segura de Dios. Serán soldados, que lucharán contra la fuerza del mal. Serán pastores, que reunirán definitivamente al pueblo de Israel.

El Señor, por el Bautismo, nos ha asociado a su Persona y a su misión. Él nos ha llamado a cada uno personalmente, “manifestando así que la vida misma es vocación en relación con Dios” (Verbum Domini, 77). Que con la ayuda de su gracia nos esforcemos cada día por responder desde la conversión, la fe y la obediencia.