La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Enseñar con autoridad

Por Julia Merodio, escritora.- No sé por qué las palabras que esta semana me han llamado la atención son las que dicen que “Jesús enseñaba con autoridad”, aunque las hemos leído y escuchado tantas veces que ya a penas nos sorprenden. Hoy día, no sólo nos deja indiferentes la expresión, sino que además nos parece algo pasado de moda y caducado.

Sin casi darnos cuenta, hemos dejado de conectar con el mensaje. Porque eso de la “autoridad” se rechaza y hasta se castiga. ¿Qué padre, madre, profesor… puede hoy educar a su hijo “con autoridad”? Hoy los padres son amiguetes, colegas… y así nos va. El mundo moderno no entiende la autoridad como Jesús trata de ofrecerla. Nuestra sociedad ha confundido autoridad con autoritarismo y por supuesto, no puede admitirlo venga de donde venga. ¿Cómo van a ejercer la autoridad los padres con sus hijos? ¿Cómo van a ejercer la autoridad los profesores en los colegios? “Eso sería nefasto para los niños”, escuchamos a ciertos progresistas; los frustraría, los ofendería… y así vemos un día tras otro, a lo que nos ha llevado tal actitud. Padres llorando el despecho de sus hijos y profesores degradados por los alumnos. “Algo sin importancia” lo pide el progreso y la erudición.

Pero nada mejor que ponerse ante una realidad para que darse cuenta de del error.    La autoridad no es una palabra más o menos acertada. La autoridad requiere un comportamiento adecuado en el que la ejerce. La autoridad se traduce en un ejemplo de coherencia, veracidad, fidelidad, esfuerzo, voluntad… una serie de valores y actitudes que desgraciadamente estamos perdiendo, deshaciendo así los pilares donde tendría que asentarse la autoridad.

Así queda claro que cuando el evangelio nos dice que “Jesús, enseñaba con autoridad” se nos esté diciendo que Jesús actuaba con honestidad, con lealtad, con honradez, con integridad… o lo que es lo mismo Jesús hacía todo “a conciencia”, con coherencia, con conocimiento…

No desconozco que una cosa es el dicho y otra la acción. Sé que a veces oímos, aunque cada vez menos, la expresión “lo he hecho a conciencia”, pero cuando se trata de referirnos a la verdadera conciencia la cosa decae hasta límites insospechados. ¿Quién puede parase hoy a pensar en su conciencia? Y además ¿qué es la conciencia, para qué sirve? Ciertamente me estoy metiendo en un terreno difícil para mí, pero no dejaré de plasmar alguna pincelada.

La conciencia, en una versión coloquial como la mía, es esa voz interior que nos ayuda a discernir lo bueno de lo malo y esto no es algo que acabe de descubrir yo misma, todos lo hemos experimentado.     Ya en el origen, -nos lo muestran los primeros versículos del Génesis- al presentarnos  la Creación, se plantean a Adán y Eva dos opciones: el bien y el mal. Pero no aparece ningún ángel, ni hada madrina, ni nadie capaz de decirles la opción que han de tomar. Como ellos, toda persona se encuentra sola ante su libertad para elegir la que quiera. Sin embargo, no dejará de oir en su interior esa voz que le interpela y le interroga.
¿Por qué Adán y Eva se esconden al obrar mal, si estaban solos y nadie los había visto? Se esconden porque esa voz interior les dice que han obrado mal.
¿Por qué todos estos abusos que salen a la luz, un día sí y otro también, se tapan? Porque los que tratan de hacernos ver que eran correctos sabían que no lo eran, pues alguien que hace las cosas bien no tiene por qué ocultarse.
Esta es nuestra realidad. En cualquier iniciativa a tomar, se nos presentan los dos caminos y, nosotros, desde nuestra libertad tendremos que elegir el uno o el otro.

Ante esta perspectiva, yo creo que sería preciso escuchar esa voz interior, que no debemos ignorar, una voz que podemos llamar conciencia, una voz, a la que podemos hacerle caso o no, una voz que por mucho que la tapemos aparecerá. Lo que pasa es que, a veces, molesta tanto prestarle atención que la vamos ahogando hasta hacerla imperceptible, dando lugar a todas esas irregularidades que en cada momento se nos van presentando y que con frecuencia rozan límites que nadie podía sospechar. Pero ¿por qué pasa esto?

Porque hemos perdido el sentido de lo auténtico, de la justicia; hemos anulado lo que podía advertirnos de nuestra manera irregular de actuar. Hemos llegado a un momento en el que pensamos que Dios creó la conciencia para torturarnos, pero en nuestro fondo sabemos que eso no es así. Dios creo la conciencia para ayudarnos a la hora de tomar decisiones. Porque Dios sabía que la persona, necesitaba un “supervisor” que le señalase los límites, que le marcase el camino, que le hiciese distinguir los efectos que pudiera tener su comportamiento y ese supervisor se llama conciencia.

Para mí, la conciencia ha de descansar en esa participación de amor que Dios tiene para cada uno de sus hijos. Es ese abrazo que Dios nos regala para enseñarnos a vivir, para satisfacer nuestros vacíos, para hacernos ver por dónde transitar, para mostrarnos cómo hemos de construir la vida. Pero no podemos olvidar que la conciencia ha de estar bien formada, empezando por el orden natural, porque es preciso que distinga el bien del mal, lo bueno de lo malo; es preciso que examine y reflexione ante un hecho concreto, que conozca lo recto, aunque ignore en lo más profundo que el que marca todo esto, el mismo Dios. De ahí la importancia de conjugar lo espiritual y lo material, pues una conciencia meramente espiritual y no humana sería una conciencia vacía e inútil ya que la norma que rige y construye a la persona es la objetividad. Por eso la conciencia siempre ha de crecer desde Dios, pues o se crece en bondad, en comprensión, en amabilidad, en conocimiento… -frutos del Espíritu- o se destruye.

De ahí que la mayor verdad de la conciencia sea esta: cada uno, personalmente, somos responsables de lo que hacemos. No hay nada que pueda eximirnos de nuestro compromiso y el abandono de nuestro deber  debería implicar una sanción. Es verdad que, a veces la toma de decisiones, el optar de una determinada manera, nos resulta doloroso e incluso nos exige un sacrificio, pero el saber renunciar a lo que no está bien, es lo que hace crecer y madurar a la persona.

Por eso quiero invitarles a detenernos ante esta gran realidad y reflexionar, una vez más, sobre algo tan importante para nuestra vida. Tomemos para ello, las palabras con que la define el catecismo de la Iglesia Católica:“La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona reconoce la calidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto” (n. 1778)

Si el tema ha quedado ya claro, lo que se necesita ahora es vivirlo, hacerlo realidad. Por eso es importante educar sobre el conocimiento de la verdad, de la auténtica verdad y la defensa de la propia libertad. Tenemos que dejar a un lado los comportamientos que nos presenta la sociedad, la seducción que nos ofrece la propaganda y el alimento de tanta desmoralización, para poder tender a la belleza moral y la claridad de la conciencia. Pero además, nosotros, los que nos decimos cristianos, todavía hemos de dar un paso más. Hemos de preocuparnos del crecimiento de nuestra conciencia alimentándola con las principales verdades de la fe, esas que recibimos en la infancia y que hemos ido adaptando a las diversas etapas por las que hemos pasado, abriendo nuestra mente y nuestro corazón para acoger las actitudes fundamentales basadas en el respeto y la franqueza de la persona.

Una tarea delicada, que corresponde inculcar ya desde niños, para afianzarla en la  juventud, a padres de familia, profesores y comunidad cristiana a la que esos niños y jóvenes pertenecen. No podemos pasar más tiempo sin ayudar a nuestros jóvenes, a comprender los verdaderos valores de la vida, el amor y la familia, sin olvidarnos de los que eligen la vida sacerdotal o consagrada. A todos hemos de mostrarles la belleza de la santidad, la alegría de la responsabilidad y el gozo de ser colaboradores con el Señor, en la misión de regalar vida.

Esto precisa una formación humana y cristiana capaz de defender la vida, de ayudar a crecer en valores a las familias, de auxiliar a los enfermos y socorrer a los más débiles.Y para que esto llegue a ser realidad, tendremos que buscar las respuestas en nuestro interior, donde Dios ha dejado impreso su mensaje de amor. Donde la persona se alimenta para poder “enseñar con autoridad”