Cuando no se adora a Dios, se adoran otras cosas. Dinero y poder son ídolos que a menudo ocupan el puesto de Dios (Francisco)

El Abad de Santillana

Hay un tejido de la Iglesia más real que no suele ser protagonista de la comunicación en el espacio público. Es el zurzido por los hilos de la existencia de miles de sacerdotes, que conforman con amor entrañable de hombres de Dios la existencia de un mundo adverso en el común denominador.

Hace unos días llegó a mis manos un sencillo testimonio de ese manto sacerdotal, sacramental, de la vida y de la historia. Son relatos breves de quien hoy es el Abad de Santillana, el sacerdote montañés don Luis López Ormazábal. Presbítero por sabiduría de cuerpo entero, pertenece a una generación que vive de lo esencial del Evangelio, de la propuesta cristiana, del sabor del Dios Amor del reciente magisterio pontifico. Cabe lo muros esculpidos por la historia de la Colegiata de Santillana del Mar, en la localidad cántabra que recibe su nombre por ser santa de la santa Juliana, por ser valle y montaña y por no tener mar, don Luis ha escrito un testamento de vida sacerdotal que hace, a los lectores de esta gavilla de relatos cortos, fragmentos del nervio y de la mirada sacerdotal, alter Christus, respirar la hondura de la sacramentalidad, de la sacralidad, de la presencia cristiana.

Don Luis, además, es el Presidente del Patronato de la Fundación San José, que entre otras muchas obras tiene el Asilo de Torrelavega, un hogar cristiano para cientos de hombres y mujeres, y de sacerdotes mayores e impedidos, en el que se palpa el calor del gesto, de la caricia y de la misericordia. Don Luis, apartado por convicción de los circuitos de esa weberiana burocracia eclesiástica que agosta y petrifica, es, hoy, en Torrelavega, en Santillana del Mar, en Santander y en Cantabria, trasparencia y eco de las palabras que dicen verdad y paz para el afligido corazón del hombre. Por cierto, don Luis, persona culta donde las haya,  fue involuntario protagonista reciente de un no muy acertado perfil, en la prensa nacional, del nuevo Secretario de Estado de Cultura, por eso de que testificó el matrimonio del político popular en la Colegiata.

Por las deliciosas líneas de sus “Relatos”, editados por el Gobierno de Cantabria, que así se titulan en este singular descargo de conciencia, transita el pálpito de la autenticidad de una vida sacerdotal. Un reflejo acompañado de trascendencia, como si fuera un movimiento de sístole y diástole de la gracia. Esos cuerpos cansados por el sufrimiento, que son los únicos dignos de ser abrazados; el saludo a la Virgen Santísima Virgen de la ladera del viejo descreído en las mañanas de su vida y en la tarde de su muerte; los doce besos como doce rosas del raquero de Puertochico a su madre; aquella carta que resucitó a un muerto; o la lección de un niño de tres años a su padre a las puertas del confesionario; entre otros, son retazos de una existencia sacerdotal lograda, vivida en plenitud.

Necesitamos a don Luis y tenemos miles de don Luises a lo largo y ancho de la geografía espiritual y sacerdotal de España. Así es nuestra Iglesia, aunque no sea protagonista en los medios de incomunicación y en los planes de no pocos funcionarios de no sé que causa.

José Francisco Serrano Oceja