La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La cultura del ruido no puede oír a Dios

Pedro Beteta. Dr. en Bioquímica y Teología.- Gabriel García Márquez apunta en uno de sus legibles libros algunas sugerentes experiencias que son válida para la sociedad de hoy. En su obra “Cómo se cuenta un cuento” destaca que al escritor se le conoce más por lo que desecha que por lo que escribe. Se detiene en que hay que aprender a desechar. Un buen escritor no se conoce tanto por lo que publica como por lo que echa al cesto de la basura. Y dice: los demás no lo saben, pero uno sí sabe lo que echa a la basura, lo que va desechando y lo que va aprovechando. Si desecha es que va por buen camino. (…) Pero mucho cuidado con andar guardando en lugar de romper, porque existe el peligro, si el material desechado está a mano, de que uno vuelva a sacarlo para ver si “cabe” en otro momento”.  

En el libro inédito de nuestra propia biografía hemos de desechar si queremos que al final tengamos una novela de amor divino que, lógicamente ha de acabar en el Cielo, o una tragedia de inexorable y eterna pena. ¿Qué se opone, entre otras razones, a esa éxito vital? El ruido, la falta de interioridad, la ausencia de silencio. Blas Pascal decía: “todas las contrariedades de los hombres provienen de no saber permanecer tranquilos en su habitación”.

Vivimos  inmersos en una ideología de los espontáneo, en una especie de imperio de lo contingente y efímero como es: la moda. Ésta se ha convertido en una especie de religión del superficial. La dictadura de la moda ha creado un estilo de vida en la que la infidelidad ha cobrado patente de corso para campar por sus fueros. Cambiar, cambiar de todo menos de equipo de fútbol. Hay que cambiar de móvil, de coche, televisor, de pareja, de amistades y de modo de pensar. Ya no hay nada hay absoluto. Todo es efímero, móvil e inestable. Crece la inconsistencia y la frivolidad. Lo inmediato prevalece sobre la fidelidad Nada permanece, nada se enraíza. Al decaer también la pasión por los grandes ideales y crece el entusiasmo por lo pasajero el hombre de hoy se hace esclavo de lo efímero.

Es la cultura de hay que hacer lo que haga falta para pasarlo bien. Este movimiento continuo de búsqueda de “divertimiento” arranca a la persona de sí misma haciéndole vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. El individuo sin silencio no se pertenece, no es enteramente dueño de sí mismo. Es vivido desde fuera. Volcado hacia lo externo, incapaz de escuchar las aspiraciones y deseos más nobles que nacen de su interior, vive como un “robot” programado y dirigido desde fuera. Sin cultivar el esfuerzo interior y cuidar la vida del espíritu, no es fácil ser verdaderamente libre.

En este clima de superficialidad tan opuesto al hombre y, por tanto, al cristiano, el hombre no puede conocerse directamente a sí mismo. Desconoce su auténtica realidad; no tiene oído para escuchar su mundo interior; ni siquiera lo sospecha. El ruido crea confusión, desorden, agitación, pérdida de armonía y equilibrio. La persona no conoce la quietud y el sosiego. El ansia, las prisas, el activismo, la irritación se apoderan de su vida.

El hombre de nuestros días ha aprendido muchas cosas y está excesivamente informado de cuanto acontece, pero no sabe el camino para conocerse a sí mismo. El hombre ruidoso y superficial no puede comunicarse con los otros desde su verdad más esencial. La sociedad moderna tiende a configurar individuos aislados, vacíos, reciclables, incapaces de verdadero encuentro con los otros, pues encontrarse es mucho más que verse, oírse, tocarse, sentirse o unir los cuerpos. Se ha creado una sociedad de solitarios que huyen de su propia soledad y vacío sin conseguirlo.

Romano Guardini decía que “el silencio es para el corazón lo que la caja de la guitarra para una cuerda”. La belleza de un sonido bien ajustado encuentra eco en el silencio. Dios abraza al que le busca en el silencio porque sólo allí se puede amar.

Decía el pasado 22 de diciembre en un Discurso a la Curia Romana, Benedicto XVI hablando de la alegría de la fe palpada en las Jornadas Mundiales de la Juventud aludiendo en concreto a la de Madrid: ¿De dónde les viene esa alegría? ¿Cómo se explica? Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido. Y citando a Josef Pieper, en su libro sobre el amor decía que ha mostrado que el hombre puede aceptarse a sí mismo sólo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no sólo de palabra: «Es bueno que tú existas». Sólo a partir de un «tú», el «yo» puede encontrarse a sí mismo. Sólo si es aceptado, el «yo» puede aceptarse a sí mismo.

Quien no es amado ni siquiera puede amarse a sí mismo. Este ser acogido proviene sobre todo de otra persona. Pero toda acogida humana es frágil. A fin de cuentas, tenemos necesidad de una acogida incondicionada. Sólo si Dios me acoge, y estoy seguro de ello, sabré definitivamente: «Es bueno que yo exista». Es bueno ser una persona humana. Allí donde falta la percepción del hombre de ser acogido por parte de Dios, de ser amado por él, la pregunta sobre si es verdaderamente bueno existir como persona humana, ya no encuentra respuesta alguna. La duda acerca de la existencia humana se hace cada vez más insuperable.

Cuando llega a ser dominante la duda sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo ser hombres. Hoy vemos cómo esta duda se difunde. Lo vemos en la falta de alegría, en la tristeza interior que se puede leer en tantos rostros humanos. Sólo la fe me da la certeza: «Es bueno que yo exista». Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro. Ésta es una de las experiencias maravillosas de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

El silencio es el clima eterno de Dios porque Dios es Amor y el Amor es eterno. El Padre engendra al Hijo en su eterno Amor. Conocer y amar son actividades espirituales que se realizan en silencio. El Verbo es la “Palabra” eterna, el Logos.

El silencio creador. En su designios de infinito Amor Dios decidió desde crear. La historia en su paisaje espacio temporal la protagoniza Cristo como Señor de ella entrando en la humanidad para salvarla. Hemos sido pensados, amados y creados desde la eternidad en, por y para el Verbo humanado; es decir, la Palabra hecha carne. El silencio de Dios Uno y Trino ha sido quebrado para que en su Hijo la humanidad oyera, conociera y amara al Creador. La Iglesia va haciéndose más consciente de la divinidad del silencio en la liturgia.

“María no hablaba de sí misma, nunca habla de sí misma, sino siempre de Dios, y lo hizo con este nombre tan antiguo y siempre nuevo: misericordia, que es sinónimo de amor, de gracia. Aquí radica toda la esencia del cristianismo, porque es la esencia de Dios mismo. Dios es Uno en cuanto que es todo y sólo Amor, pero, precisamente por ser Amor es apertura, acogida, diálogo; y en su relación con nosotros, hombres pecadores, es misericordia, compasión, gracia, perdón. Dios ha creado todo para la existencia, y su voluntad es siempre y solamente vida”[1].

 

 



[1] Benedicto XVI, Homilía, 17-V-2008