La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El legado de Fraga

Parece que todo está dicho ya sobre Manuel Fraga Iribarne aunque, a medida que fluye la memoria de quienes lo trataron y lo “vivieron”, no dejan de afluir nuevos datos, nuevos recuerdos y nuevas facetas de quien tanto influyó y en tantos ámbitos, en la reciente historia de España. Los que ejercemos el periodismo nos hemos fijado en las anécdotas que desparramó su temperamento y, sobre todo, en su famosa y polémica Ley de Prensa de aquellos lejanos tiempos de 1966, que acabó con la censura y abrió el camino de la libertad de expresión. Como es natural, también los políticos, académicos, diplomáticos, juristas y catedráticos con los que convivió como compañero, no dejan de evocar las distintas etapas por las que pasó en una vida, tan llena  de hitos como servidor público.

Más calado ha tenido  que la Iglesia, en la persona del presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal-arzobispo de Madrid, Antonio María  Rouco Varela, haya recordado su condición de cristiano, ejercida tanto en su vida privada como pública. Y, realmente, aquí aflora, con toda su intensidad, el sentido primero y último que don Manuel dio a su vida y que ha significado su dilatada trayectoria como intelectual, político y docente. Bien puede decirse que España sería hoy muy diferente si  Fraga Iribarne, con su sentido cristiano de la vida, un hubiese estado en las entrañas que alumbraron la Constitución de 1978 y que dio paso a una Transición ejemplar.

Al no querer destacar demasiado los méritos de Fraga como político y callar lo que acaso considere como demérito –es decir, el gran pecado haber sido ministro de Franco con olvido de los orígenes de la dictadura- el candidato socialista Pérez Rubalcaba, ha declarado que se quedaba con la capacidad del difunto para asumir y adaptarse el cambio de los tiempos. El elogio pretendía ocultar algún reproche que otros dirigentes de la izquierda han preferido destacar con sus viejos resabios ideológicos.

Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de las generaciones que sobrevivieron a la nefasta etapa republicana, que algunos tienen en su memoria como el zenit de la democracia popular aunque olviden lo que no tardaron en devenir las repúblicas situadas detrás del telón de acero, se abrieron paso al futuro con un tremendo esfuerzo personal de trabajo y estudio. Muchos de ellos, que tuvieron el valor de quedarse en España, consiguieron brillar no por la coyuntura política sino porque trabajaron duro para aprobar con brillantez sus estudios y fueron capaces de obtener el número 1 de sus promociones. Fraga fue uno de tantos y su talento lo llevó a la política precisamente porque entendió que podía hacer más por la reconstrucción de una España en ruinas a través del servicio público que desde la comodidad de una cátedra, aunque no le faltó tiempo para volcar sus vastos conocimientos en decenas de libros e infinidad de conferencias en las que siempre afloró su amor al país y su sentido cristiano de la vida.

Este mismo sentido cristiano, que estos días ha ensalzado el cardenal Rouco, fue el que, en un momento crucial para nuestro futuro, cuando refundó el  Partido Popular, hizo que decidiera rechazar lo que acaso fue su mayor deseo: ser un día candidato a la presidencia del Gobierno de España. Designó un heredero joven y brillante, José María Aznar, porque pensó que su persona dividía a la sociedad más que la unía. Hay que tener mucha grandeza de alma para darse cuenta de que los tiempos demandaban otras personas para hacer posible el sueño de centrar a una derecha que no suscitara suspicacias democráticas y que, entonces, corría el riesgo de ser marginada de la vida política por largas décadas. Esta “retirada” de la política nacional que tanto contribuyó a la reconciliación de las dos Españas, le permitió refugiarse en el cariño de sus paisanos gallegos que nunca olvidaron lo que hizo por su región en su etapa de ministro de Información y Turismo y así fue presidente de Galicia durante cuatro legislaturas.

Al evocar su amistad con Fraga, con quien mantuvo una intensa relación personal como paisano en los tiempos en que fue arzobispo de Santiago, el cardenal Rouco ha destacado la gallardía con que manifestaba su condición de cristiano llano, sin alardes, de los que van a Misa los domingos –y se confesaba- sin que ninguna circunstancia se lo impidiera y, sobre todo, el interés que le animaba por mantener viva la identidad cristiana de España a partir del Camino de Santiago. Fraga consideró este camino de peregrinación universal como un medio idóneo para la recuperación espiritual, cultural y económica, de Galicia y de España, y muy en especial, de las jóvenes generaciones. En este sentido, Rouco no ha dejado de señalar lo mucho que impresionó a Fraga aquella inolvidable Jornada Mundial de la Juventud en Santiago, en 1989, donde Juan Pablo II lanzó aquel memorable desafío a Europa para que recuperase sus raíces cristianas y fuese ella misma. Poco después Fraga estrenaba su sillón presidencial en Galicia.

Si, ciertamente cabe preguntarse cómo sería hoy España de no haber contado con el talento de un Manuel Fraga incorruptible que, por encima de sus capacidades como estadista, de su erudición, y hasta de su vocación de servicio, era un enamorado de su Historia. Fraga nunca pretendió olvidar que fue un ministro de Franco y por ello tuvo que pagar el tributo del desprecio con que le “obsequió” una izquierda que se creía con derecho a repartir carnets de demócratas a quienes añoraban la república y que no dudó en demonizarlo, sin darse cuenta de la sinceridad del espíritu reformista que lo animaba.

Algún izquierdista prisionero de sus nostalgias, comentaba estos días de duelo que Fraga murió sin pedir perdón por sus tiempos como franquista. No es cierto: como ha recordado en un excelente artículo Marcelino Oreja, Fraga no solo declaró en una conferencia pronunciada en Guadalajara en 1974 –¡un año antes de la muerte de Franco!- que había llegado el momento no solo del perdón sino del olvido “de ese olvido generoso del corazón que deja intacta la experiencia”. Perdón y olvido, la esencia de la fe cristiana… Ya nos gustaría a muchos que ni siquiera hemos vivido en España en aquella época porque también hemos sufrido el exilio, que quienes ahora persisten en sus utopías tricolores hubieran pedido perdón por las tragedias que provocaron sus mentores políticos y, en algunos casos, ellos mismos.

Con Fraga se ha ido una época, pero queda para las nuevas generaciones la lección magistral que supone el esfuerzo, el trabajo, el talento y el mérito, donados cristianamente al servicio de la convivencia sin nostalgias del pasado.