La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Con nombre concreto

Por Julia Merodio, escritora.- Después de que Jesús llama a sus discípulos y ellos le siguen, la consecuencia está clara: no sólo son llamados a vivir con Él, sino también a participar de su misión. Hecho que se repetirá, a cuantos seamos llamados y respondamos afirmativamente. Pero hoy, me parecía oportuno fijarme en alguien concreto, alguien con nombre propio, donde afianzar la reflexión y dado que una de las lecturas que nos ofrece la liturgia para este domingo me parece actual y sugerente, he elegido a S. Pablo. Él no vivió con Jesús sino que, como nosotros, fue encontrado por Cristo en el camino de la vida y tras una conversión profunda, lo siguió incondicionalmente. Y, aquí está. San Pablo responde a la llamada y, después de formarse adecuadamente, se convierte en el gran evangelizador que todos conocemos.

Bien sé que, los que me leéis sabréis sobre San Pablo mucho más que yo, pero la verdad es que no pretendo enseñar nada a nadie, simplemente recordar lo que fue capaz de hacer una persona –igual que nosotros- que supo darlo todo, por su amor y su fe, en Jesucristo.

En primer lugar tenemos que observar que en las comunidades a las que llegaba Pablo, no encontraba grupos grandes ya formados, como puedan serlo los nuestros; tampoco se percibía entre ellos una gran afinidad, ni todos eran estupendos y perfectos; de ahí que, como quizá, a nuestra mente le resulta un poco difícil situarse en aquel contexto, decidida detenerme algo más en ello.

He consultado datos para situarnos en aquella realidad y puedo ofrecerles los siguientes:

CORINTO era una ciudad célebre y voluptuosa, donde los vicios de Oriente y Occidente se encontraban. Era también un centro de la cultura griega. “Su riqueza —se ha dicho— era tan renombrada como para ser proverbial; era tan grande como lo eran el vicio y el libertinaje de sus habitantes y entre sus prácticas religiosas paganas estaba la adoración de Afrodita (equivalente de la Venus romana) y la sensualidad era un producto de la adoración corintia”

A esta metrópoli próspera pero con una moral decadente, es donde viaja Pablo para realizar su misión. Su primera tarea, ciertamente costosa, consistía en armonizar a los cristianos de origen judío y origen pagano. Dos realidades opuestas culturalmente y por cuestiones de todo tipo. No se necesita, por tanto, poner demasiado énfasis, para darnos cuenta de las tensiones que surgen entre ellos y a las que Pablo intenta responder con esta epístola. Como tampoco hace falta mucha imaginación para ver la sintonía que tiene con la actualidad.

Pablo amaba a esa comunidad a la que, por su mediación, había sido capaz de recibir por primera vez la Buena Noticia de Jesús. Sin embargo, vemos con claridad que Pablo no puede familiarizarse con los problemas que, sobre la dignidad, sobriedad y discreción, aparecen en la comunidad, por lo que los invita a vestirse con la armadura de Dios para estar preparados en el día de la gran partida.

Pero Pablo sabe que, el peor error del ser humano es creer que después de recibir el evangelio ya no tendrá problemas y podrá seguir pecando a su antojo; por eso trata de llamarlos a la conversión y al arrepentimiento, para que sean miembros dignos de la Iglesia de Jesucristo. Y precisamente esto es lo que hoy se nos pide a nosotros. A los que hemos respondido a la llamada y nos decimos cristianos. Se nos pide que nos convirtamos, que nos arrepintamos, que seamos miembros dignos de la Iglesia de Jesucristo. Bien sé que esto no es fácil. Desde mi realidad diré que cuando uno se adentra en este apasionante mundo, es posible darse cuenta de que, como Pablo, no siempre se es tratado justamente.

Pero también hemos de fijarnos en que a Pablo eso parece importarle bastante poco. Al encontrarse con el Señor inicia un proceso de crecimiento, sabiduría y lealtad a su fe en la que las dificultades toman otra dimensión. La opción por Cristo supera cualquier contrariedad a la que tenga que enfrentarse. Por eso, esta semana y, para variar un poco, nos situaremos sobre el texto que nos brinda la liturgia. (1ª Corintios 7, 29 – 31)

Al interiorizar, este texto de Pablo, observo que lleva implícitas dos realidades que conectan perfectamente con las nuestras:

–    1ª El fin del mundo.
–    2ª La caducidad de las cosas temporales.

El fin del mundo.- Un tema actual en este 2012, donde no sé qué horóscopos y profecías, lo intentan situar entre nosotros con el consiguiente miedo para cuantos creen en estas cosas. Eso sí, no se preocupen porque los que propagan la especie son tan “listos” que también nos dan las pautas para evitarlo…

Como ven, esto no es nuevo; pasaba ya en albores del cristianismo, donde la gente se decía: si la vida no va a durar, para qué queremos dar importancia a lo que nos rodea. Ante tal “realidad”, Pablo tiene difícil trasmitir un pensamiento contrario a lo que piensa su auditorio; más aún cuando su enseñanza lleva implícita una gran esperanza. De ahí que su predicación intente trasmitir a todos que el destino del ser humano no es el mundo, sino Dios; por eso la persona ha de estar despegada de las cosas materiales.

Sin embargo, al trasladar esta doctrina de Pablo,al momento presente y por mucho que nos quieran presentar el inminente fin del mundo, nos damos cuenta de que nuestra sociedad vive no sólo apegada a las cosas temporales, sino por ellas y para ellas. Por ello no sólo camina ajena a que pueda llegar el fin del mundo, sino que, además muchos piensan que nunca van a morir y si no van a morir, para qué crearse problemas: prefieren hacer con su vida lo que les viene en gana. Es más, si alguno piensa de manera distinta, que no se preocupe, los programas basura y la publicidad tratarán de recordárselo… Por eso creo que este toque de atención que recibimos con la liturgia de este tercer domingo del tiempo ordinario en la epístola de San Pablo, debería hacernos tomar conciencia de las razones importantes de nuestra vida.

Lo queramos o no, el fin del mundo llegará y será, para cada uno en particular, el día que tengamos quepasemos de este mundo al Padre; nadie podrá librarse de él por muchos esfuerzos que haga. Por tanto es importante vivir con profundidad el momento presente ya que es el que verdaderamente se nos regala con la mayor generosidad. Y si, como dice San Pablo, lo vivimos bajo el signo de la esperanza, la vida adquirirá un nuevo vigor. Él supo vivir así y por eso, se puede observar como va cambiando su mentalidad, sobre la venida de Cristo, a través de sus cartas.

Pero hay algo que no cambia y que lo expresan estos versículos de forma singular: es el hecho de cómo utilizamos los bienes que se nos van presentando a lo largo de nuestra vida. Todo lo que encontramos en nuestra existencia, cualquier situación, cualquier bien material… son medios para llegar al Señor, no fines; la manera que tengamos de usarlos los hará buenos o malos para nosotros, de ahí el esfuerzo para manejarlos como nos gustaría haberlo hecho, cuando nos encontremos ante Él.

¿Acaso es malo casarse? ¿Cómo va a ser malo si Dios lo soñó así desde el comienzo de la humanidad? ¿Cómo va a ser malo si Jesús elige una familia para nacer y vivir? Lo malo está es hacer una familia individual, aislada, materialista, mirando siempre hacia sí misma y alejada de Dios. Una familia donde cada miembro viva incomunicado, no se comprometa son sus responsabilidades, se aproveche de los demás… una familia donde haya peleas familiares, donde no confíen los unos en los otros, donde se viva con sigilo para que los demás no interfiera la vida de cada uno.

¿Y el llorar? ¿Acaso es malo llorar? Pero cómo va a ser malo, si el mismo Jesús dedicó a ello una de las Bienaventuranzas. Si embargo, San Pablo se atreve a decir: “los que lloran que vivan como si no llorasen” Yo creo que, en el momento actual, las lágrimas son mucho más abundante de lo que creemos. La imagen que nos regalan los medios de comunicación, donde todo es riqueza, lujo y bienestar, dista mucho de lo que se nos ofrece, cuando nos situamos en nuestro entorno y contemplamos la realidad. Las lágrimas son la realidad de: familias, pueblos y naciones machacadas por la injusticia y la indiferencia de los ricos. ¡Cuánto dolor en el mundo!

¿Qué pasa entonces con esas lágrimas? Pues está claro, existe una gran diferencia entre los que loran, con esperanza, junto a Dios y los que lloran solos su desesperanza. “Llorad como si no lloraseis” El que pasa su dolor junto a Cristo, llora con paz, con confianza, con entereza… llora con la certeza de ser escuchado, ayudado, socorrido… Llora, sobre todo, con la seguridad de que esa ayuda llegará, puede ser que tarde más de lo esperado, pero llegará, porque Dios siempre es fiel a su Palabra y la Bienaventuranza termina diciendo “porque ellos serán consolados”.

Pero llegamos a un punto con el que cuesta un poco más estar de acuerdo. “Los que están alegres, que vivan como si no lo estuviesen”. ¿Pero cómo se nos puede decir eso, si precisamente la alegría es el signo de Dios? Pablo no ha podido equivocarse, posiblemente está habando de otro tipo de alegría; ya que me parece sublime la persona que es capaz de mantenerse alegre en medio de los acontecimientos adversos. Esta será la alegría a la que Pablo quiera llevarnos, a la alegría y el gozo internos que nadie nos pueda quitar.

Y para terminar, aparecen unas palabras que llegan como dardos a los que vivimos en este mundo de prosperidad:  “Los que compran, que lo hagan como si no poseyesen y los que negocian, en el mundo, como si no disfrutasen de él”
San Pablo ha ido demasiado lejos.. Por eso se leen poco sus epístolas, es mejor vivir al margen de lo que pueda interrogarnos demasiado. ¡Mira qué decir que no compremos!

En el mundo de hoy prima el furor de comprar; es más hemos llegado a hacerlo una enfermedad; creo que existe el desgaste de comprar…Se compra tanto que, la gente tira a la basura cosas sin estrenar, comidas por si acaso están caducadas, prendas fastuosas porque se han pasado de moda… y está tan apegada a todo esto que si le falta caen en una depresión. Hoy día es tanta el ansia de tener que proliferan los timos, los robos, las falsificaciones, los alunizajes, los secuestros… y todo con tanta saña, tanta maestría  y tanta insensibilidad, que asusta.

Hoy día vivimos en el mundo de los grandes negocios, grandes degradaciones, grandes manejos… no importa como se haga, ni a quién dañe, tan sólo hay que cuidar que no salga a la luz, lo demás es irrelevante…Hoy día se vive como si nunca fuésemos a morir, pero la muerte nos acompaña a cada paso. Ahí está los accidentes de tráfico matando sin piedad a jóvenes y menos jóvenes. El alcohol, la droga, los ajustes de cuentas, el terrorismo…la muerte aparece por doquier y sin pedir permiso.

Aquí está, plasmado y actualizado lo que quizá San Pablo quiera decirnos a los que vivimos en este siglo XXI; estoy segura de que a vosotros se os ocurrirán un sin fin de experiencias mucho más interesantes; ¡no os las guardéis!  Compartidlas con todos los que os rodean, posiblemente hagan bien a mucha gente. Y, sobre todo, no dejemos de pensar que esta epístola de San Pablo tiene mucho que decirnos; leámosla una y otra vez, seguro que la luz llegará a nuestro corazón.