La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Libertad para respetar el tiempo de cada cosa

Un extraordinario escritor del que soy agradecido lector, nos recordaba hace ya unos días que, como bellamente expresara el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa. Así lo entendían todos, nos dice, “cuando en el mundo había sentido común y sabiduría elemental de las cosas”. Y si esto es así, argumenta y concluye nuestro ilustre pensador, la norma que permite a los comercios “abrir las veinticuatro horas del día y los siete días a la semana” demostraría “hasta qué extremo se han subvertido las humanas (y también las divinas) jerarquías” pues la “forma más neta y sórdida de esclavitud”, añade, es “aquella que priva a los hombres de la noción del tiempo, que exige primeramente distinguir que hay un tiempo para cada cosa”.

Sin duda hay un tiempo para cada cosa, tiempo que en unos casos no podemos fijar nosotros (tiempo para nacer / tiempo para morir) y en otros está en nuestra mano fijar (tiempo para comprar / tiempo para vender, por ejemplo). Así es según la más elemental y ancestral sabiduría. De acuerdo: hay un tiempo para cada cosa.

Pero permítaseme advertir, con el debido respeto, a nuestro Castellani que la llamada “liberalización” (venia verbo) de horarios comerciales no obliga a vender y comprar las veinticuatro horas del día todos los días, sino que permite que cada uno lo haga en el tiempo que él mismo decida de acuerdo con sus circunstancias, sus posibilidades, sus intereses, su sabiduría, su libertad en suma. Dejar que cada uno determine, en los casos en que pueda hacerlo, cuál es su tiempo, para esto o para lo otro, no es negar la necesidad y la sabiduría de reconocer que cada cosa tiene su tiempo. ¿Acaso sería preferible que la autoridad nos impusiera a todos y a cada uno lo que hayamos de hacer en cada momento, sin dejarnos respiro para que seamos nosotros quienes decidamos, en tantos casos como podemos, cuál es nuestro tiempo…?

Tampoco esa libertad de horarios comerciales impide que cada uno tenga su tiempo para el descanso contemplativo creativo y para el culto según su propia fe. ¿Acaso esa liberalización impide que observen el descanso de viernes, sábado o domingo –y esto, colectiva, masivamente, si quieren– cuantos de acuerdo con su religión deben guardarlo en esos días…? ¿Acaso no se asegura a los ciudadanos un tiempo para esto por el hecho de que se les deje a ellos determinar cuál haya de ser tal tiempo? ¿O acaso se pretende que se imponga mediante una norma civil lo que es una obligación religiosa para estos u otros creyentes? Ya Juan Pablo II recordaba los peligros que entrañan las situaciones en que “una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en la debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política”1.

En suma, esa “liberalización” de horarios no atenta contra la sabiduría de los diversos tiempos sino que abre la más amplia posibilidad para determinarlos y respetarlos con la más entera libertad. No se niega la sabiduría, se gana en libertad. Dicho sea, repito, con el mayor respeto…

Teófilo González Vila.

 

1 Así nos lo enseñaba en su Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre” (IV, AAS 83 (1991) 410-421) en esos términos que aparecen recogidos, a su vez, en el n.6 de la Nota Doctrinal, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de 24 de noviembre de 2002, sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. (Por cierto, no deja de ser para mí mismo curioso verme en la defensa de “la autoridad”… Menos mal que le elogio justamente el que no la ejerza…).