La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

«Justicia» revolucionaria

Pedro Herráiz. Filósofo.– Sentimos que la administración de Justicia se ha investido de unos ropajes dialécticos de un modo que se nos hace difícil de entender, y las apelaciones al sentido común parecen caer en desierto cuando se aplican a la Justicia. Es lo que pasa con las instituciones vinculadas a la misma humanidad; de lo íntimas que son tal vez necesitan aparecer en distancia, y con eras de matices y precisiones a sus espaldas parece que faltan las palabras. En cualquier caso, sea bienvenido todo esfuerzo por traducir la expresión de la Justicia a la comprensibilidad de lo cotidiano, puesto que aplicar la ley a los asuntos cotidianos es de lo que se trata. 

 

Una pretensión muy diferente es la de quienes pretenden ajustar la administración de Justicia y su mismo concepto a sus pretensiones de “construir una sociedad nueva”, dicho de modo eufemístico; de conducir a la sociedad a su peculiar meta histórica, la que ellos consideran adecuada, y hasta “científica”. Así definen como  “progreso” y “progresista” todo aquello que, interpretan, sigue las etapas que llevan a alcanzar esa meta histórica trazada, y da sentido a su proyecto de transformación social. Lo demás es ajeno al proyecto y se relega y estigmatiza en consecuencia definiéndolo como “antiguo”, “tradicional”, “retrógrado”, “represor” o, coloquialmente, “casposo”.

 

Ese proyecto total, puesto que lo abarca todo, de transformación podría decirse, por tanto, que es un proyecto “transformista”. Principio fundamental de este transformismo social es el de “el fin justifica los medios”, dando por justificado el fin transformista; el único que justifica los medios. Por tanto otros fines sí requerirán justificación y la exigirán ruidosa y espectacularmente, aunque de antemano sean considerados injustificables de ningún modo; y, además, ningún medio justificarse por esos otros fines. De modo que, en realidad, para el transformista social, no caben otros fines salvo el de su propio proyecto.

 

Esto es una corrupción –no solo económica- del principio de que la ley es igual para todos. Hay dos leyes: una, la del “progresista”-transformista, y la otra, la que este aplica a los “otros”, convertidos –transformados también- en enemigos del progreso y, por ello, de la sociedad toda. Otra corrupción –no solo económica-: si la Justicia juzga actos, ahora, con la justicia progresista-transformista el objeto son las intenciones. Los actos ya no importan, porque el transformista social siempre será inocente por su intención cualesquiera sean sus actos; y el “otro”-enemigo, su intención siempre será culpable y hará culpable cualquier acto. La presunción de inocencia, finalmente, deja de ser aplicable, por tanto, a “los otros”. Los jueces que juzgan al progresista-transformista sin atenerse a esta justicia transformada, son transformados por ello en enemigos del progreso y, por lo mismo, son ellos los culpables, recusables; ellos son los que han de ser sometidos a juicio, popular, en la calle, espectacular. Es, la “justicia” revolucionaria.