La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Los comienzos del seguimiento

Infocatolica

13/01/12

Guillermo Juan Morado

La historia de la vocación de Samuel constituye una anticipación de lo que será el discipulado cristiano. Samuel habitaba en el templo, pues había sido confiado por su madre al sacerdote Elí (cf 1 Sm 3, 3-10.19). Por la noche oyó una voz que lo llamaba. Samuel cree que lo llama el sacerdote y acude a él: “Aquí estoy, vengo porque me has llamado”. Muestra así una disponibilidad ejemplar. Sin embargo, Elí le contesta: “No te he llamado; vuelve a acostarte”.

Lo mismo sucede por segunda y tercera vez. Samuel todavía no tiene experiencia de la voz de Dios, de la llamada divina. Necesita el consejo de Elí que, comprendiendo que la llamada procedía de Dios, le dice a Samuel cómo ha de contestar: “Anda, acuéstate; y si te llama alguien responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Así lo hace Samuel cuando vuelve a oír la voz y, de este modo, puede comenzar su relación con el Señor y su misión profética.
También dos de los discípulos de Juan – uno de ellos era Andrés – inician el seguimiento de Cristo. No oyen una voz, sino que ven a Jesús, ven su rostro y se dejan atraer por Él. Jesús les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Ellos le contestaron: “Rabí, ¿dónde vives?”. Jesús les dice: “Venid y lo veréis” (cf Jn 1,35-42).
Para conocer a Jesús, para saber dónde mora, no basta con la mera información que se tenga sobre Él; es necesaria la experiencia personal de convivir con Él, tratándolo de cerca. Como ha escrito el Cardenal Ratzinger, “el camino del conocimiento hacia Dios y hacia Cristo es un camino de vida. Para expresarlo con lenguaje bíblico: para conocer a Cristo es necesario seguirlo. Solo entonces nos enteramos de dónde vive”.
La experiencia del trato con el Señor entusiasma a Andrés, que no puede dejar de comunicarla y por eso se dirige en primer lugar a su hermano Simón, para decirle: “Hemos encontrado al Mesías”. Y lo llevó a Jesús. Aquí está resumida toda la obra de la evangelización: encontrarse con Jesús por la fe impulsa de por sí a comunicar ese don a los otros. Ningún plan, ningún método, ningún programa puede suplir la experiencia del encuentro con el Señor, con la Verdad que salva la vida y que enciende el corazón.
Hagamos, decía San Agustín, una casa digna en nuestro corazón, “adonde venga el Señor y nos instruya”. Dejemos que Jesús more en nosotros para que así nos haga santos, semejantes a Él. Como dice el papa Benedicto XVI, “la santidad siempre es fuerza que transforma a los demás”, que cambia a los hombres y al mundo.
San Pablo, dirigiéndose a los corintios, les pide un testimonio concreto de santidad: la pureza. “¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo!”

 

, exhorta (cf 1 Cor 6, 13-20). La sexualidad no es una función meramente fisiológica, como el comer, puesto que implica a la totalidad de la persona. No respetar el propio cuerpo o no respetar el cuerpo de los demás equivale a no respetarse como personas. Y, si se trata de cristianos, supone además una profanación, ya que el cuerpo es templo del Espíritu Santo.
El Apóstol se dirige a unos cristianos de Corinto que, en su inmoralidad, habían ido en algunos casos más allá incluso que los paganos. También hoy, cuando las costumbres del mundo que nos rodea no invitan de modo especial a vivir la pureza, se hace necesario el ejemplo de la vida limpia de los cristianos.