La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El encuentro con Dios

José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho.- La disolución de la sociedad. El título de una obra de Jardiel Poncela, La tournée de Dios (1932) y las fiestas navideñas, me han sugerido este artículo. En aquélla, un Dios, desdibujado por el tono humorístico y desvergonzado del autor, viene a visitar a los hombres. Tras el entusiasmo, el espectáculo, todo vuelve a la rutina y la superficialidad. Dios deja de ser noticia. Ya Jesús, en el Evangelio, se pregunta, “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18. 7-8). 

 

Hay quien fomenta la falta de compromiso, para restar relevancia a la religión y particularmente al Catolicismo. Los datos del barómetro de septiembre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) son que el 73,4 % de los españoles se declara católico, mas sólo un 13,6 % de los creyentes es practicante. La desafección, generalizada, luego se lamenta, también por los laicistas. Debilita cualquier relación: familiar, amistosa, política, laboral, académica, altruista y de ocio.

 

Tal estado de cosas, dispersión y superficialidad de la vida actual, ha venido de la mano del materialismo, la técnica y la aceleración. “La violenta eficacia de la época moderna ha absorbido al hombre en sí. El hombre se ha entregado a las consecuencias de los problemas económicos, de las tareas técnicas, de los desarrollos sociopolíticos, porque se han hundido las posiciones de libertad interior que le hacen capaz de resistencia” (Guardini).

 

Tampoco es despreciable la ideología cuyas construcciones, de un orden abstracto o de la desconfianza (relativista), excluyen cualquier convicción (o la arrinconan en la privacy). “La izquierda progresista europea y el liberalismo radical estadounidense oscilan curiosamente entre un universalismo abstracto del que Occidente se considera dueño orgulloso y un multiculturalismo relativista que exacerba las identidades culturales particulares sin discriminación” (Ana Llano). En tal esquema el Dios, presente en la historia de los hombres, no cuenta.

 

Las consecuencias

 

Conviene profundizar en lo que ha generado la mentalidad antes descrita. En La tournée de Dios, Jardiel hace esta reflexión: “El hombre es una pobre criatura inerme y, sin embargo, cada vez es más soberbio y está más orgulloso de sí y prescinde más de todo apoyo y se siente más autónomo… La Humanidad le ha vuelto la espalda a Dios y, desde entonces, anda más desquiciada que nunca…, al sacudirse el suave yugo del espíritu, ha caído bajo el yugo implacable del Destino. ¿Dónde está la resignación? ¿Dónde está la humildad? ¿Dónde está la confianza en sí mismo? ¿Dónde está la serenidad? ¿Y la alegría por la alegría? ¿Y el esfuerzo individual? ¿Dónde está el concepto riguroso del deber? ¿Y el no esperar más de lo que puede esperarse? ¿Dónde está —en fin— la sencillez? No se sabe dónde está, pero la verdad es que todo eso ha desaparecido del planeta… La Humanidad descentrada, puesta de espaldas a todas las cualidades espirituales, desdeñosa de lo estimulante y de lo consolador, y enfrentada con todos los materialismos perturbadores y entristecedores, ha perdido la perspicacia de ver dentro de sí, no sabe a qué achacar su mal sabor de boca y se revuelve contra esto y contra aquello, sedienta de venganza y convencida de que debe de haber «alguien» o «algo» culpable de que ella no se encuentre a gusto” (pp. 70-75).

 

Es un juicio certero sobre la desconfianza y falta de compromiso actual.

 

La causa de este “malestar profundo” (en palabras de Benedicto XVI ante los diplomáticos, 9 enero 2011), la expone el Papa, en el Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2011): “Cuando llega a ser dominante la duda sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo ser hombres [su aceptación incondicional]. Hoy vemos cómo esta duda se difunde. Lo vemos en la falta de alegría, en la tristeza interior que se puede leer en tantos rostros humanos”.

 

Las consecuencias no afectan sólo al desconsuelo y la soledad (pandémica en Occidente). El alejamiento de Dios también repercute en la política. El príncipe (1517) de Maquiavelo, hizo del Estado una institución moralmente autónoma, tesis contrarrestada por la Escolástica salmantina del siglo xvi. La defensa del orden moral natural, guía del actuar humano, fue la premisa para su doctrina sobre la guerra justa y el reconocimiento de la condición de persona (libre) de los oriundos de América (Thomas E. Wood Jr.).

 

Cuando se olvidan tales presupuestos se cae en el despotismo, con merma del respeto debido a la persona y su esfera de actuación. Se propician conductas desordenadas (aborto, “salud reproductiva”, homosexualismo, ruptura familiar, etc.) o utópicas (igualitarismo, ecologismo, pacifismo, etc.). Al tiempo, se vulneran los verdaderos derechos (a la vida, la libertad religiosa y de conciencia, al matrimonio, a la educación, etc.). En consecuencia, padece el hombre.

 

“El «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo” (Intervención de Benedicto XVI en la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo. Asís, 27 octubre 2011). La experiencia confirma este diagnóstico.

 

Redescubrir a Jesuscristo

 

Ante la Curia Romana, el Papa se preguntó: “¿Dónde está la luz que pueda iluminar nuestro conocimiento, no sólo con ideas generales, sino con imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo alto nuestra voluntad?”. Podríamos añadir nosotros, ¿cómo recuperar la ilusión perdida, para abrazar un proyecto que dé sentido a la vida? Aquí lo determinante es la fe, todo será ineficaz, “si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo”.

 

Es la fe la que abre paso a la autenticidad (verdad) y belleza. Ella nutre la aspiración permanente, sobre todo de los jóvenes, hacia el bien. ”Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio «yo»” (Benedicto XVI); nos hace generosos.

 

Es el testimonio de los mártires, como clave de comprensión, intemporal, de lo cristiano. Cuando se ha entrado en contacto directo con la persona de Jesús, a través de la comunidad, ya nada puede apartar de esa entrega. El horizonte vital se ensancha y hace soportable la adversidad, la renuncia a lo más querido. Los mártires son los testigos no sólo de ese Amor, sino también del compromiso ante el hombre (íntegro) y lo que tiene de sagrado (cf. Ratzinger, Verdad, valores, poder, Madrid, 2005, p. 64).

 

¿No es éste el estilo de vida que nuestro mundo necesita y que nosotros podemos y debemos transmitirle?