La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Fornicar es pecado…

En su carta pastoral, que cada semana dirige a sus feligreses, el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, dedica su atención a la primera epístola de San Pablo a los Corintios -inserta en la liturgia de este domingo próximo-, a los cuales el apóstol les pide que huyan de la fornicación y les recuerda que el cuerpo humano es templo del Espíritu Santo… Afirma con valentía y sin pelos en la lengua el buen pastor cordobés, que impacta escuchar tan directas palabras de los primeros tiempos del cristianismo y que parecen especialmente dirigidas a los cristianos de nuestro tiempo “donde la incitación a la fornicación es continua en los medios de comunicación e incluso en algunas escuelas de secundaria, dentro de los programas escolares”. ¿Hay que recordar algunos de los textos contenidos en la todavía obligatoria asignatura de “Educación para la Ciudadanía”?

¡Pero a quien se le ocurre recordar el contenido del sexto Mandamiento y pedir que no se fornique, en estos tiempos de desbocada sexualidad en los que la cultura laicista condena la castidad como un “pecado social”! Como ya hizo San Pablo en su tiempo –que es el nuestro y el de mañana, el de siempre- monseñor Demetrio Fernández ha cometido todo un delito de lesa sexualidad, con el agravante de que sus palabras han quedado ya grabadas en Internet para conocimiento de todo el mundo. Se ha atrevido, nada menos, que a condenar uno de los dogmas más queridos de la ideología de género en la cual se enmarcan desde el feminismo radical a los colectivos que han hecho de la práctica indiscriminada del sexo una especie de “religión laica”, enaltecida por las leyes de la época zapateril.

De inmediato han saltado como leones sobre el buen pastor los grandes inquisidores de esta “religión”, entre los que se encuentra “El País. ¡Menos mal que no estamos en Nigeria! A ellos hay que recordarles que, para un cristiano, la llamada universal a la castidad, dentro y fuera del matrimonio, es uno de los principios que mejor definen el respeto a la dignidad humana a tal extremo que el Señor mismo declaró bienaventurados a los limpios de corazón. Y no se refería precisamente a lavarlo con un detergente…

Si algún reproche hay que hacer a don Demetrio es que haya esperado a este segundo domingo del tiempo ordinario del ciclo B, para recordar la epístola paulina que tan certeramente puso el dedo en la llaga de las debilidades de los corintios. En realidad ¿qué diferencia hay entre aquellos súbditos del imperio romano, dados a la depravación sexual, con los que hoy se proclaman dueños de sí mismos, de su cuerpo, de su placer? Desde luego hay una: que entonces eran escasos los que conocían a Jesús o menos aún los que entendían la Encarnación y el destino eterno del ser humano. No olvidemos las burlas que dedicaron los atenienses al mismo San Pablo cuando les predicaba en el areópago al Dios desconocido, muerto y resucitado para redención de la humanidad. Pero hoy…

Hoy, cuando nadie puede alegar que desconoce el mensaje de amor de Jesucristo, nos encontramos con el reverso de la misma moneda falsa: la ignorancia de entonces se ve reforzada por la malicia de quienes rechazan la noción misma de pecado. Ya vemos por las estadísticas que existe una mayoría que se confiesa cristiana en nuestra España, pero tan solo un trece por ciento se siente movida a practicar su fe acudiendo a los sacramentos en busca de la limpieza de corazón. De modo que hace muy bien monseñor Fernández en recordar que la castidad es una virtud educadora de la sexualidad al sacarla de su brutal animalidad y  humanizarla, aunque esto no lo entenderán nunca los “lobbies” del sexo por el sexo.

Basta con un mínimo de sensibilidad moral para asumir que la castidad, hoy como ayer, es absolutamente necesaria para seguir a Cristo y forma parte del esfuerzo ascético a que nos impulsa la vocación de ser cristianos. Animemos, pues, desde nuestra atalaya del sentido común, como laicos comprometidos, a que los obispos, los religiosos, los sacerdotes, nos recuerden, con ocasión y sin ella, el significado profundo del sexto mandamiento y la necesidad de la pureza para dar testimonio de nuestra fe. Allá los fornicadores con su estulticia y su ignorancia.