La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Vio rasgarse el cielo

Infocatolica

10/01/12

Guillermo Juan Morado

Juan es el precursor de Jesús. Su bautismo de agua, de penitencia, que expresa el deseo de ser purificados de los pecados, es todavía imperfecto y provisional. Puede desconcertarnos a nosotros, como desconcertó a los primeros cristianos, que Jesús fuese bautizado por Juan. Jesús no tenía pecado ni, en consecuencia, necesidad de ser purificado. Además, Jesús es superior a Juan.

¿Cuál es, entonces, la razón de su Bautismo? Santo Tomás de Aquino indica un motivo de ejemplaridad: “Cristo quiso ser bautizado para inducirnos al bautismo con su ejemplo”. Y añade: “por eso, a fin de que su incitación fuese más eficaz, quiso ser bautizado con un bautismo que evidentemente no necesitaba para que los hombres se acercasen al bautismo que necesitaban”.

El Señor, haciéndose bautizar por Juan, se acerca más a nosotros; se introduce entre los pecadores, se hace solidario con nosotros compartiendo, por decirlo así, nuestra suerte para de esa manera transformala en camino de salvación.

San Marcos escribe en su evangelio la visión que, apenas salió del agua, tuvo Jesús: vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar hacia Él como una paloma (cf Mc 1,9-11). El cielo no simplemente se abre, sino que se rasga. Se cumple así el deseo expresado por el profeta Isaías: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 63,19).

En el Bautismo de Jesús, Dios ha rasgado de un modo irrevocable los cielos, que ya no podrán cerrarse de nuevo. Se anticipa, en el Bautismo del Señor, lo que acontece en su Pascua, cuando en el momento de su muerte “el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mc 15,38).

A través de esta cortadura de gracia, Dios derrama su Espíritu en la tierra. Al igual que el Espíritu Santo sobrevuela en el momento de la creación las aguas originales del caos (cf Gn 1) desciende ahora hacia Jesús como una paloma. En Él, en Jesús, comienza la nueva creación, el mundo reconciliado con Dios.

La audición explica el sentido de la visión: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Jesús es el Hijo en quien el Padre se complace. En esta relación única y singular de Jesús con el Padre es introducido cada uno nosotros por la recepción del sacramento del Bautismo. Como comenta Benedicto XVI: “las palabras que resonaron desde el cielo sobre el Hijo unigénito llegan a ser verdaderas para todo hombre y toda mujer que renace por el agua y por el Espíritu Santo: Tú eres mi Hijo amado”.

El Bautismo se revela como un camino que viene de Dios a nosotros y que nos permite a nosotros unirnos a Él. Jesús abre ese camino sumergiéndose en las aguas del Jordán, haciéndose accesible a los pecadores, para abrir la puerta de la esperanza e indicarnos el sendero que debemos recorrer para encontrarlo y para sentirnos amados por Él.

Al celebrar el Bautismo de Jesús y al hacer memoria de nuestro Bautismo debe aflorar en nuestros corazones un sentimiento de gratitud por esos cielos rasgados que permiten que Dios, por su Espíritu, nos recree como criaturas nuevas, como hijos adoptivos. Y a la vez una petición sincera para que, con ayuda de la gracia, podamos perseverar en el cumplimiento de la voluntad de Dios.