La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Diálogo, tolerancia ¿o “dialogancia”?

¿No es necesaria para el diálogo la tolerancia? A la esencia de la tolerancia pertenece que su objeto, aquello respecto de lo que se es tolerante, sea valorado como algo negativo y rechazable, bajo el aspecto de que se trate. Pero, en todo caso, no parece posible la práctica del diálogo sin una mutua tolerancia empática, esto es, sin esa actitud mediante la que se inhibe cualquier movimiento de rechazo que pueda venir suscitado por determinadas características de la persona misma de los interlocutores, esos “detalles”, esos rasgos, esos “perceptibles” que suscitan  simpatía o antipatía sin que sepamos por qué y pueden generar pre-juicios respecto de las mismas ideas que éstos puedan sostener y comunicarnos.

 

En realidad, tolerancia e intolerancia, en su sentido más propio, serían ante todo actitudes caracterológicas y disposiciones  morales, práctico-afectivas,  que determinan nuestro modo de comportarnos con los demás. Se sitúan, diríamos, en el plano de la comunicación empática. También se habla de tolerancia e intolerancia en el plano teórico o de las ideas. Y el caso es que en las vivencias de tolerancia e intolerancia lo afectivo y lo intelectivo se entrelazan inevitable e inescindiblemente y sólo un análisis fenomenológico muy fino permitiría identificar en su pureza una u otra dimensión.

 

La intolerancia  intelectual o en el plano teórico de “las ideas” consistiría en la afirmación de la propia concepción de las cosas como plena, absoluta, definitiva, perfecta, indiscutible y en  la correspondiente absoluta negación de que pueda considerarse verdadera cualquier otra posición divergente. Ésta es la intolerancia que asociamos, en distintos casos, con dogmatismo, fundamentalismo, fanatismo… Por otra parte, parece que, en rigor, no tendría sentido adoptar, para dialogar, una tolerancia teórica que consistiera en la abstención de la crítica o rechazo de lo que consideráramos falso, puesto que el diálogo tiene como fin precisamente la depuración de las diversas ideas o posiciones intelectuales en busca de la que llegue a revelársenos como la más adecuada expresión de la realidad cuyo conocimiento conjuntamente buscamos. Cabe, sin embargo, hablar de tolerancia en el plano intelectual entendida como inhibición del inicial rechazo que susciten las ideas contrarias a las propias. En términos positivos, podemos decir que la tolerancia intelectual consistirá en la habitual apertura a la posibilidad de que las ideas de otros, distintas de las nuestras y aun contrarias a éstas, contengan elementos de verdad con los que las propias pueden enmendarse, enriquecerse, avanzar. (En otro orden de consideraciones, cabe señalar también que frente a la apertura mental que revela la tolerancia intelectual, la intolerancia intelectual puede estar asociada a una estable congénita estrechez mental que da lugar a una intolerancia general o indiscriminada o al estrechamiento mental circunstancial que lleva a una intolerancia selectiva en relación con asuntos muy concretos, determinada por factores propiamente extra-intelectuales, desde intereses económicos a movimientos pasionales…).

 

La tolerancia intelectual, por otra parte, viene a constituir una disposición estable que dimana de la habitual conciencia inmediata de la limitación y falibilidad de la propia visión de la realidad y, por lo mismo, de la posibilidad y necesidad de enriquecerla mediante el comercio dialogal con otras posiciones.  Siendo esto así, el intelectualmente tolerante no puede quedar en mero tolerante sino que es por necesidad, “por definición”,  un dialogante. Por eso, más que tolerancia, esa estable disposición al diálogo podría ser llamada “dialogancia” (neologismo construido conforme a las mismas reglas de derivación a las que obedece el término tolerancia y para el que me temo que muchos no se muestren especialmente tolerantes).

 

Y hemos de subrayar que la apertura al diálogo, la “dialogancia”, no constituye en modo alguno una actitud relativista ni aun de condescendencia social “buenista”, no supone en modo alguno una renuncia a la verdad que se da en nuestra posición y ni siquiera un debilitamiento en la defensa de ésta. Es más: la firmeza en esta defensa es una obligación que tenemos para nuestros interlocutores, una condición ineludible del diálogo auténtico,  que no es un incomprometido  “juego de sociedad” sino seria apuesta en busca de la verdad.- 

 Teófilo González Vila.

 

También del mismo autor:

Pienso, luego dialogo: http://www.analisisdigital.org/2012/01/03/pienso-luego-dialogo/

Qué diálogo: http://www.analisisdigital.org/2011/12/19/que-dialogo/

En busca de la verdad: diálogo: http://www.analisisdigital.org/2011/12/09/en-busca-de-la-verdad-dialogo/

Laicidad, laicismo y convivencia: http://www.analisisdigital.org/2011/11/29/laicidad-laicismo-y-convivencia/
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