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El Cardenal pide a las comunidades cristianas que afronten «el desafío de salir al encuentro para ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe»

El Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, ha hecho pública una carta con motivo de la Jornada Mundial de las Migraciones que se celebra el próximo domingo, 15 de enero, y que este año tiene como lema “Salgamos al encuentro… Abramos las puertas”. En su carta, el Cardenal explica que “la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado” brinda “a toda la Iglesia una nueva oportunidad de reflexionar sobre el creciente fenómeno de la emigración en este mundo global, de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de una paz auténtica y duradera”.   Cardenal Antonio Mª Rouco Varela

Esta Jornada “nos estimula a realizar una pastoral de comunión, a salir al encuentro de los que llegan y a actualizar las estructuras tradicionales de atención a los inmigrantes y refugiados, a fin de que respondamos mejor a las nuevas situaciones en que interactúan culturas y pueblos”. Por eso, manifiesta su deseo de “que nuestras comunidades cristianas sean constructoras de unidad integradora, capaces de abrazar a todos por encima de las diferencias de nuestros orígenes. Una pastoral de verdadera comunión”.

Destaca que “desde hace unas décadas, inmigrantes y madrileños convivimos, trabajamos, crecemos juntos y formamos parte de nuestra sociedad y de nuestra diócesis. No podemos considerar a los inmigrantes como extraños, como forasteros. Somos muchos los que en nuestra sociedad madrileña estamos caminando juntos. Todos estamos llamados a desarrollar una convivencia verdaderamente humana basada en la fraternidad. Son nuestros vecinos, son nuestros conciudadanos, son nuestros diocesanos y nuestros feligreses, son nuestros hermanos”.

También subraya que “en un mundo cada vez más globalizado, los inmigrantes han contribuido a crear −junto a nuestras migraciones interiores− una sociedad cada vez más intercultural y multiétnica, con problemáticas nuevas, no sólo desde un punto de vista humano, sino también ético, religioso y espiritual. Este cúmulo de circunstancias suscita nuevas situaciones pastorales que nuestras comunidades parroquiales no pueden por menos de tener en cuenta y que exigen una respuesta imaginativa”. Por ello, invita a “trabajar para que no les falte a los trabajadores inmigrantes y a sus familias el cuidado pastoral ordinario, el anuncio de Jesucristo, la luz y el apoyo del Evangelio, que abre a los hombres horizontes de salvación y de esperanza”.

Exhorta a las comunidades parroquiales a no olvidar “que el hombre y la mujer inmigrantes han sufrido un profundo cambio cultural con el desplazamiento geográfico y el paso de un mundo rural a un mundo urbano, y del sector agrícola y ganadero al sector industrial y de servicios, que significa un cambio de civilización. Cambio que produce inmediatamente un hecho significativo que merece nuestra atención: que la gente pierde la base de sustentación, el substrato sociológico que sostenía su vida, y su vida religiosa”. Cambio de civilización, prosigue, que conlleva “graves implicaciones para las personas y para su vida de fe”, como el hecho de que “un relevante número de fieles procedentes de las Iglesias Católicas Orientales de rito diferente y de las Iglesias hermanas separadas, que como consecuencia de la dispersión encuentran dificultades para celebrar y vivir su fe” o que haya “hombres y mujeres, que aún no han encontrado a Jesucristo, o lo conocen solamente de modo parcial, a cuyo encuentro también hemos de saber salir”.

Invita a que “la fe no se quede en un simple recuerdo para el inmigrante”. Y a dar “la respuesta debida desde el Evangelio a todas las cuestiones antropológicas, teológicas, económicas y políticas que encierra la condición del inmigrante, del modo como se plantean en la hora actual de la historia”.

“Nuestras comunidades cristianas han de afrontar el desafío de salir al encuentro para ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen, buscando también nuevas respuestas pastorales, métodos y lenguajes para una acogida siempre viva de la Palabra de Dios”, asegura. “Estamos, pues, ante el reto en orden a afrontar la tarea histórica de hacer posible una sociedad nueva y una convivencia profundamente humana, sobre la base, eminentemente evangélica, del mutuo reconocimiento como hermanos”. Y es que, añade, “asumir responsabilidades, problemas, desafíos y esperanzas ante el mundo, forma parte del compromiso de anunciar el Evangelio de la esperanza”.

“En el actual contexto social, los cristianos, madrileños e inmigrantes, estamos llamados a reconocernos entre nosotros como hermanos, a compartir los bienes provenientes de Cristo y a ser testigos del Evangelio”. Sin embargo, apunta que “el compromiso misionero de nuestras comunidades se ha de centrar sobre todo en la familia”, ayudando a que “se creen también para las familias inmigrantes las condiciones válidas para la plena realización de los valores fundamentales: la unión tanto del matrimonio mismo como del núcleo familiar que implica la armonía en la mutua integración de los esposos desde el punto de vista moral, afectivo y de su fecundidad en el amor; y conlleva un crecimiento ordenado de todos los miembros de la familia”. Por ello, invita “a los inmigrantes católicos y a sus familias a ocupar el lugar que les corresponde en nuestra Iglesia diocesana, y a todos los inmigrantes a ocupar su lugar en la sociedad y a que se abran a los valores de nuestro pueblo”.

“En medio de esta sociedad plural, los grupos parroquiales, los movimientos y las asociaciones apostólicas han de trabajar para que los jóvenes descubran” que “pueden ser fieles a la fe cristiana y seguir aspirando a los grandes ideales en la sociedad actual que les den plenitud y felicidad”, y que “la fe no se opone a sus ideales más altos”. Y concluye invitando a todos a “ser testigos del Evangelio y artífices de paz”.