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El arzobispo de Madrid recuerda que «el obispo debe dedicar todas las energías para que el mal no penetre en la Iglesia

En la solemnidad litúrgica del Bautismo del Señor, el pasado 7 de enero, el cardenal Rouco Varela presidió en la Catedral la ordenación episcopal de Mons. José Luis del Palacio, Obispo electo de Callao (Perú). En su homilía, afirmó que “la Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal de un sacerdote diocesano, elegido por el Santo Padre para ser obispo de la diócesis de Callao, en Perú”. “Nos alegramos contigo, querido hermano José Luis, porque en esta Iglesia diocesana recibiste los sacramentos de la iniciación cristiana, en ella has ejercido también algún tiempo el ministerio sacerdotal, y en ella recibirás hoy la plenitud del sacerdocio mediante la ordenación episcopal”. Por ello, invitó a todos los presentes “a alegraros con el gozo de la Navidad y a pedir a Dios por este hermano nuestro para que, al recibir la gracia de la unción sacramental del episcopado, sea instrumento de Dios para bien de la Iglesia y salvación del mundo”.  

“La fiesta de hoy, el Bautismo de Cristo, nos ayuda a comprender mejor el significado del ministerio episcopal y de la unción del Espíritu que consagra al elegido para este servicio”, señaló. “Gracias a la Unción de la humanidad de Cristo, los hombres podemos recibir parte en la misma unción. Al unirse el Hijo de Dios a nuestra naturaleza humana, ésta ha recibido la capacidad de acoger en su pobreza el don del Espíritu Santo, que nos transforma en Cristo y nos hace partícipes de su misión. La unción que dentro de unos momentos recibirá nuestro hermano en su cabeza, después de haber recibido la imposición de manos, es el signo eficaz de que el Espíritu Santo lo toma para sí, lo une real y misteriosamente a Cristo para poder ejercer, como él, el ministerio sacerdotal en plenitud”.

Nuestro hermano “ha sido ungido para traer la salvación a su pueblo. Configurado con Cristo, Obispo y Pastor de su Pueblo, es ungido por Dios para realizar la misma misión de Cristo, que no es otra que santificar al pueblo cristiano y llamar a la fe en Cristo a los que no creen aún en él. Fortalecido por el poder de Cristo, también el Obispo debe pasar la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Esta es la tarea fundamental de quien ha sido elegido, como buen Pastor, para cuidar del rebaño aun con la entrega de su propia vida, si preciso fuere”. “El Obispo, añadió, está llamado a combatir con todas sus fuerzas para que el mal no penetre en su Iglesia ni en el corazón de sus hijos, y toda ella se conserve fiel al Señor hasta el fin de los tiempos, cuando venga a culminar su obra”. Por ello, “debe dejarse penetrar por esta unción, que hace de él un siervo fiel de Cristo. Debe vivir la santidad propia de la unción del Espíritu, y estar siempre atento a todo lo que pueda ponerla en peligro en sí mismo y en su pueblo. Con su palabra y magisterio llama a su pueblo a la conversión constante; con sus actos sacramentales, santifica a sus fieles para que vivan su vocación a la santidad con total entrega y responsabilidad. Difícilmente hará esto quien no se empeñe con todas sus fuerzas en alcanzar la santidad siguiendo fielmente a Cristo”.

“Vivimos en un tiempo en que el Obispo debe dedicar todas sus energías a que la Iglesia que le es encomendada, santa por su unión a Cristo, ofrezca al mundo entero el testimonio de la santidad”, afirmó, asegurando que “el primado de la santidad debe orientar el ministerio del obispo, cuidando de modo especial que la Iglesia no se mundanice en sus criterios y comportamientos”. Y es que, apuntó, “el peligro de la Iglesia, y de cada bautizado, es volver a las obras de las tinieblas y del pecado, perdiendo así la nueva condición que le alcanza la redención de Cristo. Benedicto XVI nos ha alertado de este peligro recientemente al invitar a la Iglesia a desmundanizarse”.

Para el cardenal, “no es fácil en el mundo actual alentar en los fieles el espíritu de santidad. La misma palabra se ha hecho extraña a los oídos de la gente, incluidos los mismos cristianos. Se considera que la santidad es para unos pocos elegidos, o para aquellos que optan por el seguimiento radical de Cristo en los consejos evangélicos o en el ministerio apostólico”. Recordó que “el bautismo que nos incorpora a Cristo es el fundamento mismo de la santidad, que se realiza en la misma vida ordinaria. Desde la primera formación en las familias y en la catequesis, los cristianos deben saber que Dios les llama a la santidad y que ésta es posible con la ayuda de la gracia”.

“La Jornada Mundial de la Juventud que tuvimos la gracia de acoger en Madrid nos mostró unas nuevas generaciones sedientas de vivir una vida nueva en Cristo. Ellos son la esperanza de una Iglesia viva, que testimonie en el mundo la belleza de la vida en Cristo. Ayudarles a descubrir esa vida y hacerla realidad es tarea propia del obispo, llamado a evangelizar y santificar. La convocatoria que el Papa a hecho para celebrar el Año de la Fe tiene que ver con el futuro de la Iglesia y de las nuevas generaciones”, aseguró.

Dirigiéndose al obispo electo, dijo que “el ministerio que recibes es un honor al ser una llamada a suceder a los Doce, pero es sobre todo una grave responsabilidad. Ejerce, pues, esta responsabilidad con la confianza puesta en Cristo, que te llama, y, al mismo tiempo, con la humildad necesaria para reconocer que eres siervo de Aquél que rescató a su rebaño con la entrega de su propia vida”. Concluyó invitándole a acogerse a la intercesión de los Santos, “para que te mantengas siempre fiel a Cristo, Sumo Sacerdote de su pueblo”, y “sobre todo, a la intercesión de Santa María la Virgen”.