La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Principios, fidelidad y componendas

José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho.- El anterior Presidente adoptó de inmediato medidas radicales. Profesaba el “mesianismo del poder”. Tenía un propósito claro y se jactó de ponerlo en práctica sin vacilación. Interpretó su gobierno en clave ideológica —“democracia deliberativa”, “republicanismo”, “igualitarismo”, etc.— y voluntarista (expuesto en, “Lágrimas socialdemócratas”, de Santiago González). 

 

En la entrevista que le hizo Flores d’Arcadis, Zapatero justificó la retirada de tropas de Irak como: “un mensaje de valor político, sobre una forma de gobernar. Quería hacer saber que cuando uno llega aquí no depende sólo de la realpolitik ni de la conveniencia ni de los intereses geoestratégicos”. También se reflejó en la anulación del Plan hidrológico nacional (financiado por la Unión Europea) y en tantas decisiones al borde o fuera de la legalidad. Verbigracia, la suspensión de la Ley Orgánica de la Calidad de la Enseñanza (2002), la revisión de la historia (Ley de la Memoria Histórica) y de los estatutos de autonomía, o la alteración de las bases naturales del matrimonio. La política del día a día siguió la misma pauta: concesiones al terrorismo —recordemos la labor de Peces-Barba—, al separatismo y, en el exterior, a regímenes dictatoriales de corte popularista o islámico (Alianza de Civilizaciones).

 

Rajoy ha procedido de un modo muy distinto. La situación —crisis de convivencia y bienestar— y su promesa electoral —por el cambio y la regeneración— permitían pronosticar —y recomendar— lo contrario, la erradicación, sin contemplaciones, del sectarismo y la inepcia. Mas el Partido Popular se ha echado atrás, ante el desafío, señalado por Francisco José Contreras, de una vasta guerra cultural. Se ha mostrado débil, a la hora de liberar a la sociedad del parasitismo y la servidumbre ideológica.

 

Los signos son inequívocos. En la toma de posesión del nuevo Gobierno, se ha ido más allá de la cortesía para adular a quien ha abusado del poder —forzando o deformando la justicia—, creado tensión —piénsese en el laicismo— y medrado. La Vicepresidenta subrayó el diálogo, para afrontar el futuro. Ruiz-Gallardón, Ministro de Justicia, dijo que su antecesor era: «Un hombre sincero, moderado y prudente al que doy mi más sincero agradecimiento». ¿Será por su Fiscal General, o por Garzón, o por su imparcialidad en casos de terrorismo (11 de marzo y “Faisán” incluidos), corrupción (ERES fraudulentos, “Campeón”, “Gurtel”), etc.?

 

El Ministro del Interior cayó en la complacencia con tanta arbitrariedad —en la selección de cuadros y normas de actuación policial—, ineficacia —robos de droga en comisarías, localización de menores, o esclarecimiento de actos terroristas— y ocultismo. Sus palabras fueron: «a esta casa… le va a tocar una especial responsabilidad en eso que se ha venido a llamar ‘la gestión del final de ETA’. Y se ha llevado de manera ejemplar, que lo sepa todo el mundo. Me consta que el Ministerio del Interior en ningún momento ha dejado en suspenso el Estado de Derecho, ni lo va a dejar. Se ha hecho un trabajo ejemplar».

 

La Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato, tampoco infunde esperanza. La denominación de su Departamento es una claudicación ante el discurso dominante “pro género”, que ha confirmado en unas declaraciones (2 enero 2012), según las cuales: «La violencia de género será la prioridad de las prioridades» ¿No convenía reorientar la política en beneficio de la familia, institución educadora y solidaria donde las haya, y abandonar un término cargado de prejuicios y, según el “Informe de la Real Academia Española sobre la expresión violencia de género” (19 mayo 2004), menos correcto que “violencia doméstica”? ¿También aquí se impone un cambio, del fracaso socialista, tendente a la manipulación y la consigna, hacia un enfoque serio que vaya a la raíz del asunto y su remedio?

 

No encaja, en las expectativas del cambio político, ni la aplicación urgente de la polémica Ley Sinde, ni el economicismo que, con tono lastimero, lo justifica todo, también el incumplimiento de compromisos electorales, como no subir impuestos. ¡Ojalá se hubiera hecho gala de esa determinación en la defensa de la vida y la natalidad, problema gravísimo de índole moral y para la prosperidad! El mismo vacío, de soluciones y palabras, para recomponer la unidad de España. ¿Será que, como antaño, se negocia con sus enemigos? La falta de criterio es tan preocupante que, hasta el Secretario General de Naciones Unidas, ha osado pedir, a un país endeudado, más gasto en la Alianza de Civilizaciones.

 

¿Qué oculta esto? ¿No será la componenda política, para tranquilidad de los salientes y entrantes, a costa de una sociedad que se ha volcado generosamente en el cambio político y de actitud? ¿Tiene sentido y, sobre todo, futuro defraudar tal esperanza?

 

El nombramiento incomprensible —se mire a la capacidad o a la orientación política de la designada— de Carmen Vela, para Secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación, confirma que no se está a la altura del combate cultural planteado. Éste sólo se vence apelando a los principios y la coherencia.

 

¿Será la componenda lo que nos traiga el nuevo año o se recuperará la cordura, en forma de fidelidad a un proyecto que cuenta con la legitimidad de las urnas y necesita la de los hechos?