La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La madre de todas las corrupciones

Alguna vez he pensado –ya saben, esa funesta manía que tenemos algunos…- que la mejor manera de estimular la economía es la de aumentar los sueldos de los asalariados, incluidos esos ejecutivos que nos escandalizan cada vez que conocemos lo que ganan. Cuanto más altos sean los salarios, más recauda Hacienda y, en consecuencia, más se podrá invertir en educación, en sanidad y en todo eso que hemos dado en llamar “Estado del Bienestar”.

Por lo tanto, estoy plenamente de acuerdo con esa regañina que en su columna dominical de ABC, le ha dirigido el bueno de Jorge Trías Sagnier a algunos curas que dedican sus homilías a condenar sin paliativos el consumismo, como si fuesen asesores económicos o censores de cuentas  en lugar de directores espirituales. El razonamiento es abrumador: si no se gasta,  baja la productividad de grandes y pequeñas empresas abocadas al cierre y crece más aún el paro… Hubo un tiempo, que no han llegado a conocer las nuevas generaciones-burbuja –la burbuja inmobiliaria, la de los móviles, la de las play-stations…- en el cual se nos enseñaba a los niños de entonces una única lección de economía: la necesidad de ahorrar. Nuestros padres nos hablaban de los grandes beneficios que daban las cuentas de ahorro a plazo fijo, colocadas entonces a un interés de del  5 por ciento o más y que permitían a los bancos ejercer su oficio de prestar ese dinero al 7 por ciento, sin pretender mayores beneficios. Así empezaron a florecer las fábricas de automóviles y los españoles pudimos pasar del 600 al 124.

Aquellos consejos, sin embargo, despertaron el apetito del “progreso” social que más o menos coincidió con la “revolución cultural” de Mayo del 68, que abrió –más bien diría cegó- los ojos a la socialdemocracia europea para dejar de ser marxistas y convertirse en revolucionarios de las costumbres. A partir de ese momento, con la complicidad culpable del liberalismo materialista, cambió la moral de las costumbres y  todo empezó a estar permitido en nombre del cambio cultural y del “progreso”, desde el adulterio hasta el divorcio y, como es natural, el aborto, con la consiguiente disminución demográfica. De las familias numerosas, donde los hijos tenían que dormir en literas y guardar cola para ir al cuarto de baño, se pasó a las familias de un hijo y, más recientemente a las no-familias, es decir parejas ocasionales que, si acaso, tienen uno hijo para luego separarse, si es que en algún momento había unión. La píldora, los vientres de alquiler y el hedonismo desaforado hicieron el resto para alumbrar la sociedad de hoy donde, en lugar de tener hijos, se tienen mascotas, pisitos en la playa y automóviles de alta gama.

El consumo, así, se ha desviado hacia la acumulación de lo innecesario y la proliferación de grandes centros comerciales donde se encuentra de todo. Hemos convertido la economía en un monstruo que se devora a sí mismo: al no haber familias numerosas que consumen lo esencial para vivir, cierran las fábricas textiles y las de calzado porque decrece la  necesidad de ropa infantil al tiempo que se descuida la agricultura, de por sí asfixiada por los costes de producción y transporte. El dinero se gasta en gasolina, en electricidad para alimentar los cachivaches electrónicos, en cruceros de ensueño, en joyas…  ¿No han visto que los únicos comercios que no están en quiebra son las joyerías, los concesionarios de automóviles de lujo, las casas de moda de firmas conocidas?

Pero también nos encontramos otros establecimientos repletos de productos chinos como reflejo de esa poderosa industria de la imitación y el bajo coste que están convirtiendo a China  en la principal amenaza de la economía mundial. Habría que predicar, por tanto, que no se consuman tantos artículos chinos para que los chinos aprendan a elevar sus costes de producción y la calidad de sus manufacturas pero, sobre todo, a mejorar su propia calidad de vida con mejores salarios. ¿Han visto ustedes cómo viven los chinos que abren cada día una tienda nueva en cada barrio? Tienen sus comercios abiertos casi todo el día, no se permiten vacaciones ni días de fiesta: incluso viven en la trastienda y no se quejan ni del frio ni del calor. Venden la fruta y las verduras con los más reducidos beneficios posibles porque no han venido a enriquecerse sino, simplemente, a vivir y ahorrar un poco, si pueden. Alguien se atrevería a decir que son unos parásitos sociales aunque estén ayudando a los más necesitados en estos tiempos de crisis. Pero es China el gran parásito del mundo desarrollado; ha sabido combinar la austeridad y la rigidez de una ideología que ha proscrito la libertad de pensamiento con la libertad de producción para inundar al mundo de productos de escasa calidad pero que cumplen con su misión de corromperlo.

Lo cual me lleva a afirmar que el gran problema que está minando la economía mundial es la corrupción, la corrupción en su más amplio sentido. Se han corrompido las mentes, las ideas, la cultura, el trabajo y, sobre todo, se ha corrompido el sentido mismo de la vida.  Tengo un amigo que dejó de creer en Dios hace muchos años pero que se queja continuamente de la ausencia de valores en la sociedad: “No hay honradez, ni seriedad, ni responsabilidad, ni solidaridad… Cada cual va a lo suyo. A los hijos –cuando los hay- se les compra con juguetes y regalos inútiles a falta de cariño y de tiempo que dedicarles…”

Este amigo se queja, si, pero cuando se le habla de que el remedio está, precisamente, en la recuperación de esos valores, se encoge de hombros porque cree que están perdidos del todo. Y si entonces sale en la conversación que el modo de encontrarlos pasa por darle sentido a la vida y que ese sentido está en la verdad del hombre, se vuelve a encoger de hombros porque también ha perdido esa referencia de la Verdad. Y si le digo: “Pero hombre, ¿no te das cuenta de que esos y otros valores que ni siquiera mencionas, como la sinceridad, el no desear los bienes ajenos ni le mujer del prójimo, ni el adulterio o el educar a los hijos en la necesidad de esforzarse, pierden su sentido si no sabemos por qué hemos nacido y qué destino tenemos cuando morimos? ¿No te das cuenta de que si la vida es un azar y la muerte es la vuelta a la nada no tiene sentido vivir y, sobre todo, esforzarse por hacer las cosas bien? ¿No te das cuenta de que esa crisis de valores que eres capaz de admitir es la que nos ha conducido a la crisis económica en el momento que la corrupción moral gripó nuestro engranaje humano-divino?” Apenas aflora en la conversación cualquier alusión a Dios, se hace el silencio: la mirada del amigo se pierde y el encogimiento de hombros se hace más pronunciado.

Así que ya pueden los curas hablar contra el consumismo: si no hablan de Dios, se les secará la boca antes de que se den cuenta que están perdiendo el tiempo…