La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Homilía del Papa Benedicto XVI en la fiesta del bautismo del Señor

Es siempre una alegría celebrar esta Santa Misa con Bautismos de niños, en la Fiesta del Bautismo del Señor. ¡Saludo a todos con afecto, queridos padres, padrinos y madrinas, y a todos ustedes familiares y amigos! Han venido – lo han dicho en voz alta – para que sus neonatos reciban el don de la gracia de Dios, la semilla de la vida eterna.

Ustedes papás lo han querido. Han pensado al Bautismo aun antes que su niño o su niña viniesen a la luz. Su responsabilidad de padres cristianos les ha hecho pensar de inmediato al Sacramento que marca el ingreso en la vida cristiana. Podemos decir que ésta ha sido su primera elección educativa como testimonios de la fe hacia sus hijos: ¡la elección fundamental!

La tarea de los padres, ayudados por el padrino y la madrina, es aquella de educar al hijo o la hija. Educar es muy comprometedor, a veces es arduo para nuestras capacidades humanas, siempre limitadas, pero educar se convierte en una misión maravillosa si se la cumple en colaboración con Dios, que es el primer y verdadero educador de cada hombre.

En la primera Lectura que hemos escuchado, tomada del Libro del profeta Isaías, Dios se dirige a su pueblo justamente como un educador. Pone en guardia a los Israelitas del peligro de buscar acabar con su sed y saciarse en las fuentes equivocadas: “¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias en algo que non sacia?” (Is 55,2). Dios quiere darnos cosas buenas de beber y de comer, cosas que nos hacen bien; mientras a veces usamos mal nuestros recursos, los usamos para cosas que no sirven, es más, que son incluso nocivas.

Dios quiere sobre todo dársenos a Si mismo y su Palabra: sabe que alejándonos de Él nos encontraríamos rápidamente en dificultad, como el hijo prodigo de la parábola, y sobretodo perderíamos nuestra dignidad humana. Y por esto nos asegura que Él es infinita misericordia, que sus pensamientos y sus caminos no son como los nuestros – ¡para nuestra fortuna! – y que podemos siempre regresar a Él, a la casa del Padre. Después nos asegura que si acogeremos su Palabra, ella traerá frutos buenos a nuestra vida, como la lluvia que empapa la tierra (cfr Is 55,10-11).

A esta palabra que el Señor nos ha dirigido mediante el profeta Isaías, hemos respondido con la antífona del Salmo: “Sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación”. Como personas adultas, nos hemos comprometido a sacar de las fuentes buenas, para nuestro bien y el de aquellos que son confiados a nuestra responsabilidad, en particular ustedes, queridos padres, padrinos y madrinas, por el bien de estos niños.

¿Y cuáles son “las fuentes de la salvación”? Son la Palabra de Dios y los Sacramentos. Los adultos son los primeros que deben alimentarse de estas fuentes, para poder guiar a los más jóvenes en su crecimiento. Los padres deben dar tanto, pero para poder dar tienen necesidad a su vez de recibir, de lo contrario se vacían, se secan. Los padres no son la fuente, como tampoco nosotros sacerdotes somos la fuente: somos más bien como canales, a través de los cuales debe pasar la linfa vital del amor de Dios. Si nos desprendemos de la fuente, nosotros mismos en primer lugar lo sentimos negativamente y no estamos más en condiciones de educar a otros. Por esto nos hemos comprometido diciendo: “Sacaremos agua con alegría de las fuentes de la salvación”.

Vamos ahora a la segunda lectura y al Evangelio. Nos dicen que la primer y principal educación se realiza a través del testimonio. El evangelio nos habla de Juan el Bautista. Juan fue un gran educador de sus discípulos, porque los ha conducido al encuentro con Jesús, del cual ha dado testimonio. No se ha exaltado a sí mismo, no ha querido tener los discípulos ligados a sí. Si bien Juan era un gran profeta, su fama era muy grande, cuando llega Jesús, se retira detrás, indicándolo a Él: “viene detrás de mí Aquel que es más fuerte que yo… Yo los he bautizado con agua pero él los bautizará con Espíritu Santo” (Mc.1,7-8).

El verdadero educador no liga a las personas a sí, no es posesivo. Quiere que el hijo, o el discípulo aprendan a conocer la verdad y establezca con ella una relación personal. El educador cumple su deber hasta el final, no hace faltar su presencia atenta y fiel; pero el objetivo es que el educando escuche la voz de la verdad hablando a su corazón y que la siga en un camino personal. Volvamos nuevamente al testimonio. En la segunda lectura el apóstol Juan escribe: “Es el Espíritu el que da testimonio” (1 Jn 5,6). Se refiere al Espíritu Santo de Dios, que da testimonio de Jesús, atestiguando que es el Cristo, el Hijo de Dios. Se lo ve también en la escena del bautismo en el río Jordán: El Espíritu Santo desciende sobre Jesús como una paloma para revelar que Él es el Hijo unigénito del eterno Padre (cfr Mc 1,10). También en su Evangelio Juan subraya este aspecto, allí donde Jesús dice a sus discípulos: “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio” (Jn. 15,26-27). Esto nos da gran consuelo en el trabajo de educar en la fe, porque sabemos que no estamos solos y que nuestro testimonio es sostenido por el Espíritu Santo. Es muy importante para ustedes padres, y también para los padrinos y las madrinas, creer fuertemente en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, invocarlo y recibirlo en ustedes, mediante la oración y los Sacramentos.

Es él de hecho el que ilumina la mente, enardece el corazón del educador para que sepa transmitir el conocimiento y el amor de Jesús. La oración es la primera condición para educar, porque rezando nos ponemos en condiciones de dejar a Dios la iniciativa, de confiarle los hijos a Él que los conoce primero y mejor que nosotros y sabe perfectamente cuál es su verdadero bien. Y, al mismo tiempo, cuando rezamos nos ponemos en escucha de las inspiraciones de Dios para hacer bien nuestra parte, que de todas maneras nos espera y debemos realizar. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, nos permiten cumplir la acción educativa en unión con Cristo, en comunión con Él y continuamente renovados por su perdón.

La oración y los Sacramentos nos obtienen aquella luz de verdad gracias a la cual podemos ser al mismo tiempo tiernos y fuertes, usar dulzura y firmeza, callar y hablar en el momento justo, reprender y corregir en la manera justa. Queridos hermanos y hermanas, invocamos entonces todos juntos el Espíritu Santo, para que descienda abundantemente sobre estos niños, los consagre a imagen de Jesús, y los acompañe siempre en el camino de sus vidas. Los confiamos a la guía materna de María Santísima, para que crezcan en edad, sabiduría y gracia y lleguen a ser verdaderos cristianos, testigos fieles y gozosos del amor de Dios. Amén.