La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El hombre se alza Dios y Dios se abaja hombre

Carlos Corral.- Analista Político Internacional.- El hombre se alza Dios: así es como anualmente se ordenaba la celebración del “Nacimiento del Emperador Julio César Octaviano Augusto” en el Calendario de Pirene (9 a.C.):

“Este día, el día del nacimiento del Emperador, ha dado al mund9 un aspecto distinto. El mundo se hubiera hundido, si del nacido no irradiara una dicha común a todos los hombres. La Providencia, que vela por todas las vidas, ha colmado a este hombre, para la salvación de la humanidad con tales dones que nosotros como las generaciones venideras habremos de ver al Salvador [Sôtêr]”. 

 

En contraste y a unos pastores, el Nacimiento del Mesías en el Evangelio (Lucas 2,1-14):

“No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para el pueblo: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador [Sôtêr]: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

I.- El hombre se alza Dios.La veneración religiosa al soberano, era originaria de los territorios orientales del Imperio, si bien pasó a Roma en tiempos de César. La consecuencia fue que “el emperador es hijo de Dios (divi filius), título que por primera vez se confiere a Augusto como hijo adoptivo de César —a quien incluyó el Senado en el orden de los dioses, práctica que se extendió a los sucesivos emperadores—.
Más todavía: “el emperador era considerado también como Dios manifiesto (epiphanes, Deus presens); deificación que podía ir unida a la articulación del Cesar a una estirpe divina —Júpiter, Hércules, Apolo, etc.— Por ello fue saludado como Kyrios por los griegos y como Dominus por los romanos (denominación que se convirtió en oficial con Domiciano a. 81-96) y “como Dominus noster”, que sirve de acusación contra los cristianos al negarse a prestarle culto.

II.- “Dios se abaja hombre”, tal es, el misterio de la Encarnación.Así en un himno lo expresa S. Pablo en su Carta a los Fieles de Filipos, cap.2:

6Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
7al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
8se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
9Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
10de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
11y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

III.- La consecuencia: el misterio de Santa María, Madre de Dios.
La consecuencia fue la proclamación de la Virgen María como Madre Dios —tal como hora se viene celebrando cada primero de año— que se enunció en el Concilio de Éfeso (22-6-431) y que explica así San Cirilo de Alejandría en carta que hace suya el Concilio de Éfeso:

“Porque no decimos que la naturaleza del Verbo se hizo carne mediante una transformación; ni que se transformó en un hombre completo compuesto de alma y cuerpo. Lo que afirmamos más bien es que el Verbo, Habiendo unido personalmente [según la hipóstasis] consigo una carne animada con un alma racional, se hizo hombre de modo inefable y fue llamado hijo del hombre. […]”
“Porque no es que primero naciera de la santa Virgen un hombre corriente y después descendiera sobre él el Verbo. Lo que decimos es que unido desde el seno materno [a la naturaleza humana] se sometió a un nacimiento carnal, como cualquiera que hacía suyo el nacimiento de su propia carne”.
“Por eso no dudaron [los Santos Padres] en llamar madre de Dios a la Santa Virgen, no porque la naturaleza del Verbo o su divinidad tomaran de la santa Virgen el principio de su ser, sino porque de ella se formó aquel sagrado cuerpo animado de unas alma racional y al que se unió personalmente el Logos [el Verbo] que se dice engendrado según la carne”.

Anteriormente, se había adelantado el Concilio I de Constantinopla (en 1381), al proclamar ls intervención del Espíritu Santo:

“Creemos […] en un solo Señor Jesucristo, el Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, […] Que por nosotros los hombres bajó del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen y se hizo hombre”;

Concluyendo, la Iglesia admira y venera —y los fieles con ella— el doble misterio: el de la Encarnación y el de la Maternidad virginal de María como madre de Dios.

Referencia bibliográfica: Corral, C., Teología Política, una perspectiva histórica y sistemática (Valencia, Tirant Humanidades 2011) cap.III; BLOG Carlos Corral nº.175.