La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Hacia una nueva ética cristiana?

 Miguel A Espino Perigault. Analista Político Internacional (Panamá) .- En un escrito  periodístico,  el sociólogo panameño Alberto Valdés Tola, sugirió que  la iglesia católica reconociera los cambios que se dan  en el mundo y que, en consecuencia, acomodara  la ética cristiana a «la realidad sociocultural contemporánea», con  la cual no compagina. Tiene razón  el sociólogo en cuanto a que  «los cambios», que él enumera,  contradicen, no sólo a la ética cristiana, sino a toda las reconocidas cultura y civilización l occidental, enraizada en los valores religiosos judeo-cristianos. Los mal ponderados cambios modernos  forman parte de las campañas políticas e ideológicas obstinadas en erradicar el cristianismo de la sociedad y establecer un «Nuevo Orden Mundial», preconizado por las Naciones Unidas. Un cambio hacia atrás en la historia; un cambio hacia un neopaganismo erigido sobre los antivalores de la «cultura de la muerte».    

  Menciona el autor, acertadamente, como contradictorios a la ética cristiana,    los movimientos de la ideología de género: homosexualismo y lesbianismo, el aborto, la eutanasia y otras «modernidades» que  demandan derechos  de la sociedad especiales y exigen aceptación cultural y ética por parte de la iglesia, víctima, según el autor,  de la crítica situación descrita. Esta se evidencia -dice-  en la falta de vocaciones religiosas, «en los frecuentes escándalos de abuso sexual a niños por parte de clérigos»  y al «cada vez menor compromiso de los feligreses, seguidores y miembros de l a comunidad cristiana en general».

 

 El autor anota algunas recomendaciones y consejos que debe seguir la Iglesia para sobrevivir. De nuestra parte,  vale la pena llamarle la atención  al soció0logo para que, así como ve, todavía, «frecuentes escándalos de abuso  sexual» por parte de clérigos, abra más los ojos y entienda que  a sus planteamientos se les puede aplicar aquello de que «la fiebre no está en la sábana, sino en el enfermo».  Además,  estos movimientos de la ideología de género y sus seguidores actúan como aquel hombre que, al no  saber cómo eliminarle las pulgas al perro, decidió eliminar al perro.  Porque de eso se trata. Para eliminar la pobreza, se busca elimina a los  pobres; para extender la salud, se elimina a los enfermos, a los discapacitados y a los ancianos. Ente dos derechos humanos supuestamente opuestos -el de la madre y el del hijo por nacer- , se elimina el derecho  del débil e indefenso.

 

 La iglesia no está enferma -como les gusta decir a estos nuevos profetas del oscurantismo moderno: es la  sociedad   la que está enferma: Se ignoraran la  Ley Natural y  los significados de la verdad, que se relativiza,  y de la libertad, que se erige en valor absoluto, entre otras conceptualizaciones erradas.  Tampoco es    la iglesia la que ha abandonado al hombre, como sugiere el autor, sino que es  el hombre  quien ha abandonado a Dios (RP. R. Cantalamessa) y no lo halla en la iglesia ni en ninguna parte. El hombre sin Dios cae, fácilmente,  en las mayores aberraciones. Y ese abandono de Dios por parte del hombre moderno es el resultado de ideologías como la de género, tan  aberrante como moderna.    También lo han a sido y lo son aún  el comunismo y el liberalismo ateo y todos los ismos anticristianos que han pretendido reformar o destruir al cristianismo, para imponer un  paganismo libertario que hoy, como ayer en Sodoma y Gomorra,  pretende regir nuevamente.

 

 En esta histórica  batalla milenaria hay quienes se unen al paganismo; hay quienes, por cobardía o comodidad,  se dejan arrastrar por él  y hay quienes luchan por  vencerlo,  como verdaderos  cristianos fieles de una iglesia que durante dos mil años de avances y de persecuciones,  siempre   ha visto o le ha tocado  enterrar  a sus perseguidores.

 

No; no es la iglesia la que tiene que cambiar. Ni debe cambiarse la ética cristiana. Es el hombre quien debe cambiar y cambiar a la sociedad,   mediante la razón y la fe, para alcanzar al Dios que ha abandonado, como lo ha hecho tantas veces en la historia; para volver después, como el hijo pródigo, a la casa del padre, quien lo espera. Sin embargo,  se trata de  una decisión racional,   libre y  fundamentada  en la verdad. Porque sin la verdad -nos recuerda el Papa-  la libertad humana  se extravía.