La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La garantía de poder nacer

El lema de la Fiesta de las Familias de este año ha sido recogida de la exclamación de unos chavales durante la Jornada Mundial de la Juventud, que ha estado omnipresente en la Eucaristía de en la Plaza de Colón de Madrid: “¡Gracias a la familia cristiana hemos nacido!” Es obvio que no es necesario, para nacer, tener unos padres cristianos, aunque sí lo es que esos padres sean lo que deben ser: hombre y mujer.

Ahora bien: un matrimonio cristiano es, de por sí, la garantía de que sus miembros niegan, rechazan y abominan el “derecho” a no dar la vida, a no tener hijos según la nefanda ley de “interrupción voluntaria del embarazo” legada a la sociedad española por el anterior gobierno socialista.  Dado el debate abierto es el seno de este partido que ha tenido las riendas del poder durante los últimos ocho años, diriase que el principal signo de identidad de quienes aspiran a volver a gobernar el día de mañana, es el de ser abortistas, considerado el aborto -o la eufemística y políticamente correcta “interrupción voluntaria del embarazo”- como un “valor”.

Esto significa que un matrimonio o una pareja de hecho socialista, es una garantía de que, en un momento dado, puedan ejercer ese “derecho” a matar a quien no desean que nazca. Y ya se ha visto cómo, apenas ha entrado en funciones el nuevo Gobierno que prometió reformar la nefanda ley, las organizaciones abortistas patrocinadas por los socialistas y el resto de las izquierdas radicales, le han pedido a Rajoy que deje las cosas como están como “signo de progreso”. ¿Quién no recuerda aquellos tiempos de la transición en que los socialistas –y los comunistas, qué sarcasmo- “regalaban” o quitaban carnets de demócratas a quienes les parecía? Ahora lo que otorgan son carnets de “progresista” a quienes aceptan el aborto y la eutanasia como seña de identidad.

De ahí que las familias cristianas puedan gritar, con todo derecho, que son la garantía de dar nueva savia humana al mundo, de dar hijos bajo el signo del amor, es decir, de la donación de sí mismas al servicio de la vida, algo que ningún votante del partido abortista puede afirmar con solidez porque los hechos lo desmienten. Y no deja de ser llamativo que, después de su derrota electoral, los presuntos candidatos a “renovar” el Partido Socialista, insistan, sobre todo, en la defensa de sus “valores” progresistas que no son otros que los contenidos en la todavía desconocida por muchos “ideología de género”. Esos supuestos valores, que en las conferencias de Pekín y El Cairo intentaron convertirlos en una nueva declaración universal de derechos humanos, son los que tienen por objeto, precisamente, la destrucción de la familia y hasta del género. Para estos socialistas, el objetivo principal es derribar las barreras que se oponen al “progreso”, es decir, la cultura que ha alumbrado la civilización cristiana.

Para ellos no hay hombre y mujer, matrimonio y familia, sino una deformación cultural “de género” contraria al ideal de nacer o no nacer a voluntad, y de ser o no ser varón o hembra sin tener en cuenta el signo biológico. Así pueden llamar “matrimonio” a la unión de dos hombres o dos mujeres y, si esa es su voluntad, unirse para el mero disfrute sexual sin contraer compromiso alguno sobre las consecuencias de su relación. Justo lo contrario de lo que el sentido común nos dice que es el progreso humano. De esta manera, la vida o la muerte se convierten para quienes hoy pugnan por heredar los zapatos ideológicos de Zapatero, en meras “cosas” de usar y tirar, según su voluntad soberana. Ni siquiera tienen la dignidad de fingir a la manera unamuniana, tan perfectamente descrita en la novela “San Manuel bueno y mártir”, que acaso deben respetarse otras creencias que dan sentido a la vida de los demás.

Allá los rubalcabas y chacones con sus “valores”, siempre y cuando no traten de imponerlos al conjunto de los españoles por el imperio de la ley. En este sentido hubiera sido una excelente noticia que en el Consejo de Ministros presidido por Rajoy el Día de la Familia, se hubiese aprobado un decreto destinado a la protección de la maternidad y de la vida mientras estudia la prometida reforma de la ley del aborto. Ha dejado pasar esa oportunidad en aras de las medidas anticrisis, sin dar cabida todavía a la reforma de las costumbres impuestas desde la ideología “progresista” para cambiar la cultura, el género y hasta la vida y la muerte. Una pena…

Y así vuelvo al principio: la familia cristiana es la garantía, el refugio, la fortaleza de que la vida seguirá para alegría del mundo que los socialistas han tratado de ensombrecer desde la impunidad de unas oportunistas mayorías parlamentarias, pagadas con platos de lentejas. Se entiende, por tanto, que la multitud de jóvenes congregados en la Plaza de Colon de Madrid esta soleada y tibia tarde de inicios del invierno, lo hicieran para dar gracias por vivir, por haber nacido en el seno de familias y hogares cristianos donde recibieron su primer pasaporte para la eternidad, sellado luego en el bautismo. Esa alegría no va contra nadie, pero es el mejor testimonio de que existen valores que dan luz y por los cuales vale la pena vivir y amar.