La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Grandeza y firmeza de Rajoy en un debate para la historia

Manuel Cruz.- En la conclusión del debate de investidura, poco antes de la votación final que dio la confianza del Congreso de los Diputados a Mariano Rajoy, se produjeron tres momentos estelares: la respuesta del todavía, en esos momentos, candidato a la presidencia del Gobierno al portavoz del grupo Amaiur a propósito del “conflicto vasco”; la intervención del diputado de UPN, Carlos Salvador –compartida por Rajoy- que fue el único que habló con claridad de la decadencia moral que supone el desprecio al derecho a la vida legalizado con el aborto libre y, finalmente, el gesto de grandeza de Rajoy al afirmar que en su memoria solo quedará la figura de José Luis Rodríguez Zapatero como la de una persona que ha tenido el honor de haber sido presidente del Gobierno de España. El pasado, pasado está.

Todo lo demás, incluida la intervención del portavoz del PNV que fue el primero en sacar a relucir el cambio de escenario político en el País Vasco tras las elecciones del 20-N, se desarrolló de manera previsible sin dar lugar a ninguna sorpresa salvo, quizá, la decisión de los nacionalistas vascos y del propio Amaiur de abstenerse en la votación. En todo caso, es digno de destacar la seriedad y firmeza con que el candidato a la presidencia del Gobierno en esos momentos, respondió al envite del portavoz de Amaiur, al rechazar la existencia de un “conflicto” político y recordar al filoetarra que ni él ni las víctimas debían nada a quienes se presentan en el Parlamento como enviados de una banda de asesinos que, a lo largo de cincuenta años, ha convertido el terror en un instrumento político.

En ese momento, Rajoy pudo haber reprochado a Zapatero la herencia que deja a la sociedad española como resultado de su negociación con ETA. No lo hizo y ese fue también otro gesto de grandeza por parte del líder del Partido Popular. Lo que sí hizo fue recordar a Amaiur que lo único que espera la inmensa mayoría de la sociedad es que ETA se disuelva y entregue las armas. Mientras tanto, la respuesta que tendrá por parte del nuevo Gobierno será la aplicación estricta de las leyes del Estado de Derecho. En este contexto, de nada le valió al portavoz del PNV, Josu Erkoreka, el haber advertido previamente que el cese definitivo de la violencia por parte de ETA puede no ser tan definitivo y que la amenaza de que vuelva a actuar sigue en pie, razón por la cual trataba de instar a Mariano Rajoy a que “apuntalase” el proceso de paz, lo que significaría seguir las recomendaciones de la conferencia de Ayete y abrir una mesa de negociación con ETA reconociendo el supuesto derecho de autodeterminación de los vascos y, por tanto, a la independencia de Euskadi. Vano intento porque entre las cosas que tiene muy claras Rajoy figura la de no negociar nada con ETA.

No parece, sin embargo, que en la nueva legislatura iniciada ayer, vaya a plantearse un retorno de la banda terrorista a la violencia y la coacción en la medida que Amaiur dio a entender que aprovechará estos cuatro años para insistir en sus reivindicaciones desde sus escaños. En todo caso, el reto de mantener con firmeza la unidad de España como manda la Constitución –Amaiur llegó a pedir que se reformase para dar cabida a sus aspiraciones- está ahí como una de las prioridades del nuevo Gobierno aunque su acción más visible estará centrada, como ha dejado bien claro Rajoy, en la reactivación de la economía y la lucha contra el paro. En este contexto no habrá distracción posible y las batallas parlamentarias que se anuncian van a estar más centradas en los esfuerzos por alcanzar consensos –sobre todo con el PSOE- en torno a las reformas anunciadas por el nuevo presidente del Gobierno.

A este propósito el principal nubarrón que se perfila en el horizonte, al margen de la actitud que adopte la izquierda radical que ya anunció días pasados su propósito de “movilizar” la calle-  va a tener mucho más que ver con los “valores” que defiende el grupo parlamentario socialista y los que ya apuntó el diputado navarro, diametralmente opuestos y que el Partido Popular tiene asumidos en su programa aunque Rajoy apenas hablase de ellos. Mientras el PSOE ha advertido ya que será abiertamente beligerante en defensa de las leyes sociales adoptadas durante sus dos nefandas legislaturas, como el matrimonio homosexual, el divorcio express, el aborto y la “Educación para la Ciudadanía”, el PP tiene prevista la reforma de la ley de “interrupción voluntaria del embarazo”; la reforma del sistema educativo en el marco de la libertad de enseñanza que recoge la Constitución (lo cual supondrá un cambio sustancial en los contenidos de la educación cívica) y el cambio de nombre del “matrimonio” homosexual a tenor de lo que dictamine el Tribunal Constitucional. Como es sabido, el PSOE quiere apuntillar su proyecto de cambio cultural con una ley de eutanasia y otra de supuesta “igualdad de trato” así como, previsiblemente, una nueva ley de “libertad” religiosa que introduzca el laicismo como “religión” del Estado, para lo cual espera contar con toda la izquierda radical, siempre dispuesta a suprimir lo que llama “privilegios” de la Iglesia.

Estas van a ser, junto a las reclamaciones de los grupos vascos y catalanes –es sintomático el voto negativo de Convergencia y Unión a la investidura de Rajoy-, las principales batallas parlamentarias que se van a dar en esta legislatura, al margen de los debates previsiblemente tormentosos, relacionados con las múltiples reformas que emprenderá de inmediato el nuevo Gobierno. En cualquier caso, como signos de la nueva época iniciada, ahí quedan la firmeza del Partido Popular ante Amaiur así como los valores morales que pretende recuperar en defensa del derecho a la vida, de la maternidad y de la familia como principal célula social. Y como gesto, la grandeza antes señalada de Rajoy al reconocer la dignidad de quien ha sido presidente del Gobierno por el mero hecho de haberlo sido, sin recordarle, ni una sola vez, las razones de su derrota y la herencia envenenada que recibe.

Rajoy ha dejado bien claro en este debate de investidura que su propósito es mirar al futuro y, además, mirarlo con esperanza, sin revanchas ni divisiones. Tal y como él mismo dijo en el primer día de debate, ya no hay españoles buenos y malos, ni amos ni siervos como diría San Pablo: todos somos españoles y todos estamos llamados a unirnos para acabar con la crisis. Eso honra no solo a Rajoy sino a cuantos lo han votado… y al resto de la sociedad española.