La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Confesión frecuente de devoción, ¿sí o no?

Religionenlibertad

Pedro Trevijano

19/12/11

Hay hoy un malestar general ante el sacramento de la Penitencia, ya que no se le encuentra sentido y se constata que cada vez los fieles comulgan más y se confiesan menos. Para muchos la confesión frecuente es cosa demasiado subjetiva e individualista, siendo por ello lo mejor abandonar la confesión de devoción, tanto más cuanto que ésta, dicen, no favorece la verdadera conversión.
Está claro igualmente que el sacramento de la Penitencia tiene como objeto propio el perdón de los pecados, pues es un sacramento «de muertos», siendo su efecto no el acrecer la gracia santificante, sino dársela a quien no la tiene, haciéndole pasar de la muerte a la vida. Ahora bien el pecado venial sólo es pecado por analogía, puesto que no es verdaderamente pecado, ya que no separa de Dios, y si además hay muchos modos de perdonar los pecados veniales, y destaca entre ellos la Eucaristía que los perdona por el aumento de la caridad, ¿qué necesidad tenemos para su perdón del sacramento de la Penitencia?

Pese a todo hay que mantener la confesión frecuente de devoción. Hay toda una serie de razones que estriban en el favor que la Iglesia ha concedido a esta confesión. Una práctica por tanto tiempo continuada, aprobada por la Iglesia en múltiples ocasiones, no puede ser considerada en ningún caso como una defectuosa evolución ascética.

El espíritu penitencial nos es necesario para superar los tropiezos de los pecados leves, así como las limitaciones de la persona en el dominio de su propia vida, afirmando y desarrollando de este modo la opción fundamental buena. El simple movimiento natural de la voluntad no basta; es indispensable la acción de Dios que viene compasivamente a remediar la miseria que todavía existe en nosotros.

En este contexto la confesión frecuente se convierte en un encuentro con Dios, en el que el hombre se encuentra con la fuente de su salvación. Todo pecado, incluso leve, es mancha y arruga en la Iglesia: «si padece un miembro, todos los miembros padecen con él»(1 Cor 12,26). Por tanto el pecado leve es también un daño espiritual, una injusticia contra todo el Cuerpo de Cristo. En ese sentido la confesión de devoción es también una vuelta y conversión al Cuerpo visible de Cristo, que es la Iglesia, y de la que todos formamos parte.

Además solamente allí donde la confesión de devoción es una práctica normal de la vida cristiana, la persona culpable de pecado grave encuentra la posibilidad y libertad de acercarse sin daño de su honra a la confesión que le abre el camino de conversión y salvación.

La confesión frecuente puede servirnos para conocernos mejor, haciéndonos afinar en nuestros exámenes de conciencia y fortificando nuestra voluntad al reforzar nuestro propósito; propósito que al hacerse en un sacramento participa de su eficacia. Más que recorrer la lista de pecados posibles, conviene centrarnos en unos pocos, procurando crecer en la fe, esperanza y caridad, es decir en la vida teologal de unión con Dios. Es por tanto un momento fuerte en nuestra vida espiritual, que nos ayuda a dar continuidad a nuestra conversión y además este tipo de confesión no sólo aumenta la gracia sino que también nos da fuerzas y dones para evitar mejor en el futuro los pecados.

No hay que olvidar sin embargo que la confesión de devoción no es de derecho divino y que no vale simplemente el principio de que cuanto más mejor, ya que hay que cuidar la primacía de la calidad sobre la cantidad, a fin de conseguir que estas confesiones sean auténticos acontecimientos religiosos de conversión. La frecuencia de la confesión se ve limitada por las necesidades de la vida espiritual, las circunstancias de la vida práctica y las normas del Derecho Canónico, ya que la disposición del sujeto es la medida, aunque no sea la causa, del efecto del sacramento. Además un juicio sacramental de Dios sobre el pecador no puede por su naturaleza ser tan frecuente como el sustento diario del alma, ya que mientras la Eucaristía es un alimento espiritual, que puede ser recibido con frecuen¬cia, la Penitencia es un sacramento que lleva consigo un itinerario de conversión que desemboca en un juicio salvífico en y de la Iglesia. No es, por tanto, algo de todos los días, aunque sí conviene hacerla con relativa frecuencia.