La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La hipocresía de la “alianza de civilizaciones”

Desde ayer domingo se reúne en Doha, capital del emirato de Qatar, el IV Foro de la llamada “Alianza de Civilizaciones”, una institución inventada por el presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero y copatrocinada por el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan. Curiosamente, ninguno de los dos próceres ha decidido participar en la asamblea, acaso porque presumen que este el foro está llamado a desaparecer apenas le falte la sustancial subvención española.

En todo caso, de acuerdo con la inmoral teoría posmoderna de que el fin justifica los medios, aplicada sin atisbos de vergüenza por el hasta ahora presidente del Gobierno español, hay que reconocer al menos un mérito de este Foro: que su objetivo es debatir sobre la mejora del diálogo entre culturas, lo cual es bueno. Pero aclaremos que aquí, las “culturas” sobre las que se aspira a dialogar al presumir que son antagónicas, se refieren de manera casi exclusiva, al modo de vida occidental, basado teóricamente en la democracia y los derechos humanos y la “oriental” basada en el Islam como denominador común de todas las facetas de la política y las relaciones sociales y familiares.

El debate se centra, por lo tanto, en dos formas de concebir la existencia humana diametralmente distintas: el relativismo occidental que ha derivado en un nihilismo destructivo del ser humano, y el islamismo que se basa en la obediencia a la ley divina como norma de convivencia. Lo que, dicho de otra forma, equivale a establecer una “cultura” de la tolerancia y respeto mutuo que, en el fondo, no tiene más sentido que levantar una barrera común contra el terrorismo que utiliza el crimen en nombre de Dios y evitar así la “profecía” del choque de civilizaciones” propagada por el profesor Samuel Huntingtton a raíz de la tragedia del 11-S.

Esto supondría, en primer lugar, condenar el radicalismo islámico basado en una interpretación literal del Corán que considera enemigo de la religión musulmana a todo el que no se convierte a ella y, por otro, identificar claramente a Occidente como un “amigo” de todo el mundo aunque en sus ciudades se prohíba el uso del velo integral o la construcción de nuevos alminares en nombre del laicismo… Conviene precisar a este propósito que, por lo general, el mundo islámico identifica al occidental como la representación de todos los pecados e inmoralidades condenados por el Islam, mientras que nosotros los occidentales, tenemos la tendencia a considerar a los musulmanes como violadores de los derechos humanos, en especial de la igualdad de género, el nuevo tabú posmoderno que ha condicionado hasta el uso del lenguaje y hasta el código civil con majaderías como el “matrimonio” homosexual.

Hablar, por tanto, de “diálogo” en este contexto es tanto como intentar la convivencia en un mismo plano de igualdad, entre el bien y el mal, con una confusión añadida: que Occidente se considera a sí mismo como el bien… exactamente igual que hace el Oriente. Lo que nos llevaría al absurdo de que el mal no existe. Y si ello fuese así ¿para qué sirve ese “diálogo intercultural? En realidad, esa inocua “Alianza de Civilizaciones” que se le ocurrió a un Zapatero en la “gloria” de un buenismo que le llevó también a establecer el mismo diálogo con el terrorismo de ETA, ya está subsumida en la misma constitución de la Organización de las Naciones Unidas, el gran foro internacional que no tiene otro sentido que mediar para la solución de conflictos en el mundo. Allí se concentran todas las culturas, todas las formas de vida política y social, todas las convicciones y todas las formas de pensamiento que pueden ser expuestas sin restricciones, incluso con un pistolón sobre el atril o un zapatazo.

Me atrevería a afirmar, no obstante, que esa “alianza” hubiera podido ser -¡ay!- una idea luminosa para combatir el mortal aburrimiento en que han devenido las relaciones internacionales, donde nadie se fía de nadie… si la propuesta hubiera surgido de una mente y un corazón dotados de conciencia moral. Ese aburrimiento, ciertamente, es mucho más perceptible en Occidente, donde está desapareciendo a marchas forzadas la capacidad de amar, una vez que se ha desterrado a Dios de la vida social… y de las leyes, a cambio de las satisfacciones que da el llamado “progreso” del que tanto sabe el ya desvanecido Zapatero.

En una de sus miradas a Europa, el cardenal Ratzinger hablaba muchos años atrás de que ese aburrimiento es el envenenamiento del ser humano, capaz de destruirse a sí mismo y con él a todo el mundo. Los musulmanes, que tienen otra medida del tiempo y de la vida, no han llegado a aburrirse todavía porque saben cual es el sentido de su existencia, aunque deriven hacia prácticas abusivas -incluido el terrorismo- para preservar su “way of life”.

¿”Alianza de Civilizaciones”? ¡Que contradicción! Hablemos más, como ya adelantó Tony Blair que no dejó de ser creyente durante su mandato, de una alianza entre países civilizados. Y aquí habría que pedir a nuestros vecinos del sur y de oriente, es decir, los países islámicos, que en lugar de aspirar a la islamización de Occidente deberían ocuparse, sobre todo, de humanizar su propio Islam, condenando sin paliativos el terrorismo que emana de la interpretación de algunos los versículos bélicos del Corán que predominan sobre los piadosos.

Mientras los doctores de la ley, los ulemas, los muftis, los imanes, los reyes y jefes de Estado, no se reúnan en una especie de concilio para definir el Islam más allá de las corrientes jurídicas establecidas hace más de un milenio, de nada servirán estos foros. Y lo mismo diría de nuestro querido Occidente: mientras los gobiernos laicistas que nos dominan no dejen de hostigar las raíces cristianas de nuestra civilización, todo ejercicio de entendimiento con otras religiones será un ejercicio monumental de hipocresía. La fortaleza de Europa reside en la recuperación de su identidad cristiana y no en el valor de su moneda que, en definitiva, es un instrumento más de corrupción y perversión de los especuladores.