La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Respetar la tierra que Dios nos ha confiado

Octavio Roncero, periodista.- El Papa Benedicto XVI ha dicho recientemente, antes de su viaje a África: “Mirando los frutos de la tierra que el Señor nos ha dado reconozcamos que el trabajo del hombre sin El no seria fecundo… Demos gracias y al mismo tiempo comprometámonos a respetad la tierra que Dios nos ha dado”.

Leo en un viejo libro, hoy olvidado, sobre Ecología –algo que en la actualidad  se llama de una manera aproximada a la Naturaleza: “Hay niños jugando. Detrás, delante, por todas partes… la contaminación les sigue. Está con ellos. El humo de la fábrica llega hasta el cementerio y salta sus tapias. La vida y la muerte no tienen fronteras para la contaminación… Hasta la torre de la Iglesia tiene como fondo las altas torres de humo y de polvo…”.

El hombre se ha dado cuenta, desde hace tiempo, de que no se puede abusar de la naturaleza, que el mundo entero está en peligro, que la vida del hombre depende de la naturaleza. Todo esto lo sabe el hombre, incluso, a veces, casi lo toca con las manos. Pero son acciones sin contenido. No se puede hablar de la naturaleza si no se cuenta con su Creador. No se puede entender  el mundo que nos rodea si no contamos con Dios… Es algo sencillo pero básico, para comprender el mundo, la sociedad, el mismo hombre, todo…   Sin El todo queda confuso. Los hombres no podrán ver la realidad total.

En el viejo libro ya citado, encontramos  una cita de Henry Miller quien, en su libreo ”Pesadilla con aire acondicionado”, dice lo siguiente: ”Nuestro mundo es un mundo de cosas. Está constituido  por comodidades y lujos o, al menos, por el ansia de ellos. Lo que más tememos, al enfrentarnos con la catástrofe pendiente, es estar obligados a renunciar a nuestros aparatitos, nuestras maquinitas, todas esas pequeñas comodidades que tanto nos incomodan”.

No son las máquinas, ni los inventos que han desarrollado el hombre, ni las sociedades opulentas, los fundamentales para la felicidad. Falta algo importante: Dios. Sin El nada puede entenderse. Los hombres andarán a ciegas, sin saber en realidad lo que pasa. Podrán atinar, por, ejemplo, como Henry Miller al decir que “vivimos en un mundo de cosas”, pero poco más.

Asistimos en estos momentos a una caída en picado -la llaman crisis económica- de los países desarrollados. Parece como si todo se viniera abajo. Ya no somos los pueblos más cultos y desarrollados, por muchos inventos y muchas maquinas que tengamos. Somos seres temblorosos, con miedo en el cuerpo. El mundo occidental está pidiendo a gritos, aunque no lo sepa,  a Dios. Nada puede entenderse si no queremos saber de su papel en la vida del hombre, en la propia naturaleza por El creada.

Cuando el Papa analiza la situación en que viven los hombres de la sociedad moderna  y se da cuenta de su fragilidad, en seguida toma las medidas. Para ello habla de “una inmensa catequesis que, de manera organizada, empezará pronto con la Nueva Evangelización”. Sabe que el hombre necesita de Dios, que los “aparatitos, nuestras maquinitas, todas esas pequeñas comodidades que tanto nos incomodan”, nos aturden, nos engañan, nos llevan a un mundo ficticio, engañoso por muy brillante y agradable que nos parezca en un principio.

Los grandes escritores, desde hace ya algunos años, nos vienen planteado los errores de esta sociedad opulenta. Un caso muy lo tenemos en la obra dramática de Arthur Miller, de resonancia mundial,“La muerte de un viajante”, de la que extraemos la siguiente cita, donde el protagonista, Willy Loman, ha comprado una parcela lejos de Nueva York, pero la ciudad ha crecido y ha llegado hasta su propiedad:

–         Wylly Loman: “Nos tienen rodeados, sin aire, sin horizonte…No vemos mas que ladrillos y ventanas

–         Su mujer, Linda, le contesta “Debimos haber comprado el terreno de al lado. Te lo dije. Entonces estaba barato.

–         Willy sigue. “La calle está llena de coches. No se respira más que gasolina. Debía haber una ley contra esas casas tan altas. ¿Te acuerdas de los olmos que había alrededor, cuando le hice el columpio a Bill?

La obra de Arthur Miller no refleja únicamente a Nueva York. En todas la ciudades del mundo ha pasado algo parecido, los seres humanos viven hacinados, están incómodos. La naturaleza ha desaparecido

Quizá sea bueno echar mano a un libro religioso, por ejemplo: “Introducción a la vida devota” de San Francisco de Sales. Allí podemos leer: “Considera que sólo hace unos años que no estabas en el mundo y que tu ser era una verdadera nada. ¿Dónde estábamos  ¡oh alma mía! en aquel tiempo? El mundo era ya de larga duración y de nosotros todavía no se tenía noticia”

Y continua: “Dios te ha hecho salir de la nada para hacer de ti lo que eres, con sólo, únicamente, su bondad”.